(2) “Hija mía, es cierto que es Voluntad mía que quiero dar el reino de mi Querer Divino, no
puedo hacer menos que querer y suspirar de haceros el gran don de Él, si esto no fuera así, o
sea, que no suspirara el regreso del hombre en la morada de mi Divina Voluntad, iría contra el
orden de nuestra obra creadora, que con suma sabiduría creó al hombre para que viviese de lo
nuestro y morase en el reino de nuestro Fiat, dado a él, por Nosotros, como su herencia. Por
eso el hombre saliendo de Él formó el desorden en nuestra obra creadora, ¿y cómo podemos
tolerar el que quede desordenada nuestra obra más bella? Han pasado siglos y siglos, pueden
pasar otros siglos, pero no nos cambiaremos, será siempre nuestro punto más importante,
nuestra única finalidad e interés especial, el que nuestra obra creadora sea restaurada y
reordenada tal y como salió de nuestras manos creadoras y viva en el reino de nuestro Querer
Divino. Nosotros nos encontramos en nuestra Majestad Adorable como un padre que ya tenía
a su hijo feliz, con una gran belleza que le daba alegría y felicidad, y que como dueño vivía de
la herencia del padre, dada a él por su padre; este hijo voluntariamente salió de la herencia
paterna y se volvió infeliz y despedazó las bellas y puras alegrías entre padre e hijo; ahora, ¿cuál
no sería el dolor del padre, los suspiros, las lágrimas, y su voluntad irremovible de que su amado
hijo regresase feliz? Mucho más que la herencia dada al hijo existe, la tiene el padre mismo en
consignación y suspira que él tome de nuevo la posesión de ella, pero en tanto dolor de este
padre, lágrimas y suspiros, es voluntad decidida, quiere que su hijo infeliz desee, ruegue que le
sea regresada su herencia paterna, su felicidad perdida, esto dispone al hijo a recibir y apreciar
su estado feliz, el regreso de su herencia, y el padre, ahogado de amor hacia su amado hijo dirá:
‘Tu pedir ha formado un derecho sobre mi corazón que se quema por ti, toma de nuevo lo que
perdiste, te lo has merecido, estoy contento porque te veo feliz y puedo decir que mi hijo no es
más infeliz, sino feliz’. Ahora, más que padre somos Nosotros, más bien el amor del padre es
una sombra comparada al nuestro, y nuestra Voluntad Divina es irremovible, ninguno podrá
cambiarla, la infelicidad del hombre es un desorden a la obra de la Creación, y queremos
nuestros derechos en nuestra obra, tal y como salió queremos que nos regrese, nuestro amor
nos ahoga, nuestra justicia lo exige, nuestra bondad lo reclama, nuestra misma felicidad lo
suspira y no tolera la infelicidad en nuestra obra, nuestra Divina Voluntad haciéndonos corona
nos vuelve inmutables y quiere que su reino sea poseído, pero a pesar de esto queremos que
la criatura ruegue, suspire el bien que le queremos dar, y esto forma un derecho sobre nuestro
corazón paterno y un apoyo en el corazón de él para poder recibir lo que queremos dar y así
poderle decir en nuestro énfasis de amor: ‘Hijo mío, te lo has merecido, y Nosotros te hemos
dado lo que queríamos darte’. Quien pide se dispone, lo que se obtiene con el rogar se aprecia,
se tiene custodiado, y como el conocer mi Querer Divino, el poseer su reino no es un bien
individual, sino general, para obtenerlo te hago pedir por todos, a nombre de todos y de cada
uno de los pensamientos, palabras y actos de criatura, para hacerte formar el derecho en nuestra
Paternidad Divina, de que todos puedan recibir el reino de nuestro Fiat, y las disposiciones en
ellos para poseerlo. Así hizo la Reina del Cielo para implorar el reino de la Redención, por todos
y por cada uno tuvo una oración, un suspiro, un acto, no dejó que se le escapara ninguno y con
esto daba el derecho a cada uno para poder recibir a su Redentor; así hice Yo para redimirlos,
y así quiero que hagas tú para el reino de mi Divina Voluntad”.
(3) Después de esto pensaba: “¿Y por qué el Señor tiene tanto interés y ama tanto que su
Santa Voluntad sea conocida y reine en medio a las criaturas?” Y mi dulce Jesús ha agregado:
(4) “Hija mía, porque la primer finalidad, acto y fin de la Creación, fue que nuestra Divina
Voluntad reinase, y para reinar es necesario conocerla; fue Ella la que salió al campo de acción
en la Creación, la que con su Fiat creador se imponía sobre la nada y creaba cielos, soles y
tantas obras bellas, y también al hombre, y en todas las obras que creaba ponía el sello de su
Fiat Omnipotente como señal imborrable, porque dentro de cada una de sus obras quedaba
dentro como rey dominante en su reino, así que el fin de la Creación no fue nuestra potencia,
nuestra bondad, nuestra justicia, nuestra inmensidad, y similares, y si todos nuestros atributos