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I. M. I.
Fiat!!!
In Voluntate Dei! Deo Gratias.
27-1
Septiembre 23, 1929
Quien vive en la Divina Voluntad, en su
pequeñez encierra el Todo, y da Dios a
Dios. Los prodigios divinos.
(1) La Divina Voluntad me absorbe en todo, y por cuanto siento repugnancia en escribir, el
Fiat Omnipotente, con su imperio se impone sobre mí, pequeña criatura, y con su autoridad
divina me vence, derriba mi voluntad y poniéndosela como escabel a sus pies divinos, con su
imperio dulce y fuerte me induce a escribir un nuevo volumen, mientras que yo creía que debía
hacer una pausa. ¡Oh! Voluntad adorable, imperante y santa, quieres el sacrificio, y yo no me
siento con fuerzas de resistir y luchar contra Ti, más bien adoro tus disposiciones, y perdiéndome
en tu Santo Querer te pido que me ayudes, fortifiques mi debilidad y no permitas que yo escriba
sino lo que quieres, y como quieres Tú; ¡ah, que yo sea tu repetidora y no ponga nada mío! Y
Tú, Amor mío Sacramentado, desde esa custodia santa desde la cual me ves, y en la cual yo te
veo a Ti, mientras escribo no me niegues tu ayuda, más bien, ven junto conmigo a escribir, sólo
así sentiré la fuerza para comenzar.
(2) Estaba haciendo mi acostumbrado giro en la Creación para seguir todos los actos que el
Supremo Querer había hecho en todas las cosas creadas, y mi dulce Jesús saliendo de mi
interior me ha dicho:
(3) “Hija mía, cuando la criatura recorre las obras de su Creador, significa que quiere
reconocer, apreciar, amar, lo que Dios ha hecho por amor suyo, y no teniendo qué dar como
correspondencia, mientras recorre sus obras toma toda la Creación como en su propio puño, y
la da nuevamente a Dios, íntegra y bella para su gloria y honor diciéndole: ‘Te reconozco, te
glorifico por medio de tus mismas obras, pues sólo ellas son dignas de Ti’. Ahora, es tal y tanta
nuestra complacencia al vernos reconocidos por la criatura en nuestras obras, que nos sentimos
como si la Creación se repitiese de nuevo para darnos doble gloria, y esta doble gloria nos viene
dada porque la criatura reconoce nuestras obras hechas por amor de ella, y dadas a ella como
don nuestro para que nos ame. La criatura con reconocer nuestro don encierra en el cielo de
su alma el Todo, y Nosotros vemos en la pequeñez de ella a nuestro Ser Divino con todas
nuestras obras; mucho más, porque estando nuestro Fiat Divino en la pequeñez de esta criatura,
tiene capacidad y espacio de encerrar el Todo, y ¡oh! prodigio, ver encerrado en la pequeñez
humana el Todo, y que osadamente da el Todo al Todo sólo para amarlo y glorificarlo. Que el
Todo de nuestro Ser Supremo sea el Todo, no es para maravillarse, porque tal es nuestra
naturaleza divina: ‘Ser Todo’. Pero el Todo en la pequeñez humana es la maravilla de las
maravillas, son prodigios de nuestro Querer Divino, que donde reina no sabe hacer de nuestro
Ser Divino un ser a mitad, sino todo entero. Y como la Creación no es otra cosa que un
desahogo de amor de nuestro Fiat Creante, donde Él reina encierra todas sus obras, y por eso
la pequeñez humana puede decir: ‘Doy Dios a Dios’. He aquí el por qué cuando nos damos a
la criatura queremos todo, también su nada, a fin de que sobre su nada sea repetida nuestra
palabra creadora, y formemos nuestro Todo sobre la nada de la criatura; si no nos da todo, su
pequeñez, su nada, nuestra palabra creadora no viene repetida, ni es decoro y honor para
Nosotros repetirla, porque cuando Nosotros hablamos queremos deshacernos de todo lo que
40 Este libro ha sido traducido directamente del original manuscrito de Luisa Piccarreta