de que es pequeño el amor creado comparado al amor creante, sin embargo queremos este
pequeño amor, más bien lo suspiramos, lo codiciamos, y cuando no nos lo da damos en delirio.
A Nosotros nos sucede como a un padre amante de su hijo, que dota al hijo con sus propiedades,
y este hijo amando a su padre, frecuentemente toma los frutos de las propiedades que le dio y
los manda en don a su padre. ¡Oh! cómo goza el padre, a pesar de que no tiene necesidad, al
recibir los dones, en el don se siente amado por su hijo, el don es el amor hablante y obrante de
su hijo, y el amor del padre crece siempre por él, y se siente honrado, satisfecho de haber dado
sus propiedades a aquél que lo ama y que nutre el afecto por su padre. ¿Pero cuál sería el dolor
de este padre si el hijo no le mandase jamás nada de los bienes que le dio? Quebrantaría el
más sacrosanto de los deberes, el amor entre hijo y padre, y convertiría en dolor la alegría, la
felicidad de la paternidad. Más que padre amamos a la criatura, y toda nuestra felicidad está en
el ser reamados; y si no nos ama, si él pudiese, convertiría en dolor nuestra paternidad. Por eso
hija mía, cuanto más nos ames, tantos dones de más mandas a tu Padre Celestial, los cuales
nos son tan agradables, porque son frutos de nuestras propiedades divinas, dadas a ti con tanto
amor por tu Creador”.
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Noviembre 20, 1930
El temor de perder un bien significa poseerlo. ¿Quién tiene el
derecho de pedir el reino de la Divina Voluntad? Alimento para
formar y hacer crecer la Vida de la Divina Voluntad en la criatura.
(1) Mi abandono en el Querer Divino continúa, si bien con el temor de que por mi infidelidad
pudiese tener la gran desventura de ser rechazada de vivir dentro del bello cielo del Fiat
Supremo. ¡Oh Dios, qué pena! Mi Jesús, no permitas que yo salga de mi amada heredad que
Tú con tanto amor me has dado, y que con tanto celo me has tenido siempre custodiada, te lo
pido por amor del cielo que con tanto amor extendiste sobre mi cabeza, símbolo del cielo que
con amor más grande aún encerrabas en mi pobre alma, cual es tu Voluntad, haz que Ella reine
siempre en mí y que su reino se extienda en todo el mundo; te lo pido por aquel amor con el
cual creaste el sol que bate continuamente la tierra, sin jamás detener su curso para entregarme
tu amor de luz, imagen viva y real del Sol de tu Querer, en el cual, más que en un mar de luz
envolvías a tu pequeña hija; te lo pido por el laberinto de penas en las cuales he estado envuelta
y asediada, penas que me llenan de hiel continuamente, que me hacen sentirme bajo la lluvia
de tempestades que amenazan con sofocarme, penas que no me es dado confiar al papel.
Jesús, Jesús, ten piedad de mí, y haz que reine en mí y en todos tu Divina Voluntad. Pero
mientras desahogaba mi dolor, mi dulce Jesús, mi amada Vida, me ha extendido los brazos para
sostenerme y me ha dicho:
(2) “Hija mía, ánimo, el temor de perder un bien significa poseerlo, conocerlo y amarlo, y
poseerlo no por usurpación sino con derecho de propiedad, y cuando un bien se posee con
derecho de propiedad, ninguna ley, ni humana ni divina puede con modos legítimos quitar los
bienes que se poseen, mucho más que la absoluta Voluntad de tu Jesús es que tú poseas con
derecho de propiedad la heredad de mi Fiat Divino, que con tanto amor te he dado, para hacer
que pudieses pedir con derecho que su reino venga sobre la tierra, porque sólo quien posee mi
Voluntad tiene y puede con derecho pedir que su reino venga sobre la tierra y se extienda por
todas partes. Y como mi Querer llena cielos, sol, mar, y todo, a pesar de que no tienen razón,
son dominados libremente por la Fuerza potente y Razón de mi Fiat, del cual jamás se han
apartado. Por eso a nombre del cielo, sol y todo, puedes con derecho pedir su reino, porque la
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