para formar una luz toda propia, como propiedad suya en virtud de sus actos, si bien tomada de
mi Divina Voluntad. Ahora, la diferencia de quien obra en Ella como su principio y fin, en la cual
todos sus actos están unidos al principio de la luz donde fue formada su vida, y tuvo su primer
acto de vida, la luz tiene en custodia esta vida, la defiende, y nada de extraño deja entrar en su
luz para formar uno de los portentos que sólo sabe formar la luz. En cambio, quien desciende
de esta luz entra en la oscura cárcel de su voluntad, y al hacer sus actos toma tinieblas, y toma
tantas tinieblas por cuantos actos hace, para formarse una propiedad toda suya de tinieblas.
Las tinieblas no saben custodiar, ni defender a aquél que vive en ellas, y si algún acto bueno
hace es siempre tenebroso, porque están atados por tinieblas, y como ellas no tienen virtud de
saber defender, entran cosas extrañas a las mismas tinieblas, entran las molestias de las
debilidades, los enemigos de las pasiones, los ladrones aguerridos que precipitan a la criatura
en el pecado, y llegan a precipitarla en las tinieblas eternas donde no hay esperanza de luz.
¡Qué diferencia entre quien vive en la luz de mi Divina Voluntad y entre quien vive como
aprisionada en su voluntad humana!”
(3) Después continuaba siguiendo el orden que la Divina Voluntad había tenido en la Creación,
y mi pequeña y pobre inteligencia se detuvo en el punto cuando Dios creó a la Virgen
Inmaculada, y mi amable Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
(4) “Hija mía, todos los actos buenos y santos de los profetas, patriarcas, y del pueblo antiguo,
formaron el terreno donde el Ente Supremo sembró la semilla para hacer desarrollar la Vida de
la Celestial niña María, porque su germen fue tomado de la estirpe humana. La Virgen, teniendo
en Sí la Vida obrante de la Divina Voluntad, amplió este terreno con sus actos, lo fecundó y
divinizó, hizo correr en él, más que lluvia benéfica y restauradora, la santidad de sus virtudes, el
calor de su amor, y dardeándolo con la luz del Sol de la Divina Voluntad que poseía como propia,
preparó el terreno para desarrollar al Celestial Salvador, y nuestra Divinidad abrió el cielo e hizo
llover el Justo, el Santo, el Verbo, dentro de este brote, y así fue formada mi Vida Divina y
humana para formar la Redención del genero humano. Mira entonces, en todas nuestras obras
dirigidas a bien de las criaturas queremos encontrar un apoyo, un lugar, un pequeño terreno
dónde poner nuestra obra y el bien que queremos dar a las criaturas, de otra manera, ¿dónde
la ponemos? ¿En el aire? ¿Sin que al menos uno lo sepa y que nos atraiga con sus actos
formando su pequeño terreno, y Nosotros como celestial sembrador sembrar el bien que
queremos dar? Si esto no fuese, que de ambas partes, Creador y criatura, la formaran juntos,
ella preparándose con sus pequeños actos para recibir, y Dios con el dar, sería como si nada
hiciéramos o quisiéramos dar a la criatura. Así que los actos de la criatura preparan el terreno
al Sembrador Divino; si no hay tierra no hay que esperar la siembra, ninguno va a sembrar si no
tiene un pequeño terreno, mucho menos Dios, Sembrador Celestial, arroja la semilla de sus
verdades, el fruto de sus obras, si no encuentra el pequeño terreno de la criatura. La Divinidad
para obrar, primero se quiere poner de acuerdo con el alma, después de que lo hemos hecho y
vemos que ella quiere recibir aquel bien, hasta rogarnos y formarnos el terreno donde ponerlo,
entonces con todo amor lo damos, de otra manera sería exponer a la inutilidad nuestras obras”.
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