cambiaría voluntad, dejando de comunicar sus bienes a la tierra para formar de nuevo lo que le
ha sido quitado, porque es naturaleza suya, por cuanto mal le puedan hacer, de dar siempre su
acto de luz, sin cesar jamás, en el cual están todos los bienes. Así es mi Divina Voluntad, más
que sol se prodiga sobre cada criatura para darle vida continua, se puede decir que es su aliento
omnipotente de luz y de amor con el cual inviste a las criaturas, las forma y las hace crecer, y si
el sol da lugar a la noche, mi Divina Voluntad jamás deja solos a sus amados partos, plasmados,
vivificados, formados, crecidos con su aliento y beso ardiente de luz, no hay un instante en el
cual mi Divina Voluntad deje a la criatura, y que vertiéndose sobre ella no le comunique sus
variadas tintas de belleza, su dulzura infinita, su amor inextinguible, ¿qué cosa no le hace y da
mi Divina Voluntad? Todo, sin embargo no es reconocida ni amada, ni conservan en ellos los
bienes que les comunica. ¡Qué dolor! Mientras se prodiga sobre cada criatura, no encuentra
los bienes que comunica, y en su dolor continúa su acto de luz sobre de ellas sin cesar jamás.
He aquí por qué quien debe vivir en mi Fiat debe tener sus actos repetidos y continuos, para
hacerle compañía y endulzarla en su intenso dolor”.
(3) Después de esto continuaba navegando el mar interminable del Fiat Divino, y conforme
hacía mis pequeños actos en el Eterno Querer, así se formaban en mi alma tantos gérmenes, y
la semilla de estos gérmenes era de luz de Voluntad Divina, variados de tantos colores, pero
animados todos de luz, y mi dulce Jesús haciéndose ver, uno a uno comunicaba el aliento a
aquellos gérmenes, y conforme se los comunicaba, aquellos gérmenes crecían tanto, de tocar
la inmensidad divina. Yo he quedado maravillada al ver la bondad de mi sumo bien Jesús, que
con tanto amor tomaba en sus manos santísimas aquellos gérmenes para comunicarles el
aliento, y después los ponía todos en orden en mi alma, y mirándome con amor me ha dicho:
(4) “Hija mía, donde está la fuerza creadora de mi Divina Voluntad, mi aliento divino tiene la
potencia de volver inmensos los actos de la criatura, porque mientras la criatura obra en mi Fiat,
en su acto entra la fuerza creadora, la cual pone la fuente de la inmensidad divina, y el pequeño
acto de la criatura se convierte: quién en fuente de luz, quién en fuente de amor, otros en fuente
de bondad, de belleza, de santidad, en suma, cuantos más actos hace, tantas fuentes divinas
más adquiere, y crecen tanto, de perderse en la inmensidad de su Creador. Sucede como a la
levadura que tiene virtud de fermentar la harina, con tal de que al hacer el pan se ponga una
pequeña parte de levadura como germen de fermentación. En cambio si no se pone la levadura,
a pesar de que sea la misma harina, el pan no será jamás fermentado, sino ácimo. Así es mi
Divina Voluntad, más que levadura pone la fermentación divina en el acto humano, y el acto
humano se vuelve acto divino, y Yo cuando encuentro el germen de mi Divina Voluntad en el
acto de la criatura, me deleito en dar mi aliento al acto de ella, y lo elevo tanto, de volverlo
inmenso, mucho más que aquel acto lo podemos llamar acto nuestro, Voluntad nuestra obrante
en la criatura”.
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26-32
Septiembre 20, 1929
Sólo Jesús tiene palabras suficientes para hablar de la Divina
Voluntad. Cómo la criatura puede decir: “Poseo todo”.
La Divina Voluntad donde reina forma su paraíso.
(1) Mi pequeña inteligencia va siempre espaciándose en el mar inmenso del Divino Querer, y
apenas sabe retener las gotitas de las tantas variedades e innumerables bellezas que le
pertenecen. ¡Oh! Voluntad inigualable, amable y adorable, ¿quién podrá decir todo lo que Tú