hacía pensaba entre mí: “¿Y por qué no vino el reino de la Divina Voluntad a la tierra antes de
que descendiese el Hijo de Dios del Cielo a la tierra?” Y mi dulce Jesús, tomando ocasión de lo
que yo pensaba, más bien me parece que cuando tiene ganas de hablarme me da las
reflexiones, me suscita las dudas, las dificultades, el deseo de saber tantas cosas sobre su reino;
en cambio, cuando no quiere hablarme, mi mente calla, no sé reflexionar nada y recorro en su
luz los actos de la Divina Voluntad. Entonces mi amable Jesús saliendo de dentro de mi interior
me ha dicho:
(2) “Hija mía, el reino de mi Divina Voluntad no podía venir a la tierra antes de mi venida,
porque no había ninguna humanidad que poseyera, por cuanto a criatura es posible, la plenitud
de mi Fiat Divino, y no poseyéndola no había ningún derecho, ni según el orden divino, ni según
el orden humano. El Cielo estaba cerrado, las dos voluntades, humana y Divina estaban como
en hostilidad; el hombre se sentía imposibilitado para pedir un bien tan grande, tanto que ni
siquiera lo pensaba; y Dios, por derecho de justicia estaba imposibilitado para darlo. Dios y la
criatura se encontraban antes de mi venida a la tierra, como la tierra y el sol: La tierra no
poseyendo la semilla, que rompiéndola forma el brote para poder formar la planta de aquella
semilla; y el sol no encontrando el brote, no puede comunicar los efectos que posee para poder
formar con su virtud vivificadora el desarrollo y la formación de aquella planta. Así que tierra y
sol están como extraños entre ellos, se puede decir, si tuvieran razón, que se mirarían como en
rivalidad, porque la tierra no puede producir y recibir aquel bien, y el sol no lo puede dar. Así se
encontraba la humanidad sin el germen de mi Fiat, y si no está el germen es inútil esperar la
planta. Ahora, con mi venida sobre la tierra, el Verbo Divino se vistió de carne humana, con esto
formó el injerto al árbol de la humanidad. Mi Humanidad se prestó como semilla al Verbo Eterno,
y mi Voluntad Divina formó el injerto nuevo con mi voluntad humana, con esto comenzó, siendo
Yo la cabeza de todas las generaciones humanas, el derecho de ambas partes, humana y divina,
ellos de poder recibir el reino de mi Divina Voluntad, y Dios de poderlo dar. Ahora, así como
cuando se hace un injerto, no de inmediato se asimila la fuerza de los nuevos humores, sino va
poco a poco asimilándolos, por eso da pocos frutos al principio, pero conforme se va formando
así los frutos crecen, son más abundantes y sabrosos, hasta que se forma el árbol entero
cargado de ramas y de frutos. Tal es el injerto hecho por Mí al árbol de la humanidad, son cerca
de dos mil años y la humanidad no ha recibido todos los humores de mi injerto, pero hay razón
para esperar, porque está la semilla, el injerto, por eso la criatura lo puede pedir, y Dios se
encuentra en la condición de darlo, porque está mi Humanidad, que poseyendo en virtud del
Verbo hecho carne a mi Divina Voluntad por naturaleza, ha restituido los derechos al hombre y
a Dios. Por eso todo lo que Yo hice en la Redención, no es otra cosa que preparativo, riego,
cultivo, para dar desarrollo a este injerto celeste hecho por Mí entre las dos voluntades, humana
y Divina. Entonces, ¿cómo podía venir el reino de mi Divina Voluntad antes de mi venida a la
tierra, si faltaba el injerto, el principio de su Vida, y el obrar en acto en el alma, y su primer acto
en el acto de la obra humana para extender su reino en cada acto de ellas? Es verdad que mi
Fiat Divino con su Potencia e Inmensidad extendía su imperio dondequiera, pero en la voluntad
humana no se encontraba como principio de vida, sino sólo por potencia e inmensidad, se
encontraba en las condiciones que se encuentran sol y tierra: El sol inviste la tierra con su luz,
da sus efectos, pero la tierra no se vuelve sol, y el sol no se vuelve tierra, porque sol y tierra no
se funden juntos, de modo de formar la vida el uno en la otra, y por eso son siempre cuerpos
extraños que no se asemejan, y por cuanto el sol la ilumina, la calienta, comunica sus admirables
efectos, no comunicando su vida, ni la tierra cede sus derechos de vida en el sol, la tierra será
siempre tierra y el sol será siempre sol. Así se encuentra y se encontraba mi Divina Voluntad,
hasta en tanto que el hombre no ceda la suya en la mía, la mía no puede poner su principio de
vida en la voluntad humana, la fusión de la Una y de la otra no puede suceder, la criatura será
siempre criatura sin la semejanza y la Vida de su Creador en el fondo de su alma, que sólo
puede formarla mi Fiat Divino. Así que siempre habrá desemejanza, distancia, a pesar de que
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