sucias, porque en su vida de luz no entran cosas extrañas a la luz. Más que sol es mi Divina
Voluntad, Ella, como luz corre en todos los actos humanos, pero queda intangible de todos los
males de las criaturas, y sólo entra en Ella quien quiere ser luz, calor y colores, todo lo demás
no le pertenece, esto es, quien quiere vivir sólo y siempre de su Divina Voluntad. Por eso puedes
estar segura que tú no entraste en la caída de Adán, porque no fue su caída un acto de luz, sino
de tinieblas, las cuales una hace huir a la otra”.
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25-26
Febrero 22, 1929
Cuando Luisa escribe, el Querer Divino es el que dicta,
se hace actor y espectador. Orden ordinario y orden
extraordinario que tiene la Divinidad en la Creación.
(1) Estando en la máxima amargura de la privación de mi dulce Jesús, estaba escribiendo lo
que está escrito arriba, y si bien lo hacía con un esfuerzo increíble debido al estado en que me
encontraba, sin embargo lo quería hacer para darle como un último testimonio de homenaje a
aquel Fiat que con tanto amor se había manifestado conmigo, y ahora, aunque tanto escasea
en su decir, no quiero que las pequeñas gotitas de luz que me manifiesta queden perdidas. Y
pensaba entre mí: “¿Quién sabe y no sea la última gotita de luz que pongo sobre el papel?”
Pero mientras esto pensaba, mi amado Jesús ha salido de dentro de mi interior y poniéndome
los brazos al cuello me ha estrechado fuertemente en sus brazos y me ha dicho:
(2) “Hija mía, en cuanto te has puesto a escribir me he sentido atraer tan fuerte, que no he
podido resistir, de modo que desbordando de ti mi Fiat, me ha puesto fuera para dirigir, mientras
tú escribes, lo que te he manifestado sobre mi Querer Divino, esto es un empeño, es derecho
sagrado y divino que Él tiene, de ser el actor, el que dicta y el espectador mientras tú escribes,
a fin de que todo sea luz y verdades sorprendentes, en modo que se pueda conocer a claras
notas los rasgos divinos de mi Voluntad. Crees que seas tú la que escribe, no, no, tú no eres
otra cosa que la parte superficial; la sustancia, la parte primaria, la que dicta, es mi Divina
Voluntad, y si tú pudieras ver la ternura, el amor, las ansias con las cuales pone su Vida mi Fiat
sobre estas hojas, tú te morirías destrozada de amor”.
(3) Dicho esto se ha retirado en mi interior, y yo como reanimándome del encantamiento de
Jesús continué escribiendo, pero me sentía toda luz, sentía que todo se me sugería, que se me
ponían las palabras en la boca, yo no sé decir lo que sentía al escribir. Después de haber
terminado de escribir me he puesto a rezar, pero con el clavo en el corazón porque no sabía
cuando regresara nuevamente Jesús, y me lamentaba porque aún no me lleva al Cielo.
Entonces recordaba las tantas veces que me había puesto en condiciones de fin de vida, como
si estuviera en acto de atravesar las puertas del Cielo, y mientras estaban en acto de abrirse
para recibirme en la beata morada, la obediencia se había impuesto sobre mi pobre existencia
y cerrándome las puertas era obligada a permanecer en el duro exilio de la vida. ¡Oh, cómo, si
bien santa, es cruel y casi tirana la bendita obediencia en ciertas circunstancias! Y pensaba
entre mí: “Quisiera saber si ha sido la obediencia o bien no ha llegado el punto final de mi
existencia acá abajo”. Pero mientras esto pensaba y tantas otras cosas se amontonaban en mi
mente, con una amargura indecible que parecía que me envenenaba, mi Sumo Bien Jesús, mi
amada Vida me ha sorprendido y haciéndose ver de nuevo me ha dicho:
(4) “Hija mía, debes saber que en nuestra Divinidad está el orden ordinario para toda la
Creación, y esto no es cambiado por cualquier incidente ni un punto, ni un minuto antes, ni un
minuto después, la vida termina cuando está establecido por Nosotros, somos inmutables a este