Supremo Querer. Por eso estoy tan atento de que tú nada pierdas de lo que te digo sobre mi
Voluntad Divina, porque hay tanta importancia en estas verdades, que ocultando algunas sería
como si se quisiera apartar al sol de su puesto, hacer salir al mar de su lugar, ¿qué sería de la
tierra? Piénsalo tú misma. Tal sería si faltasen todas las verdades que con tanto orden te he
manifestado sobre mi Divina Voluntad”.
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Marzo 31, 1929
Derechos absolutos del Divino Querer. Cómo la voluntad humana
cambió la suerte humana y divina. Si el hombre no hubiera pecado,
Jesús hubiera venido a la tierra glorioso, y con el cetro de mando.
El hombre debía ser el portador de su Creador.
(1) Siento en mí la continua potencia del Fiat Divino que me envuelve con tal imperio, que no
da tiempo a mi agonizante voluntad de hacer el más mínimo acto, y se gloría no de hacerla morir
del todo, porque si esto hiciera perdería su prestigio de obrar sobre una voluntad humana, que
mientras está viva se somete a recibir voluntariamente el acto vital del Fiat Divino y se contenta
con vivir muriendo para dar vida y dominio absoluto al Supremo Querer, que victorioso de sus
derechos divinos extiende sus confines y canta victoriosa sobre la agonizante voluntad de la
criatura, la cual, si bien muriendo, sonríe y se siente feliz y honrada de que un Querer Divino
tiene su campo de acción en su alma. Ahora, mientras me sentía bajo el imperio del Fiat Divino,
mi dulce Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
(2) “Pequeña hija de mi Querer, tú debes saber que son derechos absolutos de mi Fiat Divino
el tener el primado sobre cada uno de los actos de la criatura, y quien le niega el primado le
quita sus derechos divinos que por justicia le son debidos, porque es creador del querer humano.
¿Quién puede decirte hija mía cuánto mal puede hacer una criatura cuando llega a sustraerse
de la Voluntad de su Creador? Mira, bastó un acto de sustracción del primer hombre a nuestra
Voluntad Divina para cambiar la suerte de las generaciones humanas, y no sólo eso, sino que
cambió la misma suerte de nuestra Divina Voluntad. Si Adán no hubiese pecado, el Verbo
Eterno, que es la misma Voluntad del Padre Celestial, debía venir a la tierra glorioso, triunfante
y dominador, acompañado visiblemente por su ejército angélico, que todos debían ver, y con el
esplendor de su gloria debía fascinar a todos y atraer a todos a Sí con su belleza; coronado
como rey y con el cetro de mando para ser rey y cabeza de la familia humana, de modo de darle
el gran honor de poder decir: ‘Tenemos un rey hombre y Dios’. Mucho más que tu Jesús no
descendía del Cielo para encontrar al hombre enfermo, porque si no se hubiera sustraído de mi
Voluntad Divina, no debían existir enfermedades, ni de alma ni de cuerpo, porque fue la voluntad
humana la que casi ahogó de penas a la pobre criatura; el Fiat Divino era intangible de toda
pena y tal debía ser el hombre. Por lo tanto Yo debía venir a encontrar al hombre feliz, santo y
con la plenitud de los bienes con los cuales lo había creado. En cambio, porque quiso hacer su
voluntad cambió nuestra suerte, y como estaba decretado que Yo debía descender sobre la
tierra, y cuando la Divinidad decreta, no hay quien la aparte, sólo cambié modo y aspecto, así
que descendí, pero bajo vestidos humildísimos, pobre, sin ningún aparato de gloria, sufriente,
llorando y cargado con todas las miserias y penas del hombre. La voluntad humana me hacía
venir a encontrar al hombre infeliz, ciego, sordo y mudo, lleno de todas las miserias, y Yo para
sanarlo lo debía tomar sobre de Mí, y para no infundirle espanto debía mostrarme como uno de
ellos, para hermanarlos y darles las medicinas y remedios que se necesitaban. Así que el querer
humano tiene la potencia de volverse feliz o infeliz, santo o pecador, sano o enfermo. Entonces