corrompido, aromas de debilidad, de miserias, de modo que también el cuerpo perdió su
frescura, su belleza, se debilitó y quedó sujeto a todos los males, participando como participó
en el bien, así en los males de la voluntad humana, así que si sana esta voluntad humana con
darle de nuevo la vida de mi Querer Divino, como por encanto todos los males de la naturaleza
humana no tendrán más vida. ¿No sucede lo mismo cuando un aire pútrido, malo, maloliente,
circunda a las criaturas, cuántos otros males no trae? Este hedor llega a quitar el respiro y
penetra hasta en las vísceras, hasta producir males contagiosos que llevan a la tumba. Y si
tanto mal puede hacer un aire de fuera, mucho más mal puede hacer el aire brumoso y
corrompido de la voluntad humana que viene de dentro de la criatura, del fondo de todo su ser,
y además está el ejemplo palpable de las plantas, cuántas veces un jardín, un campo floreciente,
que el agricultor estaba todo en fiesta por la esperanza de la abundante cosecha y por tantos
bellos frutos que debía recoger, y basta una niebla para despojar a los árboles y hacer caer por
tierra todos los frutos, un aire demasiado helado para arrojar el luto sobre un campo floreciente,
entristecerlo y hacerlo morir y poner en luto al pobre agricultor. Si el aire es bueno comunica la
vida del bien, si es malo comunica la vida del mal y la misma muerte; la exhalación del aire, si
es bueno se puede llamar vida, si es malo se puede llamar muerte para las pobres criaturas. Si
tú supieras cuánto sufría Yo en mi vida pública cuando se presentaban delante a Mí ciegos,
mudos, leprosos, etc., porque reconocía en ellos todas las exhalaciones del querer humano y
cómo el hombre sin mi Querer se deforma en el alma y en el cuerpo, porque sólo mi Fiat tiene
virtud de conservar nuestras obras íntegras, frescas y bellas como salieron de nuestras manos
creadoras”.
(3) Después pensaba entre mí mientras estaba acompañando a mi dulce Jesús en la casita
de Nazaret para seguir sus actos: “Mi amado Jesús tuvo con certeza el reino de su Voluntad en
su Vida escondida, porque la Soberana Señora poseía su Fiat, Él era la misma Voluntad Divina,
San José en medio de estos mares de luz interminable, ¿cómo no podía hacerse dominar por
esta Santísima Voluntad?” Mientras esto pensaba, mi sumo bien Jesús suspirando de dolor en
mi interior me ha dicho:
(4) “Hija mía, cierto que en esta casa de Nazaret reinaba mi Voluntad Divina como en el Cielo
así en la tierra, Yo y mi Mamá Celestial no conocíamos otra Voluntad, San José vivía a los
reflejos de la nuestra, pero Yo era como un rey sin pueblo, aislado, sin séquito, sin ejército, y mi
Mamá como reina sin prole, porque no estaba rodeada por otros hijos dignos de Ella, a los cuales
podría confiar su corona de reina para tener su estirpe de sus nobles hijos todos reyes y reinas,
y Yo tenía el dolor de ser rey sin pueblo, y si pueblo se puede llamar a aquellos que me
circundaban, era un pueblo enfermo, quién ciego, quién mudo, quién sordo, quién cojo, quién
cubierto de llagas, era un pueblo que me hacía deshonor, no honor, más bien ni siquiera me
conocía, ni quería conocerme, así que era rey para Mí solo, y mi Mamá era reina sin la gran
generación de su estirpe de sus hijos reales. En cambio, para poder decir que tuviese mi reino
y gobernar, debía tener los ministros, y si bien tuve a San José como primer ministro, un solo
ministro no constituye ministerio, debía tener un gran ejército, todo atento a combatir para
defender los derechos del reino de mi Voluntad Divina y un pueblo fiel que tuviese sólo por ley,
la ley de mi Voluntad; esto no estaba hija mía, por eso no puedo decir que cuando vine sobre la
tierra tuve el reino de mi Fiat, nuestro reino fue para Nosotros solos, porque no fue restablecido
el orden de la Creación, la realeza del hombre, pero con el vivir Yo y la Madre Celestial todo de
Voluntad de Dios, fue arrojado el germen, formada la levadura para hacer despuntar y crecer
nuestro reino sobre la tierra; así que fueron hechos todos los preparativos, conseguidas todas
las gracias, sufridas todas las penas, para que el reino de mi Querer viniese a reinar sobre la
tierra, entonces Nazaret se puede llamar el punto de llamada del reino de nuestra Voluntad”.
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