adornada, a lo más habría podido deshacer todo lo que podía estar, y después rehacerla como
a Mí me agradaba; pero estamos siempre ahí, en que todas mis obras tienen principio de la
nada, y cuando hay mezcla de otras cosas, no es decoroso para mi Majestad descender y obrar
en el alma, pero cuando el alma se reduce a la nada y sube a Mí, y toma su ser en el mío,
entonces Yo obro como el Dios que soy, y el alma ahí encuentra el verdadero reposo. He aquí
cómo todas las virtudes tienen principio en la humildad y en el aniquilamiento de sí mismo”.
(4) ¿Quién puede decir cuánto comprendía sobre lo que me decía el bendito Jesús? ¡Oh,
cómo sería feliz mi alma si pudiese llegar a deshacer mi pobre ser, para poder recibir de mi Dios
su Ser Divino! ¡Oh, cómo me ennoblecería, cómo quedaría santificada! ¿Pero qué tontería es la
mía, dónde tengo el cerebro si aún no lo hago? ¡Qué miseria humana, que en vez de buscar su
verdadero bien y de emprender su vuelo a lo alto, se contenta con arrastrarse por tierra y vivir
en el fango y en la podredumbre!
(5) Después de esto mi amado Jesús me ha transportado dentro de un jardín en el que había
mucha gente que se preparaba para asistir a una fiesta, pero sólo aquellos que recibían una
divisa podían asistir, pero eran pocos los que recibían esta divisa; a mí me vino un gran deseo
de recibirla, y tanto hice que logré mi propósito. Después, habiendo llegado al punto donde los
recibían, una matrona venerable primero me vistió de blanco, después me puso una banda
celestial de la cual pendía una medalla marcada con el rostro de Jesús, y que mientras era rostro
al mismo tiempo era espejo, que al contemplarse en él se descubrían las más pequeñas
manchas, y que el alma con la ayuda de una luz que venía de dentro de aquel rostro, fácilmente
se podía quitar. Me parecía que esa medalla encerraba un significado misterioso. Después ha
tomado un manto de oro finísimo y me cubrió toda. Me parecía que vestida así podía competir
con las vírgenes bienaventuradas. Mientras esto sucedía Jesús me ha dicho:
(6) “Hija mía, volvamos a ver lo que hacen los hombres, por ahora basta conque estés vestida,
cuando sea la fiesta entonces te llevaré para asistir”.
(7) Así, después de haber girado un poco, me ha transportado a mi cama.
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3-73
Mayo 21, 1900
El estado más sublime es deshacer nuestro querer
en el Querer de Dios, y vivir de su Voluntad.
(1) Esta mañana mi adorable Jesús no venía; después de mucho esperar vino y
acariciándome me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿sabes cuál es mi mira sobre ti, y el estado que quiero de ti?”
(3) Y deteniéndose un poco ha agregado: “La mira que tengo sobre ti no es de cosas
prodigiosas, y de tantas otras cosas que podría obrar en ti para mostrar mi obra, sino que mi
mira es absorberte en mi Voluntad y hacerte una sola cosa con Ella, y hacer de ti un ejemplar
perfecto de uniformidad de tu querer con el mío. Este es el estado más sublime, es el prodigio
más grande, es el milagro de los milagros lo que de ti quiero hacer.
(4) Hija mía, para llegar perfectamente a hacer uno nuestro querer, el alma debe volverse
invisible, debe imitarme a Mí, que mientras lleno el mundo con tenerlo absorbido en Mí y con no
quedar absorbido en él, me vuelvo invisible y de ninguno me dejo ver. Esto significa que no hay
ninguna materia en Mí, sino que todo es purísimo Espíritu, y si en mi Humanidad asumida tomé
la materia, fue para semejarme en todo al hombre y darle un ejemplar perfectísimo de cómo
espiritualizar esta misma materia. Entonces el alma debe espiritualizar todo y llegar a volverse
invisible para poder hacer fácilmente una su voluntad con mi Voluntad, porque lo que es invisible
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