visto por Nosotros como cosa extraña a Nosotros, sino como cosa nuestra, y gozamos en
hacerla decir, hacer y vencer, mucho más que ella nos vence a Nosotros y Nosotros la vencemos
a ella. Así que con dar nuestra Voluntad a la criatura, y ella con recibirla como vida propia,
abrimos una competencia entre ella y Nosotros, ella entra en nuestro campo divino y domina
como dueña, y Nosotros gozamos tanto al ver su pequeñez que contiene nuestro eterno Querer,
dominadora de nuestros bienes y de Nosotros mismos. ¿Qué cosa podemos negar a nuestro
Querer? Nada. Más bien nos deleitamos en poner fuera nuestras más íntimas alegrías,
nuestros secretos, nuestras eternas beatitudes para hacer regocijar a la pequeñez de la criatura
donde Ella reina, y volviéndola dominadora de ellas, nos entretenemos y abrimos el juego entre
ella y Nosotros. Por eso, cosa más grande no podía dar al hombre al crearlo, que nuestra
Voluntad, porque sólo con Ella él podía llegar a donde quisiera y hacer lo que quisiera, hasta
volverse dominador de lo que a Nosotros nos pertenece. Esto no lo hicimos al crear las otras
cosas, ellas son dominadas por Nosotros, no pueden hacer lo que quieren, sus derechos son
limitados, porque al crear al hombre hubo una arrebato más intenso de amor, y en este arrebato
de amor, el Todo se fundió en la nada, y la nada adquirió su vida en el Todo. Y para tenerlo
más seguro le dimos nuestra Divina Voluntad como patrimonio, a fin de que uno fuese el querer,
comunes los bienes, por cuanto la criatura es capaz, y tanto el amor del uno y del otro hacerse
dominar mutuamente. Por eso la cosa más bella para Nosotros, que más nos rapta y nos
glorifica es el alma donde reina nuestro Querer Divino, porque sólo ella es la que no nos hace
decir a nuestro amor basta en el dar, sino que tenemos siempre para dar, siempre para decir, y
para gozar de más la volvemos vencedora de Nosotros mismos. Por eso sé atenta hija mía, si
todo quieres, haz que nuestro Querer reine en ti”.
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25-10
Diciembre 2, 1928
El tabernáculo Eucarístico y el tabernáculo de la Divina Voluntad.
(1) Las privaciones de Jesús se hacen más prolongadas, y viéndome privada de Él no hago
otra cosa que suspirar por el Cielo. ¡Oh, Cielo! ¿Cuándo me abrirás las puertas? ¿Cuándo
tendrás piedad de mí? ¿Cuándo te llevarás a la pequeña exiliada a su patria? ¡Ah, sí, sólo allá
no lloraré más a mi Jesús! Aquí, si se hace ver, mientras se cree poseerlo, como relámpago te
huye y te toca hacer la larga etapa sin Él, y sin Jesús todas las cosas se convierten en dolor,
aun las mismas cosas santas, las oraciones, los Sacramentos, son martirios sin Él. Después
pensaba entre mí: “¿En qué aprovecha el que Jesús haya permitido hacerme venir cerca de su
tabernáculo de amor para estarnos en mudo silencio? Más bien me parece que se ha escondido
de más, que no más me da sus lecciones sobre el Fiat Divino, me parecía que tenía su cátedra
en el fondo de mi interior y tenía siempre qué decir, ahora no escucho otra cosa que un profundo
silencio, sólo que siento en mí el murmullo continuo del mar de luz del Eterno Querer que
siempre murmura amor, adoración, gloria y abraza todo y a todos”. Mientras esto pensaba, mi
dulce Jesús apenas se ha hecho ver en mi interior y me ha dicho:
(2) “Hija mía, ánimo, soy Yo en el fondo de tu alma que muevo las olas del mar de luz de mi
Divina Voluntad, y murmuro siempre, siempre, para conseguir de mi Padre Celestial el reino de
mi Voluntad sobre la tierra, y tú no haces otra cosa que seguirme, y si tú no me sigues lo haré
Yo solo, -pero tú no lo harás, el dejarme solo-, siendo que mi mismo Fiat te tiene abismada en
Él. ¡Ah! ¿no sabes tú que eres el tabernáculo de mi Divina Voluntad? ¿Cuántos trabajos no he
hecho en ti, cuántas gracias no he derramado para formarme este tabernáculo? Tabernáculo,
podría llamarlo único en el mundo, porque tabernáculos eucarísticos tengo en buen número, y
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