como uno que comiese un alimento, o que viese una cosa bella y no sabe como se llaman. Si
el Querer Divino no hiciera un prodigio para hacerme decir lo que me manifiesta, cuántas cosas
de más dejaría en su mismo mar, sin saber decir nada. Mientras me sentía perdida en el Fiat
Divino, mi siempre amable Jesús, haciéndose oír en mi interior, me ha dicho:
(2) “Hija mía, qué diferencia entre quien obra las virtudes santamente, pero en el orden
humano, y entre quien obra las virtudes en el orden divino de mi Divina Voluntad. Los primeros,
conforme practican las virtudes, así quedan divididas entre ellas, de modo que se ve la
diversidad de sus actos, una virtud se ve paciencia, otra se ve obediencia, una tercera se ve
caridad, cada una tiene su distintivo, sin poder fundirse juntas para poder formar un acto solo,
que da de divino y abraza lo eterno y lo infinito. En cambio quien obra en mi Divina Voluntad,
su luz tiene la virtud comunicativa y unitiva, que fundiéndose juntas, porque todas son hechas
en la fuente de su luz, forman un acto solo, con efectos innumerables, de abrazar con lo infinito
de su luz al mismo Creador. Símbolo del sol, porque es uno, porque posee la fuente de la luz
que jamás se apaga, abraza la tierra y con sus innumerables efectos da todas las tintas y
comunica la vida de su luz a todos y a todo. La fuerza que une tiene la virtud comunicativa, en
modo que si quieren, todos pueden tomar un bien que se pone a disposición de todos. En
cambio quien obra en el orden humano es símbolo de las luces del bajo mundo, que a pesar de
que hay tantas, no tienen virtud de hacer huir las tinieblas de la noche y de formar el pleno día,
ni de abrazar con tanta multiplicidad de luz toda la tierra, por eso se pueden llamar luz personal,
local, a tiempo y circunstancia. ¡Oh! si todos supieran el gran secreto de obrar en mi Querer
Divino, harían competencia para no dejar huir nada que no pasara por dentro de su luz purísima”.
(3) Yo he continuado siguiendo a la Divina Voluntad, y mi dulce Jesús ha agregado:
(4) “Hija mía, la criatura sin mi Voluntad es como un niño que no tiene fuerza para poder
sostener un peso, y para hacer trabajos tan útiles de poder él mismo mantener su pequeña
existencia, y si se le quisiera obligar a tomar un objeto pesado y a sostener un trabajo, el niño,
viéndose impotente y sin fuerza, tal vez probaría, pero viendo que ni siquiera puede mover aquel
objeto, ni realizar aquel trabajo, rompería en llanto el pobre pequeño y no haría nada, y para
ponerlo en fiesta bastaría darle un dulce. En cambio, quien posee mi Divina Voluntad tiene la
fuerza de un hombre adulto, más bien la fuerza divina, y si se le pide que tome el objeto pesado,
sin problema lo toma como si nada fuese, mientras el pobre pequeño quedaría aplastado bajo
este peso, y si se le pidiera hacer un trabajo, se pondría en fiesta por la adquisición y la ganancia
que le será dada, pero si se le quisiera dar un dulce en vez de su ganancia, sentiría indignación
y diría: ‘Dadme la justa ganancia por mi trabajo, porque debo vivir’. Mira entonces, quien tiene
mi Divina Voluntad tiene fuerza suficiente para todo, por eso todo le resulta fácil, el mismo sufrir,
sintiéndose fuerte, lo mira como una nueva adquisición. ¿Por qué tantos no saben sostener
nada, y una debilidad de niño parece que les persiste? Es la fuerza de mi Divina Voluntad que
falta, he aquí la causa de todos los males. Por eso sé atenta hija mía a no salir jamás de mi
Divina Voluntad”.
(5) Después continuaba mis actos en el Fiat Divino, y habiendo llegado a cuando Él llamó a
vida, a la luz del día, a la Soberana Celestial, pensaba entre mí: “Dios al crear a la Virgen
Santísima, no sólo enriqueció su bella alma con tantos privilegios, sino también debió
transformar su naturaleza para volverla pura y santa como es”. Y mi amado Jesús moviéndose
en mi interior me ha dicho:
(6) “Hija mía, nada había que agregar a su naturaleza, porque no fue la naturaleza humana la
que pecó, sino la voluntad humana, porque la naturaleza humana estaba en su puesto, como
salió de nuestras manos creadoras, por eso nos servimos de aquella misma naturaleza de las
otras criaturas al crear a la Virgen. Lo que se contaminó en el hombre fue su voluntad, y como
esta naturaleza humana estaba animada, y habitaba en la naturaleza humana esta voluntad
rebelde, ella participó y quedó contaminada. Así que puestas en armonía la Divina Voluntad y
la voluntad humana, dándole el dominio, el régimen, como es querido por Nosotros, la naturaleza