nuestra Voluntad, porque es Ella la que suministra la potencia para que la criatura pueda llegar
a formar la misma Vida Divina toda de amor en Dios, esta Vida es el triunfo de Dios y el triunfo
de la criatura, y en acto de triunfo tomamos esta Vida Divina que la criatura ha formado en
Nosotros mismos, y la damos para bien de todas las criaturas como precioso regalo que hace a
todos la pequeña hija de nuestro Querer, y con ansia esperamos que con su amor venga a
formar otras Vidas Divinas en nuestro Ser Supremo. Hija mía, nuestro amor no es estéril, sino
que tiene el germen de generar vida continua, así que conforme tú decías ‘te amo’ en mi latido,
en mi respiro, así generaba otro latido, otro respiro, y así de todo lo demás, de modo que Yo
sentía en Mí mismo la nueva generación de tu ‘te amo’ que formaba la nueva Vida de mi amor,
y ¡oh! cómo me sentía feliz pensando que mi hija me estaba formando dentro de Mí mi misma
Vida toda de amor. Si tú supieras cómo es conmovedor este acto de la criatura que con su amor
da Dios a Dios, ¡oh! cómo nos rapta, y sintiéndonos raptados damos otro amor para tener el
contento de hacerla repetir nuestras nuevas Vidas de amor. Por eso ama, ama mucho y harás
más feliz a tu dulce Jesús”.
+ + + +
29-3
Febrero 17, 1931
Imposiciones, lágrimas amarguísimas; Jesús la consuela asegurándole
que le concede la gracia de no hacerla caer en los sufrimientos. El
sufrir voluntario constituye la verdadera víctima.
(1) Paso días amarguísimos, mi pobre existencia se desarrolla bajo la pesadilla de una
tragedia. Jesús mío, ¡ayúdame! ¡No me abandones! Tú que has sido siempre tan bueno
conmigo y que con tanto amor me has sostenido en las luchas de mi vida, ¡ah! no me dejes
ahora que las luchas son más tremendas y encarnizadas. Amor mío, muestra tu potencia, mira
¡oh! Jesús, no son demonios que luchan conmigo, que con una señal de la cruz los haría huir
quién sabe a dónde, sino que son superiores que sólo Tú los puedes poner en su lugar; soy la
pobre condenada, y yo misma no sé qué he hecho, ¡oh! cómo es dolorosa mi historia. Me han
dicho que me quieren poner otro sacerdote asignado por el Obispo, el cual llamará médicos y
hará todas las pruebas que quiera, dejándome abandonada por todos los otros en poder de éste.
Ante tal anuncio he roto en llanto, sin poder cesar de llorar, mis ojos se han vuelto fuentes, toda
la noche la he pasado llorando y rogaba a Jesús que me diese la fuerza y que pusiera término
a tantas tempestades; mira, decía, Amor mío, ya son dos meses y más en luchas continuas,
luchas con las criaturas, luchas contigo para que no me hicieras caer en los sufrimientos, y ¡oh!
cuánto me cuesta el luchar con mi Jesús, pero no porque no quisiera sufrir, sino porque así
quieren quienes tienen derecho sobre mí, pero ahora no puedo más, y sólo dejaré de llorar
cuando me diga que me concede librarme del fastidio que doy al sacerdote, por esto es toda la
guerra, y lloraba y lloraba con tal amargura, que me sentía envenenar la sangre en las venas,
tanto que a menudo me sentía como sin vida, sin respiro, pero como me sentía así, continuaba
a llorar y sollozar. Entonces mientras me encontraba en un mar de lágrimas, mi dulce Jesús me
ha estrechado a Sí entre sus brazos, y con voz tierna como si quisiera también Él llorar me ha
dicho:
(2) “Mi hija buena, no llores, mi corazón no puede más, tus lágrimas han descendido hasta el
fondo de él, y siento tu amargura tan viva que me lo siento estallar; hija mía, ánimo, tú sabes
que te he amado mucho, mucho, y ahora este amor me obliga a contentarte, si hasta ahora te
he tenido suspendida del estado de sufrimiento algún día, para hacerlos comprender que mi
Voluntad era la de continuar teniéndote como te he tenido durante cuarenta y seis años. Pero