(2) “Hija mía, quien vive en mi Divina Voluntad y sigue sus actos, es la narradora de todas
nuestras obras. Así que conforme tú giras en el sol para repetir junto con mi Voluntad lo que
hice al crear al sol, nos haces la narración de la historia de su luz, y el Ente Supremo al oír repetir
por ti toda la historia del sol, lo que encierra, el bien que hace, siente darse toda la gloria de su
luz, y como la luz brilla sobre todas las cosas, inviste todo, llena el aire, así oye tu eco cercano
y lejano, en lo bajo y en la altura de los cielos, y susurrando a nuestro oído nos haces la narración
de la luz, y nos glorifica tanto, que nos das un sol de gloria; oh, cómo quedamos felicitados por
parte de la criatura por haber creado un astro tan benéfico para toda la tierra. ¿Cómo no amar
a quien vive en nuestro Fiat Divino? Ella recoge todas nuestras cualidades y felicidad esparcidas
en todo lo creado, y ahora nos hace la narración del cielo y nos dice la historia de su inmensidad,
y nos da la gloria del cielo entero; ahora nos dice la historia del mar, y murmura junto con las
aguas: ‘Amor y gloria de todo el mar a mi Creador.’ Ahora nos narra la historia de la tierra
florida, y todas las plantas y flores elevan su perfume y nos das la gloria de toda la tierra. Ahora
nos haces la narración de la historia del viento, ahora del aire, ahora del pajarillo que canta,
ahora del cordero que bala, en suma, tiene siempre cosas que narrarnos de las tantas cosas
que hemos hecho en la Creación, para darnos el amor y la gloria que tuvimos al crearla. ¡Oh!
cómo es dulce y grato el oírte hacer la narración de nuestras obras, nos sentimos duplicar el
amor, nuestra gloria; mucho más que, quien nos hace la narración vive en nuestro Querer, el
cual, instruyéndola le hace decir los secretos amorosos que hay en todas las cosas creadas”.
(3) Dicho esto ha hecho silencio. Después, como si no pudiera contener el amor de su corazón
divino, ha agregado:
(4) “Hija amada mía, tú eres mi esperanza, la esperanza del reino de mi Divina Voluntad sobre
la tierra, aquella esperanza que no dice duda, sino certeza, porque ya en ti encuentra su reino;
tus modos, tus prerrogativas, tus narraciones, todo pertenece a mi Fiat Divino, en ti están sus
fundamentos, sus conocimientos, por eso espero que su reino se formará y se divulgará sobre
la tierra”.
(5) Después de esto estaba pensando cuando Nuestro Señor subió al Cielo, glorioso y
triunfante, con su Humanidad no más humillada, sujeta a las penas, con la divisa de Adán caído,
sino intangible de toda pena, con la divisa del nuevo Adán inocente, con todas las prerrogativas
más bellas de la Creación, vestido de luz e inmortal. Pero mientras esto pensaba, mi dulcísimo
Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
(6) “Hija mía, mi Humanidad rehizo en sí, y sobre sí misma todos los males de la humanidad
caída, hasta morir, para darle virtud de hacerla resurgir de la muerte a la cual estaba sujeta. He
aquí la causa por la que no dejé el reino de mi Voluntad Divina sobre la tierra, porque faltaba la
humanidad del Adán inocente, gloriosa e inmortal para poder impetrarlo y recibir el gran don de
mi Fiat. Por eso era necesario que mi Humanidad primero debía rehacer la humanidad caída y
darle todos los remedios para levantarla, después morir y resurgir con las dotes del Adán
inocente para poder dar al hombre lo que perdió. No sólo eso, sino quise subir al Cielo con mi
Humanidad bella, vestida de luz como salió de nuestras manos creadoras, para decir al Padre
Celestial: ‘Padre mío, mira cómo mi Humanidad está rehecha, cómo el reino de nuestra
Voluntad está al seguro en Ella, soy Yo la cabeza de todos, y quien te ruega tiene todos los
derechos de pedir y de dar lo que Yo poseo.’ Hija mía, se necesitaba una humanidad inocente,
con todas las dotes con las cuales salió de nuestras manos creadoras para conseguir de nuevo
el reino de nuestra Voluntad en medio a las criaturas, que hasta entonces faltaba, y Yo lo adquirí
con mi muerte, y subí al Cielo para cumplir, después de mi primer trabajo, el segundo trabajo
mío de impetrar y dar el reino de mi Divina Voluntad sobre la tierra. Son cerca de dos mil años
que esta mi Humanidad ruega, y nuestra Majestad Divina, sintiéndose regurgitar de nuevo, más
bien, con más intensidad el amor de la Creación que tuvimos al crear al hombre, y sintiéndose
raptar y fascinar por la belleza de mi Humanidad, ha desbordado fuera de nuevo, y abriendo los
Cielos ha hecho llover a torrentes la lluvia de luz de los tantos conocimientos sobre mi Fiat, a fin