amado? ¿Quieres venir conmigo, ya que todos te han dejado abandonado a tus lágrimas y al
dolor que te oprime tanto que te hace gritar tan fuerte?” Pero qué, ¿quién podía calmarlo?
Apenas entre sollozos ha respondido que sí, que quería venir. Entonces lo he tomado de la
mano para conducirlo junto conmigo, y en el momento mismo de hacer esto me he encontrado
en mí misma.
+ + + +
3-77
Junio 3, 1900
La falta de estima hacia las personas, es falta de verdadera humildad.
(1) Encontrándome en el mismo estado, esta mañana, por un poco he visto a mi adorable
Jesús, que estaba dentro de mi corazón y dormía, y su sueño atraía a mi alma a adormecerse
junto con Él, tanto que sentía todas las potencias interiores adormecidas, sin obrar más. A veces
me esforzaba en salir de aquel sueño, pero no podía, cuando por un poco se ha despertado el
bendito Jesús y ha mandado por tres veces su aliento dentro de mí, y me parecía que Él quedaba
todo absorbido en mí. Después me parecía que Jesús atrajera otra vez dentro de Él esos tres
alientos que me había enviado, y yo me he encontrado toda transformada en Él. ¿Quién puede
decir lo que sucedía en mí por estos soplos divinos? De aquella unión inseparable entre Jesús
y yo, no tengo palabras para expresarla. Después de esto parece que me pude despertar y
Jesús, rompiendo el silencio me ha dicho:
(2) “Hija mía, he mirado y he vuelto a mirar, he buscado y he vuelto a buscar, recorriendo toda
la tierra, pero en ti he fijado mis miradas y he encontrado mis complacencias, y te he elegido
entre miles”.
(3) Después, dirigiéndose a ciertas personas que veía, las ha reprendido diciéndoles:
(4) “La falta de estima por las demás personas es falta de verdadera humildad cristiana y de
dulzura, porque un espíritu humilde y dulce sabe respetar a todos e interpreta siempre bien los
actos de los demás”.
(5) Dicho esto ha desaparecido sin decirle ni siquiera una palabra. Sea siempre bendito que
así quiere, y todo sea para su gloria.
+ + + +
3-78
Junio 6, 1900
Luisa crucificada, evita algunos castigos sobre Corato.
(1) Como mi adorable Jesús continuaba sin hacerse ver con claridad, esta mañana, habiendo
recibido la comunión, el confesor puso la intención de la crucifixión; mientras me encontraba en
esos sufrimientos, el bendito Jesús, casi atraído por mis penas se ha mostrado con claridad. ¡Oh
Dios! ¿quién puede decir los sufrimientos que sufría Jesús y el estado violento en el cuál se
encontraba, porque mientras estaba obligado a mandar los castigos, sentía tal violencia que no
quería mandarlos? Daba tanta compasión verlo en este estado, que si los hombres lo pudiesen
ver, aunque sus corazones fueran de diamante se romperían como frágil vidrio por la ternura.
Entonces he comenzado a rogarle que se aplacara y que se contentara en hacerme sufrir a mí,
y que perdonara al pueblo. Después he añadido: “Señor, si no quieres escuchar mis oraciones,
sé que lo merezco; si no quieres tener compasión de los pueblos, tienes razón, porque grandes
son nuestras iniquidades, pero te pido en gracia que tengas compasión de Ti mismo, ten piedad