nuestro amor en ellas, para darnos amor y gloria, así Nosotros encontramos la correspondencia
de nuestro amor en quien reconoce nuestras obras. ¡Cómo es amargo y doloroso hacer el bien
por puro amor y no ser reconocido! Y cuando encontramos quien las reconoce, nos sentimos
como pagados por lo que hemos hecho, porque amor hemos dado y amor recibimos, y damos
libertad a quien vive y obra en nuestra Voluntad Divina de establecer tantos vínculos entre el
Cielo y la tierra, de abrir tantas puertas de comunicación, de poner tantas cadenas para hacer
subir sus actos al Cielo y hacer descender tantas gracias en provecho de todas las criaturas,
porque estas nuestras obras, la de la Creación y la de la Redención, han sido hechas sobre la
faz de la tierra y tienen virtud de abrir el Cielo, y nos servimos para hacerlo abrir por medio de
ellas, de quien obra en nuestra Divina Voluntad”.
(3) Y mientras esto decía me hacía ver tantas puertas abiertas en el Cielo, de las cuales
descendían tantas cadenas de oro que vinculaban la tierra por cuantas obras había hecho mi
dulce Jesús. Después seguía mi giro en las obras de la Majestad Suprema, y llegando al punto
de la creación del hombre pensaba entre mí: “Adán, el principio de su vida la hizo en la Divina
Voluntad, así que sus pensamientos, palabras, obras y pasos estaban animados por la unidad
del Fiat, el cual abraza todo y contiene todo sin que nada se le escape, por lo tanto sus actos
poseían la totalidad y plenitud de todos, y de todos los bienes, y si un solo acto hecho en este
modo, en la unidad del Fiat que abraza todo, es un acto que puesto junto a todos los otros actos
de las criaturas, éstos no pueden equivaler a este acto solo, Adán, que tuvo un período de vida
en esta unidad del Fiat, ¿quién sabe cuantos actos pudo hacer? Así que su gloria en el Cielo
será grande y tal vez supera todo, quitada la Soberana Reina que formó vida completa en la
Divina Voluntad. Es verdad que Adán pecó y salió de esta unidad de Voluntad Divina, pero si
salió él sus actos quedaron, porque creo que ninguna fuerza, ni divina ni humana puede destruir
un solo acto hecho en esta unidad del Fiat que abraza todo y posee todo, Dios mismo no puede
aniquilar un acto similar, pues debería destruir su misma Voluntad Divina, lo que no puede hacer,
porque siendo eterna e infinita, sin principio y sin fin, es intangible a todo, y ninguno la puede
tocar”. Luego, mientras mi pobre y pequeña mente se perdía en éstos y otros pensamientos, de
los cuales habría querido liberarme para pasar a otra parte, mi amado Jesús, haciéndose ver
me ha dicho:
(4) “Hija de mi Supremo Querer, a ti nada quiero esconderte, porque para quien vive en Él, mi
mismo Querer se hace revelador de lo que ha hecho por amor de la criatura y de lo que ha hecho
la misma criatura en Él, porque la lleva en su seno como triunfo de sus obras. Ahora, tú debes
saber que verdaderamente Adán posee en el Cielo una gloria que ningún otro, por cuan santo
sea, le es dada, fuera de la Mamá Celestial, porque ningún otro posee un solo acto en la unidad
de mi Voluntad Divina; era justo y decoroso para nuestra Majestad Divina que la primera criatura
salida de nuestras manos creadoras, poseyera más gloria que todos los demás, mucho más que
el primer período de su vida fue hecho como Nosotros queríamos, se puede decir que era Vida
nuestra, Voluntad y obras nuestras que corrían en él; ¿cómo poder destruir este primer período
de la vida de Adán, si era más nuestra que suya? Es inútil el pensarlo, lo que se hace en nuestra
Divina Voluntad queda intangible, ninguno lo puede tocar, porque entran en el orden divino e
infinito, y si bien resbaló y cayó, pero sus actos hechos hasta entonces quedaron íntegros y
bellos, tal y como los había hecho, entonces él quedó herido, enfermo, desfigurada nuestra
imagen en él, porque no estaba más en él nuestra Voluntad Divina que había tomado el empeño
de conservarlo bello, fresco, fuerte, santo, todo en orden a Nosotros como lo habíamos creado,
porque Adán mismo la había rechazado, pero sus obras hechas hasta que tuvo la desventura
de caer, que poseían la unidad de nuestro Fiat, no sufrieron ningún cambio, porque también
Nosotros éramos celosos de estos actos que tanto nos habían glorificado y nos habían puesto
en fiesta al ver que el hombre, nuestro hijo, se elevaba hasta Nosotros para absorber en él
nuestros modos divinos, nuestra semejanza y llevarnos en la unidad de nuestro Querer alegrías,
felicidad, la correspondencia y la sonrisa de todas las cosas creadas; Nosotros estábamos