Señor, indescriptible es tu felicidad! Ahora, mientras me encontraba en este estado, el bendito
Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, en el alma toda transformada en mi Querer Yo encuentro un dulce reposo. El
alma se convierte para Mí como aquellos objetos suaves que no dan ninguna molestia a quien
quiere reposarse en ellos, es más, aunque fueran personas cansadas y adoloridas, es tanta la
suavidad y el placer que toman al reposarse sobre estos objetos, que al despertarse se
encuentran fuertes y sanos. Así es para Mí el alma conformada a mi Querer, y Yo en recompensa
me hago atar por su voluntad y en ella hago resplandecer el Sol Divino como en el pleno
mediodía”.
(3) Dicho esto ha desaparecido. Poco después, habiendo recibido la comunión ha regresado
y me ha transportado fuera de mí misma. Veía mucha gente y Jesús me decía:
(4) “Diles, diles qué grande es el mal que hacen con murmurar uno del otro, porque atraen mi
indignación, y esto con justicia, porque veo que mientras están sujetos a las mismas miserias y
debilidades, no hacen otra cosa que erigir tribunales uno en contra del otro. Si así hacen entre
ellos, ¿qué haré Yo, que soy santo y puro, con ellos? De acuerdo a la caridad que ejerciten unos
con otros, así Yo me siento atraído a usar misericordia con ellos”.
(5) Jesús me lo decía a mí, y yo lo repetía a esa gente, y después nos hemos retirado.
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3-46
Marzo 2, 1900
La unión de los quereres ata el alma a Jesús.
(1) Esta mañana, habiendo recibido la santa comunión, mi dulce Jesús se hacía ver
crucificado, e internamente me sentía atraída a mirarme en Él, para poder semejarme a Él, y
Jesús se reflejaba en mí para atraerme a su semejanza. Mientras esto hacía yo me sentía
infundir en mí los dolores de mi crucificado Señor, que con toda bondad me ha dicho:
(2) “Quiero que tu alimento sea el sufrir, no por sufrir solamente, sino como fruto de mi
Voluntad. El beso más sincero que ata más fuerte nuestra amistad, es la unión de nuestros
quereres, y el nudo indisoluble que nos estrechará en continuos abrazos será el continuo sufrir”.
(3) Mientras esto decía, el bendito Jesús se ha desclavado y ha tomado su cruz y la extendió
en el interior de mi cuerpo, y yo quedaba tan extendida en ella que me sentía dislocar los huesos,
además, una mano que no sé decir con certeza de quién era, me traspasaba las manos y los
pies, y Jesús que estaba sentado sobre la cruz que estaba distendida en mi interior, todo se
complacía en mi sufrir y en quien me traspasaba las manos, y ha agregado:
(4) “Ahora puedo reposar tranquilamente, no tengo que tomar ni siquiera la molestia de
crucificarte, porque la obediencia quiere hacerlo todo, y Yo libremente te dejo en las manos de
la obediencia”.
(5) Y levantándose de la cruz se ha puesto sobre mi corazón para reposarse. ¿Quién puede
decir cómo he quedado sufriente estando en esa posición? Después de haber estado largo
tiempo, Jesús no se apresuraba en aliviarme como las otras veces para hacerme regresar a mi
estado natural, y a aquella mano que me había puesto sobre la cruz no la veía más, esto se lo
decía a Jesús, quien me respondía:
(6) “¿Quién te ha puesto sobre la cruz? ¿Tal vez he sido Yo? Ha sido la obediencia, y la
obediencia te debe quitar de ahí”.
(7) Parece que esta vez tenía ganas de jugar, y como suma gracia he obtenido que me liberara
el bendito Jesús.
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