ti lo que Yo quiero? Hija buena, no me des este dolor, abandónate entre mis brazos y déjame
hacer lo que quiero”.
(3) Y yo: “Amor mío, perdóname, Tú conoces las luchas en que me encuentro, y en qué
humillaciones profundas he sido puesta; si las cosas estuvieran como al principio, ¿cuándo te
he rechazado algo? Por eso ten cuidado y piensa ¡oh! Jesús en lo que me haces, y en qué
laberinto me pones si me haces caer en los acostumbrados sufrimientos, y si te digo Fiat es
tanto el esfuerzo que hago, que me siento morir. ¡Jesús! ¡Jesús! Ayúdame”.
(4) Y Jesús: “Hija mía buena, no temas, la humillación es portadora de gloria, al desprecio de
las criaturas surge el aprecio divino, y el abandono de ellas es el llamado de la fiel compañía de
tu Jesús, por eso déjame hacer. Si tú supieras cómo está armada la Divina Justicia, no te
opondrías, más bien me rogarías que te hiciera sufrir para perdonar en parte a tus hermanos,
serán devastadas otras regiones y la miseria está a las puertas de las ciudades y de las
naciones. Mi corazón siente tales ternuras al ver a qué estado de desolación y de desorden se
reducirá la tierra, y esta mi ternura tan sensible por las criaturas viene ofendida por la dureza del
corazón humano. ¡Oh! cómo me es intolerable la dureza del corazón humano, mucho más ante
el mío que es todo ternura amorosa y bondad hacia ellos. Un corazón duro es capaz de todos
los males, y llega a tanto de hacer burla de las penas de otros, y cambia las ternuras de mi
corazón para él en dolores y llagas profundas. La prerrogativa más bella de mi corazón es la
ternura, todas las fibras, los afectos, los deseos, el amor, los latidos de mi corazón, tienen por
principio la ternura, así que mis fibras son tiernas, mis afectos y deseos son ternísimos, mi amor
y latidos son tan tiernos, que llegan a derretirme el corazón por ternura, y este amor tierno me
hace llegar a amar tanto a las criaturas, que me contento de sufrir Yo, antes que verlos sufrir a
ellos; un amor cuando no es tierno es como un alimento sin condimento, como una belleza
envejecida que no sabe atraer a ninguno para hacerse amar, y como una flor sin perfume, como
un fruto árido sin jugo y dulzura. Un amor duro, sin ternura, es inaceptable y no tendría virtud
de hacerse amar por ninguno. Por eso mi corazón sufre tanto al ver la dureza de las criaturas,
que llegan a cambiar mis gracias en flagelos”.
(5) Después de esto me he encontrado, debido a una fuerza suprema a la cual no me era
dado poder resistir, en mi estado doloroso, y si bien sentía gran repugnancia, he tratado de
abandonarme en la Divina Voluntad, mi único refugio. Y Jesús para darme la fuerza, por poco
tiempo se ha hecho ver y me ha dicho:
(6) “Hija mía, al crear al hombre nuestra Divinidad puso fuera de Nosotros mismos: santidad,
amor, bondad, belleza, y así de lo demás, que debían servir al hombre para hacerse santo,
bueno, bello, y darnos amor por amor. Ahora, nuestros bienes no han sido del todo tomados
por él, y esperan quién los tome. Por eso ven en nuestros bienes, ven a tomar las migajas de
la santidad, del amor, de la bondad, las migajas de la belleza, de la fortaleza; digo migajas en
comparación de lo que dejarás, porque nuestros bienes son inmensos y aquello que puede
tomar la criatura se pueden llamar migajas respecto de lo que deja, pero a ella la llenarán tanto
hasta desbordar fuera. Nuestro amor sólo está contento cuando ve a la criatura amada en
nuestros bienes, llena hasta el borde. Ahora, estas migajas forman tantos diversos alimentos,
uno más bello que el otro, que toma de nuestra mesa celestial, y se nutre abundantemente de
estos alimentos divinos, y como nos da de aquél alimento que tomó, así al darnos sus actos
quien se ha nutrido de estas migajas divinas que dan de santidad, bondad, fortaleza, amor, y
llena de tal belleza, rápidamente reconocemos que es alimento de nuestras migajas que nos da
en sus actos, y ¡oh! cómo quedamos contentos de que la criatura nos da sus actos que dan de
lo divino, sentimos nuestros perfumes, tocamos nuestra santidad y bondad, y nos sentimos
correspondidos por las migajas que le habíamos dado”.
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