hambrientos, y que si comían no se saciaban jamás, ¡cuánta compasión despertaba esta gran
muchedumbre, que parecía que fuese todo el mundo! Yo no sabía quiénes eran, ni el significado
de su naturaleza por la que ninguno había alcanzado su debida estatura, y mi amado Jesús
suspirando ha salido de dentro de mi interior y me ha dicho:
(2) “Hija mía, qué infeliz muchedumbre, no son otra cosa que la gran turba que se salió de la
heredad paterna dada a ellos por su Celestial Padre, pobres hijos sin herencia paterna, no tienen
tierras donde estar al seguro, no tienen alimentos suficientes para nutrirse y están obligados a
vivir de robos, rapiña, y de alimentos sin sustancia, y por eso les resulta muy difícil el crecer a
debida estatura, porque sus miembros no tienen fuerza suficiente para desarrollarse, y por eso
están raquíticos, enfermos, hambrientos, sin saciarse jamás, todo lo que toman no se adapta a
su crecimiento porque no son alimentos adecuados y establecidos para ellos, ni de su herencia.
Hija mía, la herencia dada por mi Celestial Padre a esta muchedumbre era mi Divina Voluntad,
en Ella debían encontrar alimento para crecer a debida estatura, aire balsámico para volverlos
sanos y fuertes, el cual debía pintar sobre sus rostros la frescura infantil, la belleza juvenil y la
dignidad y gracia del hombre maduro, no había bien que esta herencia no poseyera, del cual el
hombre debía ser el dueño, y tener a su disposición todos los bienes que quisiera, en el alma y
en el cuerpo. Por eso, en cuanto el hombre salió de la heredad de mi Divina Voluntad, no
encontró más las cosas a su disposición, no fue más dueño, sino siervo y está obligado a vivir
con penurias, ¿cómo puede crecer a debida estatura? He aquí el por qué espero con tanto amor
la muchedumbre de quienes deben vivir en nuestra heredad del Fiat Divino. Nuestra Voluntad
nos formará la bella muchedumbre de justa estatura, bella y fresca, que será nutrida con
alimentos sustanciosos que los volverán fuertes y desarrollados y formarán toda la gloria de
nuestra obra creadora. Nuestro dolor es grande al mirar a esta turba infeliz y deformada, y en
nuestro dolor repetimos: ‘¡Ah!, nuestra obra no salió de nuestras manos creadoras enferma, sin
belleza y sin frescura, sino que era un amor el sólo mirarla, nos extasiaba, tan bella era’. Pero
mientras decimos esto, nuestro amor se inflama, quiere salir fuera, y quiere poner en camino a
nuestro Querer Divino para hacerlo reinar en medio a las criaturas, para restablecer bella y
graciosa nuestra obra, como salió de nuestras manos creadoras”.
(3) Después seguía pensando en el Fiat Supremo, y ¡oh! cuántas cosas comprendía de Él,
me parecía verlo todo majestad, todo luz, haciendo salir felicidad, fortaleza, santidad, amor, y
estos desahogos formaban mares interminables que querían verterse sobre las criaturas, pero,
¡ay de mí! éstas no pensaban en recibirlos, y estos mares quedaban suspendidos sobre su
cabeza. Pero mientras mi mente estaba inmersa en el Fiat Divino, mi dulce Jesús moviéndose
en mi interior me ha dicho:
(4) “Hija mía, donde está mi Querer Divino está la fuerza comunicativa de todos los bienes
divinos, y como olas impetuosas corren sobre la criatura que lo posee, nuestros desahogos de
felicidad, de luz, de fuerza, etc., y tiene virtud de cambiar naturaleza a las cosas más duras, más
dolorosas, más amargas, donde está mi Fiat Divino las cosas más duras se hacen blandísimas,
los dolores se cambian en alegrías, las amarguras en dulzuras, la tierra se hace Cielo, los
sacrificios conquistas. Tu ejemplo es más que suficiente para convencerte de lo que te digo,
mira, si no estuviese en ti mi Querer, inmovilizada como estás, por tan largos años dentro de
una cama, sin ver y gozar ni sol, ni aire, ni placeres de tierra, es más, puedes decir que no los
conoces, habrías sido la criatura más infeliz, ¡oh! cómo te habría sido duro y amargo tu estado.
En cambio mi Fiat Divino, poseyendo la fuente de la felicidad, desbordándose sobre de ti y
corriendo hasta en la médula de tus huesos, te comunica su felicidad, y con su fuerza te
adormece todos los males y te vuelve feliz, y ¿si tú supieras cómo estoy contento al verte feliz?
Pero sobre todo verte feliz no en un estado de placer, de diversión, sino confinada dentro de
una cama, esto me extasía, me hace llegar a un delirio de amor, me atrae mucho a ti, y en mi
delirio de amor te digo: ‘¡Oh! prodigio de mi Fiat Divino, que vuelve feliz a mi hija en un estado
en que el mundo habría gritado infelicidad, desventura, y tal vez que jamás se ha visto y menos
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