de lo tuyo, es un derecho divino de más que adquieres para pedir un reino tan santo; he aquí el
por qué mientras giras en Ella se te ponen delante todas las obras de la Creación, y todas las
de la Redención se alinean en torno a ti esperándote para recibir cada una tu acto, para darte la
correspondencia del acto de nuestras obras, y tú las vas encontrando una por una para
reconocerlas, abrazarlas, para poner en ellas tu pequeño ‘te amo’, tu beso de amor para hacer
adquisición de ellas. En nuestro Fiat no hay tuyo ni mío entre Creador y criatura, sino que todo
es común, y por eso con derecho puede pedir lo que quiere. ¡Oh! cómo me sentiría afligido y
doliente si mis tantas penas y actos míos hechos estando en la tierra, la pequeña hija de mi
Querer Divino ni siquiera los reconociera, ni busca cortejar con su amor y con su acto el mío;
¿cómo podría darte el derecho si no los reconocieras? Mucho menos podrías hacerlos tuyos.
El reconocer nuestras obras es no sólo derecho que cedemos, sino posesión. Por eso si quieres
que mi Divina Voluntad reine, gira siempre en nuestro Fiat, reconoce todas nuestras obras,
desde la más pequeña a la más grande, pon tu pequeño acto en cada una de ellas, y todo te
será concedido”.
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27-12
Noviembre 6, 1929
Jesús, centro de la Creación. La palabra, desahogo del alma;
valor de ella. Quién es la portadora de las obras de Dios.
(1) Mi abandono en el Fiat continúa, y me parece que toda la Creación y las tantas obras que
encierra son mis amadas hermanas, pero tan vinculadas conmigo que somos inseparables,
porque una es la Voluntad que nos anima, y todo lo que hizo mi dulce Jesús estando en la tierra
forma mi vida, así que me siento como empastada con Jesús y con todos sus actos. Entonces
me sentía circundada por todo, y en el centro de todas las cosas veía a mi dulce Jesús taciturno,
que si bien en medio a tantas obras, todo era silencio y no tenía a quién decir una palabra, las
obras más bellas estaban mudas para Él. Entonces, atrayéndome a Él me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo soy el centro de toda la Creación, pero centro aislado, todo me está alrededor,
todo depende de Mí, pero como las cosas creadas no tienen razón no me hacen compañía, me
dan gloria, me honran, pero no rompen mi soledad: el cielo no habla, el sol es mudo, el mar
alborota con sus olas, calladamente murmura, pero no habla. Es la palabra la que rompe la
soledad, dos seres que intercambian con palabras sus pensamientos, los afectos, y lo que
quieren hacer, es la alegría más bella, la fiesta más pura, la compañía más dulce; sus secretos
manifestados en palabras forman la más amada armonía. Y si estos dos seres se combinan en
sus sentimientos, en los afectos y uno ve su voluntad en el otro, es la cosa más grata que puede
existir, porque el uno siente su vida en el otro. Gran don es la palabra, es la desembocadura
del alma, el desahogo del amor, es la puerta de comunicación, es el intercambio de las alegrías
y de los dolores; la palabra es la corona de las obras. En efecto, ¿quién formó y coronó la obra
de la Creación? La palabra de nuestro Fiat, conforme hablaba salían los portentos de nuestras
obras, una más bella que la otra; la palabra formó la corona más bella a la obra de la Redención,
¡oh! si Yo no hubiese hablado el evangelio no existiría, y la Iglesia no tendría qué enseñar a los
pueblos. El gran don de la palabra tiene más valor que todo el mundo entero.
(3) Ahora hija de mi Querer Divino, ¿quieres tú saber quién rompe mi soledad en medio a
tantas obras mías? Quien vive en mi Divina Voluntad, esta criatura viene en medio a este centro
y me habla, me habla de mis obras, me dice que me ama por cada una de las cosas creadas,
me abre su corazón y me habla de sus íntimos secretos, me habla de mi Fiat Divino y de su
dolor porque no lo ve reinar, y mi corazón al oírla siente su mismo amor y dolor en ella, se siente