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Febrero 9, 1928
La Soberana del Cielo, el reflector de Jesús. Agrado de Jesús cuando
se pide su Fiat. Jesús recogió todos los bienes y consumó todos
los males en la hoguera que encendió dentro de Sí.
(1) Continuaba siguiendo los actos de Jesús hechos en su Divina Voluntad cuando estaba
sobre la tierra, seguía a la Madre y al Hijo cuando huyeron a Egipto y pensaba entre mí: “Cómo
debía ser bello ver al amado niñito en brazos de su Mamá Divina, que mientras era tan pequeño,
encerrando en Él al eterno Fiat, encerraba Cielo y tierra y todo salía de Él como Creador y todo
de Él dependía, y a la Reina Soberana, que trasfundida en el pequeño Jesús en virtud del mismo
Fiat que la animaba, formaba el reflector de Jesús, su eco, su misma vida, cuántas bellezas
escondidas poseían, cuánta variedad de cielos más bellos que el que se ve en nuestro horizonte,
cuántos soles más resplandecientes contenían, y sin embargo nadie veía nada, no se veía otra
cosa que tres pobres fugitivos. Jesús, amor mío, quiero seguir paso a paso los pasos de mi
Mamá Celestial, y conforme camina quiero animar los hilos de hierba, los átomos de la tierra,
para hacerte oír bajo sus plantas mi te amo; quiero animar toda la luz del sol, y conforme ilumina
tu rostro, quiero que te lleve mi te amo; quiero animar todas las ráfagas de viento, sus caricias,
para que todas te digan te amo; soy yo que en tu Fiat te llevo el calor del sol para calentarte, las
ráfagas de viento para acariciarte, su rumor para hablarte y decirte: “Amado pequeño, haz
conocer a todos tu Querer Divino, hazlo salir de dentro de tu pequeña Humanidad, a fin de que
tome su dominio y forme su reino en medio a las criaturas”. Pero mientras mi mente se perdía
junto a Jesús, y sería demasiado largo querer decirlo todo, mi sumo y único bien Jesús se ha
movido en mi interior, y todo bondad me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo y mi Mamá éramos como dos gemelos nacidos del mismo parto, porque no
teníamos más que una sola Voluntad que nos daba la vida, el Fiat Divino ponía en común
nuestros actos, de modo que el Hijo refleja en Ella, y la Mamá reflejaba en el Hijo, así que el
reino de la Voluntad Divina tenía su pleno vigor, su dominio perfecto en Nosotros, y mientras
huíamos a Egipto, llevábamos al Querer Divino como paseando por aquellas regiones y
sentíamos su gran dolor porque no reinaba en las criaturas, y mirando los siglos, sentíamos la
gran alegría de su reino que debía formar en medio de ellas y, oh, cómo nos llegaban agradables
sobre las alas de nuestro Fiat en el viento, en el sol, en el agua, bajo nuestros pasos, tus
repetidos estribillos: ‘Te amo, te amo, venga tu reino.’ Era nuestro eco que oíamos en ti, que
no queríamos otra cosa que la Voluntad Divina reinase y fuese la conquistadora de todos, por
eso, desde entonces amábamos a nuestra pequeña chiquita, que no quería y pedía sino lo que
queríamos Nosotros”.
(3) Después seguía pensando en todo lo que mi dulce Jesús había hecho estando sobre la
tierra, y Él ha agregado:
(4) “Hija mía, cuando vine a la tierra Yo miré todos los siglos pasados, presentes y futuros,
para recoger en mi Humanidad todo lo que de bien y de bueno pudiera ser hecho por todas las
generaciones, para poner el sello y la confirmación del bien, nada destruí de lo que era bueno,
más bien lo quise encerrar en Mí para darle Vida Divina, y agregando el bien que faltaba y que
Yo hice para completar todos los bienes de las criaturas humanas, sobre las alas de los siglos
me ponía con ellas para dar a cada una mi obrar completo, y recogí también todos los males
para consumirlos, y a fuerza de dolores y penas que quise sufrir, encendí la hoguera en mi
misma Humanidad, donde quemar todos los males, queriendo sentir cada una de las penas para
hacer renacer todos los bienes opuestos a los males, para hacer renacer a vida nueva las
generaciones humanas. Y así como Yo para formar todos los remedios posibles e imaginables
para todos los redimidos, para después disponerlos a recibir el gran bien de mi Voluntad reinante
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