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I. M. I.
Fiat!!!
¡In Voluntate Dei!.
Deo Gratias.
28-1
Febrero 22, 1930
Quien vive en la Divina Voluntad queda circundado por la Inmutabilidad
divina. Muerte del bien; sacrificio de la vida para hacerlo resurgir.
(1) Estoy siempre en poder del Fiat Divino que sabe conquistar dulce y fuertemente; con su
dulzura me atrae en modo irresistible, con su fuerza me vence, de modo que puede hacer de mí
lo que quiere. ¡Oh! Querer Santo, ya que Tú me conquistas, haz que con tu misma fuerza y
dulzura te venza a Ti, y cediendo a mis súplicas continuas ven a reinar sobre la tierra, forma tu
dulce encanto al querer humano, y todo llegue a ser Voluntad Divina sobre la tierra.
(2) Mientras estaba pensando acerca del Querer Divino, mi dulce Jesús moviéndose en mi
interior y haciéndose ver me ha dicho:
(3) “Hija mía, si tú supieras qué significa darse en poder de mi Divina Voluntad. El alma queda
circundada por nuestra inmutabilidad, y todo se vuelve para ella inmutable: ‘La santidad, la luz,
la gracia, el amor’. Así que no siente más lo cambiante de los modos humanos, sino la
estabilidad de los modos divinos, por eso quien vive en mi Querer Divino se puede llamar cielo
que está siempre fijo y estable en su puesto de honor con todas sus estrellas, y si gira, como es
todo el conjunto de la Creación que gira, por eso no cambia de puesto, ni varía, sino que queda
siempre inmutable el cielo con todas sus estrellas. Así es el alma que vive en mi Divina Voluntad,
podrá girar, hará varias acciones, pero como girará en la fuerza motora de mi Fiat Divino y en el
conjunto de mi Voluntad, será siempre cielo, e inmutable en sus bienes y en las prerrogativas
con las que la ha dotado mi Suprema Voluntad. En cambio quien vive fuera de mi Fiat Divino,
sin su fuerza motriz, se puede llamar como aquellas estrellas errantes que se precipitan en el
espacio, como si no hubiese un puesto fijo para ellas, y son obligadas, como estrellas errantes,
a correr como al precipicio, como si se hubieran extraviado de la bóveda del cielo. Así es el
alma que no hace ni vive en mi Divina Voluntad, ella se cambia a cada ocasión, siente en sí
tanta variedad de cambios, que siente fastidio de repetir un bien continuado, y si algún
resplandor de luz hace salir de sí, es como el centelleo de las estrellas errantes, que rápidamente
desaparece. Se puede decir que la señal para conocer si se vive de Voluntad Divina es ésta:
‘La inmutabilidad en el bien’; y cambiarse a cada pequeña incitación, es la señal si es que se
vive del querer humano”.
(4) Después de esto seguía los actos del Fiat Divino, giraba en las obras de la Creación, en
el Edén, en los lugares y personas más notables de la historia del mundo para pedir a nombre
de todos el reino de la Divina Voluntad sobre la tierra. Y mi dulce Jesús moviéndose en mi
interior me ha dicho:
(5) “Hija mía, el hombre con sustraerse de mi Divina Voluntad, dio muerte a los bienes que mi
Querer Divino habría hecho surgir en él si no hubiese sido rechazado. En cuanto él salió, en
ese instante moría el acto continuo de la Vida Divina en el hombre, moría la santidad que siempre
crece, la luz que siempre surge, la belleza que jamás se detiene para siempre embellecer, el
amor incansable que jamás dice basta, que siempre, siempre quiere dar, mucho más que
rechazando a mi Divina Voluntad moría el orden, el aire, el alimento que debía nutrirlo
continuamente. Mira entonces cuántos bienes divinos hizo morir en sí mismo el hombre al
42 Este libro ha sido traducido directamente del original manuscrito de Luisa Piccarreta