(3) Después ha agregado: “La cruz es mi lecho florido, no porque no sufriera dolores atroces,
sino porque por medio de la cruz daba a luz a tantas almas a la gracia, veía brotar tantas bellas
flores que producían tantos frutos celestiales, así que viendo tanto bien, tenía para delicia mía
aquel lecho de dolor y me deleitaba de la cruz y del sufrir. También tú hija mía, toma como
delicias las penas y deléitate de estarte crucificada en mi cruz. No, no quiero que temas el sufrir,
como si quisieras obrar como holgazana, ánimo, obra con animosidad y exponte por ti misma al
sufrir”.
(4) Mientras esto decía, veía a mi buen ángel que estaba preparado para crucificarme, y yo
por mí misma he extendido los brazos, y el ángel me crucificaba. ¡Oh, cómo gozaba el buen
Jesús de mi sufrir, y cómo estaba yo contenta, porque podía dar gusto a Jesús siendo un alma
tan miserable! Me parecía que fuera un gran honor para mí el sufrir por amor suyo.
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3-67
Mayo 3, 1900
Fiesta a la cruz en el Cielo.
(1) Esta mañana me he encontrado fuera de mí misma y veía todo el cielo sembrado de
cruces, pequeñas, grandes, medianas. Las más grandes, más resplandor daban. Era un encanto
dulcísimo el ver tantas cruces que embellecían el firmamento, más resplandecientes que el sol.
Después de esto pareció que se abría el Cielo y se veía y oía la fiesta que los bienaventurados
hacían a la cruz. Quien más había sufrido era más festejado en este día. Se distinguían en modo
especial los mártires y quienes habían sufrido ocultamente. ¡Oh, cómo se estimaba en esa
bienaventurada morada la cruz y a quien más había sufrido! Mientras esto veía, una voz ha
resonado por todo el empíreo que decía:
(2) “Si el Señor no mandase las cruces sobre la tierra, sería como aquel padre que no tiene
amor por los propios hijos, que en vez de querer verlos honrados y ricos, los quiere ver pobres
y deshonrados”.
(3) El resto que vi de esta fiesta no tengo palabras para explicarlo, lo siento en mí pero no sé
manifestarlo, por eso hago silencio.
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3-68
Mayo 9, 1900
Luisa ve el misterio de la Santísima Trinidad en la forma de tres soles.
(1) Después de haber pasado días de privación, y no sólo eso, sino también de turbación,
esta mañana, encontrándome más turbada sobre mi miserable estado, el adorable Jesús al venir
me ha dicho:
(2) “Tú, con estar inquieta, haz turbado mi dulce reposo. ¡Ah! sí, no me dejas reposar más”.
(3) ¿Quién puede decir cómo he quedado mortificada al oír que le había quitado el reposo a
Jesucristo? A pesar de todo esto, por algunas horas me he calmado, pero después me he
encontrado más inquieta que antes, tanto que yo misma no sé esta vez donde iré a terminar.
(4) Después de aquellas pocas palabras que ha dicho Jesús, me he encontrado fuera de mí
misma, y mirando la bóveda de los cielos, en ella descubría tres soles: Uno parecía que se
posaba en el oriente, otro en el occidente, el tercero en medio día. Era tanto el esplendor de los
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