(2) “Hija mía, el suspirar, desear y querer un bien, es disponerse a recibirlo, y cuando se recibe
un bien que tanto se ha suspirado, se ama, se aprecia, se custodia, se le considera bienvenido
por ser el portador del bien que suspiraba. No sólo eso, sino que esto es otro exceso de nuestro
amor, que hacemos suspirar el bien que queremos dar, porque queremos que la criatura ponga
algo de lo suyo, al menos sus suspiros, sus oraciones, su voluntad de querer el bien, para
poderle decir: ‘Mira, te lo has merecido, porque por parte tuya has hecho lo que has podido por
obtenerlo, y Nosotros, con todo el corazón te lo damos’, mientras que todo es efecto de nuestra
bondad. Y es esta la causa por la que hacemos saber antes a las criaturas lo que queremos
dar; se puede decir que nos ponemos en correspondencia mandando nuestras cartas de aviso,
enviamos nuestros mensajeros haciéndolos decir lo que queremos dar, y todo esto para
disponerlas, para hacerlas suspirar el gran don que queremos dar. ¿No hicimos lo mismo para
el reino de la Redención? Fueron cuatro mil años de espera, y por cuanto más se acercaba el
tiempo, más urgentes eran los avisos, más frecuentes las cartas, y todo para disponerlos. Así
es para el reino de mi Divina Voluntad, tardo porque quiero que lo sepan, que rueguen, que
suspiren que venga a reinar, que comprendan el gran don de Ella, y así poderles decir: ‘Lo
habéis querido, os lo habéis merecido, y Ella ya viene a reinar en medio de ustedes; con
conocerla, pedirla y suspirarla, habéis formado su pueblo elegido donde pueda dominar y reinar’.
Sin pueblo no se puede formar un reino, y he aquí la otra causa por la que quiero que se sepa
que mi Voluntad Divina quiere reinar sobre la tierra: ‘Que pidan, que la suspiren, que se
dispongan para formar su pueblo donde descienda en medio a ellos y formar su morada real, su
sede, su trono.’ Por eso no te debe maravillar que mientras ves tanto interés por parte mía que
quiero que mi Voluntad reine, después veas que tarda, son las disposiciones de nuestra
sabiduría inalcanzable que todo dispone con orden, y el retardo sirve para poner en camino sus
conocimientos que harán de cartas, de telégrafos, de teléfono, de mensajeros, para formar el
pueblo a mi Divina Voluntad. Por eso ruega y tu vuelo en Ella sea continuo”.
(3) Después de esto seguía mi giro en el Fiat Divino, y llegando al Edén me he detenido a
pensar en el amor que se intercambiaba entre Dios y Adán inocente, cómo la Divinidad no
encontrando ningún obstáculo por parte del hombre, se vertía a torrentes sobre de él, con su
amor lo raptaba a Sí con dulces atractivos, haciéndole oír su voz toda suavidad que le decía:
“Hijo, te amo, te amo mucho”. Y Adán, herido y raptado por el eterno amor repetía su estribillo:
“Te amo, te amo”. Y lanzándose en los brazos de su Creador se estrechaba tanto, que no sabía
separarse, como del único amor que conocía y que vivía sólo para amarlo. Pero mientras mi
mente se perdía en este amor recíproco de Dios y la criatura, mi dulce Jesús, todo bondad me
ha dicho:
(4) “Hija mía, qué dulce recuerdo es la creación del hombre. Él era feliz y Nosotros también,
sentíamos el fruto de la felicidad de nuestra obra, sentíamos mucho gusto en amarlo y en ser
amados. Nuestra Voluntad Divina nos lo conservaba fresco y bello, y llevándolo entre sus brazos
de luz nos hacía contemplar cómo era bella la obra creada por Nosotros, nuestro amado hijo, y
como hijo lo teníamos en nuestra casa, en nuestros bienes interminables, y por consecuencia,
como era hijo, actuaba como dueño. Habría sido contra la naturaleza de nuestro amor no hacer
dueño a quien tanto amábamos y nos amaba; en el verdadero amor no hay tuyo y mío, sino todo
es en común. Y además, con hacerlo dueño nada nos venía de mal, nos alegraba, nos hacía
sonreír, nos entretenía, nos daba las bellas sorpresas de nuestros mismos bienes, y además
¿cómo no debía ser dueño si poseía nuestra Voluntad Divina que señorea todo y domina todo?
Para no hacerlo dueño debíamos poner en servidumbre a nuestra Voluntad, lo que no podía ser,
donde Ella reina no existe servidumbre, sino todo es dominio. Por eso, hasta en tanto que el
hombre vivió en nuestro Fiat Divino, no conoció servidumbre; en cuanto pecó, sustrayéndose de
nuestro Querer Divino, perdió el señorío y se redujo a esclavitud. ¡Qué cambio, de hijo a siervo!
Perdió el mando sobre las cosas creadas, se volvió el siervo de todos. El hombre con retirarse
de nuestro Fiat Divino se sintió sacudido hasta en lo más profundo, y su misma persona la sintió
1692 sig