nuestro Fiat pronunciándose y obrando en esta nuestra carrera de amor, que corría, corría sin
poderse detener, hasta que se esparció dondequiera y dio su beso de amor a todas las criaturas
que aún no existían; su beso de amor fue beso de alegría, de felicidad, que imprimía sobre todas
las generaciones. Y nuestro Fiat Divino que corría junto no se contentó sólo con besos, sino
que pronunciándose formó soles, cielos, estrellas, mares y tierra, y todo lo que se ve en el gran
vacío del universo. Así que el arrebato de nuestro amor en la Creación fue un arrebato de amor
festivo, de felicidad, de alegría, con el cual debíamos acariciar y hacer felices a todas las
criaturas. En cambio al encarnarme en el seno materno, nuestro arrebato de amor, no pudiendo
contenerlo, desbordó de Nosotros he hizo la misma carrera de la Creación, fue arrebato de amor
de ternura, de compasión, de misericordia, y ponía en riesgo la Vida de un Dios para reencontrar
al hombre y darle sus besos de amor, tiernos, compasivos, sus besos de perdón, y encerrando
la vida de todas las criaturas en su mar de amor, les daba el beso de vida, poniendo su Vida de
amor para dar vida al hombre. Nuestro amor llegó al exceso en la Encarnación, porque no fue
como en la Creación amor que festeja, que se regocija, sino amor doliente, amor penante, amor
sacrificado, que dará la Vida para hacer presa de la vida del hombre. Pero nuestro amor no está
contento aún, pon la mano sobre mi corazón y siente cómo me late fuerte, hasta sentírmelo
romper, pon atento tu oído y escucha cómo desborda, casi como mar en tempestad, que
formando sus olas altísimas quiere desbordar fuera para invadir todo y a todos; quiere hacer su
tercera carrera de arrebato de amor, y en este arrebato quiere formar el reino de mi Divina
Voluntad. Este nuestro arrebato de amor unirá a aquél de la Creación y el de mi Encarnación y
formará con ellos uno solo, y será arrebato de amor triunfante, y dará su beso de amor triunfador,
de amor conquistador, de amor que vence todo para dar su beso de paz perenne, su beso de
luz que pondrá en fuga la noche del querer humano y hará surgir el pleno día de mi Querer
Divino, que será portador de todos los bienes. ¡Cómo lo suspiro! Me desborda tanto mi amor,
que siento la necesidad de desbordarlo fuera. Y si tú supieras qué alivio siento cuando
desahogando contigo te hablo de mi Querer Divino, el arrebato de mi amor que me da la fiebre
delirante se calma, y sintiendo refrigerio me pongo a la obra para hacer que todo sea Voluntad
mía en tu alma. Por eso sé atenta y déjame hacer”.
(3) Después de esto, mi pobre mente se perdía en el amor de mi dulce Jesús, y veía ante mí
una gran rueda de luz que quemaba más que el fuego, la cual contenía tantos rayos por cuantas
criaturas habían salido y saldrán a la luz del día, y estos rayos investían a cada una de las
criaturas, y con una dulce fuerza raptora las raptaban en el centro de la gran rueda de luz, donde
estaba Jesús que las esperaba en el regazo de su amor para devorarlas, pero no para hacerlas
morir, sino para encerrarlas en su pequeña Humanidad, para hacerlas renacer, crecer y
alimentarlas con sus llamas devoradoras para darles vida nueva, la vida toda de amor; mi
pequeño Jesús, apenas concebido encerró en Sí el gran parto de todas las generaciones, más
que una tierna madre que encierra su parto para sacarlo a la luz formado por su amor, pero con
penas inauditas, y aun con la muerte. Entonces mi tierno Jesús, en medio a aquella vorágine
de llamas, pequeño, pequeño me ha dicho:
(4) Mírame y escúchame. Hija mía, en medio a esta vorágine de llamas Yo no respiro otra
cosa que llamas, y en mi respiro siento que las llamas de mi amor devorante me traen el respiro
de todas las criaturas, mi pequeño corazoncito palpita llamas, las cuales, alargándose raptan
los latidos de todas las criaturas y me las deposita en el corazón, y siento todos los latidos
palpitando en mi pequeño corazón. Todo es llamas: Llamas arrojan mis pequeñas manitas, mis
inmóviles piecitos. ¡Ah, mi amor, cómo es exigente! Para encerrarme todo y para hacerme dar
vida a todos me ha puesto en medio a un fuego devorador, y ¡oh! cómo siento a lo vivo las
culpas, las miserias, las penas de todos. Soy pequeño aún, y sin embargo nada se me ahorra.
Puedo decir: ‘Todos los males han caído dentro y fuera de Mí’. Y en medio a estas llamas
devoradoras, cargado de tantas penas, miro a todos y exclamo llorando: ‘Mi amor me ha dado
nuevamente a todos, me los dio en la Creación y huyeron de Mí; ahora, al concebirme en el