en mi Querer Divino; en suma, cada conocimiento mío es un soldado divino que manifestándose
a tu alma se ha hecho poner en sus manos, por ti, el arma de cada oficio que poseen. Mira qué
orden tienen, como son atentos a su oficio y a manejar el arma que cada uno posee para
disponer y formar el pueblo del reino de mi Fiat Divino. Este ejército y estas armas poseen la
virtud prodigiosa de lo infinito, de modo que se difunden por dondequiera, y donde hay una luz,
aun pequeña, en las criaturas, combaten con armas de luz contra las tinieblas del querer humano
para eclipsarlo y darle la Vida de mi Fiat, y donde hay un germen de potencia o de fuerza, corre
el soldadito divino con su arma de la potencia y de la fuerza para combatir la potencia y fuerza
humana, y hacer resurgir la potencia y la fuerza de mi Divina Voluntad. Este ejército tiene el
arma opuesta a todos los actos humanos para combatirlos, para hacer resurgir sobre el acto
humano el acto de mi Querer Divino. Por eso hija mía, es necesario que tu permanezcas en mi
Divina Voluntad para formar armas suficientes, con tus actos hechos en Ella, al gran ejército de
sus conocimientos. Si tú supieras cómo este ejército espera con ansia las armas de tus actos
en sus manos para mover batalla y destruir el pobre reino del querer humano, y edificar nuestro
Reino de luz, de santidad y de felicidad; mucho más que Yo estoy en ti, en la gran morada de
mi Divina Voluntad, en medio a mi ejército, con el continuo consejo del Ministro de las Divinas
Personas, como reproductor de nuestras obras, porque Nosotros somos el Ser obrante, y donde
estamos queremos obrar siempre, sin cesar jamás. Por eso es de necesidad que tú estés
siempre en nuestro Fiat para unirte a Nosotros en nuestro continuo obrar, y darnos el campo de
siempre obrar en ti, porque es propiamente ésta la señal del obrar divino: Obrar siempre,
siempre, sin cesar jamás”.
(3) Después de esto ha hecho silencio, y poco después con un énfasis más tierno ha
agregado:
(4) “Hija mía, si tú supieras que ímpetu de amor siento porque quiero establecer el reino de
mi Divina Voluntad sobre la tierra, para realizar el único fin por el cual fue creado el hombre;
todo lo que ha sido hecho por las Divinas Personas, desde que fue creado el mundo y lo que
haremos, nuestro principio será siempre aquél, no lo dejaremos jamás, que el hombre regrese
a su herencia del reino de nuestro Fiat que nos rechazó. Tanto, que en mi misma encarnación,
cuando descendí del Cielo a la tierra, la primera finalidad fue el reino de mi Divina Voluntad, los
primeros pasos los di en el reino de Ella, esto es, en mi Madre Inmaculada que lo poseía, mi
primera morada fue en su seno purísimo, en el cual mi Fiat tenía su dominio absoluto y su reino
íntegro y bello, y en este reino de mi Querer que poseía mi Mamá Celestial, comencé y formé
mi Vida acá abajo, de penas, de lágrimas y de expiaciones. Yo lo sabía, sabía que debía ser el
Jesús abandonado, no amado ni buscado, pero quise venir porque veía a través de los siglos
que mi venida a la tierra debía servir para formar el reino de mi Querer Divino, y por necesidad
debía primero redimirlos para obtener mi primera finalidad. Y Yo desde entonces descendía del
Cielo para venir a buscar, encontrar y estrechar a mi seno a los hijos de mi reino, que me habrían
buscado, amado, reconocido, hasta llegar a no poder estar sin Mí, y por eso en lo que Yo hacía
y sufría, Yo ponía un sello y decía: ‘Aquí esperaré a los hijos de mi Querer, los abrazaré, nos
amaremos con un solo amor, con una sola Voluntad’; y por amor de ellos, las lágrimas, los pasos,
las obras, se me cambian en refrigerio, en alegría para mi corazón ahogado de amor. Hija mía,
¿no sientes tú misma que no puedes estar sin Mí? Y cuando lean en el mundo estos escritos,
quedarán maravillados al oír la larga cadena de mis gracias, mis cotidianas visitas, y por tan
largo tiempo, lo que no he hecho a ningún otro, mis largas conversaciones que he tenido contigo,
las tantas enseñanzas que te he dado, y todo lo que debía servir al reino de mi Divina Voluntad.
Sentía la irresistible necesidad de reemprender y rehacer contigo todas las conversaciones, de
comunicarte las gracias, las enseñanzas que habría dado a Adán inocente si no hubiera
rechazado la preciosa herencia de mi Fiat; él rompió mi hablar y me redujo al silencio, y después
de seis mil años de silencio sentía la extrema necesidad de reemprender mi hablar con la
criatura. ¡Oh! cómo era doloroso contener tantos secretos en mi corazón, que debía confiarle,
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