transformaba su Vida en mí; cada acto de Jesús, cada palabra y cada mirada eran tantos
paraísos de más que formaba en su pequeña hija, y ahora recordándolos son heridas, dardos
puntiagudos, flechas encendidas de intenso dolor, de martirio y de muerte continua. Pero no
está aquí todo mi dolor; tal vez el dolerme habría servido de alivio, porque el dolor me habría
dicho claramente que mi amor hacia Aquél que yo amaba y que tanto me había amado formaba
mi dolor, pero ni siquiera esto me es concedido, porque mientras las heridas están por sangrar,
los dardos por herirme, las flechas por quemarme, la luz del Santo Querer Divino corre en ellas,
y eclipsando toda la fuerza de mi duro martirio hace correr la paz, la felicidad, el rocío benéfico
sobre mi pobre alma, así que no puedo tener ni siquiera el bien de dolerme por una pérdida tan
grande. ¡Oh! si me pudiese doler como antes, yo creo que mi sumo bien Jesús no tardaría tanto
en regresar, pero esto no está en mi poder, estoy en poder del Fiat Divino que no me deja ningún
vacío en mí, y quiere señorear aun sobre mi dolor de la privación de Jesús. Ahora, mientras
nadaba en los dos mares: Dolor de estar privada de Jesús, y en el mar de la Luz del Querer
Divino, que parecía que uno se fundía en el otro, seguía mi giro en Él y me he detenido en la
creación del hombre, y mi dulce Jesús moviéndose apenas en mi interior me ha dicho:
(2) “Hija mía, nuestra Divinidad al crear al hombre concentró todo en él; como si nada
hubiésemos hecho en todo el resto de la Creación, hicimos todo a un lado y nos ocupamos sólo
de él, nuestro Amor llegó al exceso, lo miramos, lo volvimos a mirar para ver si era bello, si
trasparentaba nuestra belleza en él, nuestro Ser Divino llovía como aguacero sobre de él, ¿y
sabes qué llovía? Santidad, luz, sabiduría, gracia, amor, belleza, fuerza, y mientras nos
descargábamos sobre él, nuestras miradas estaban fijas sobre el hombre para ver si todas
nuestras cualidades estaban concentradas en él, en modo que nada debía faltarle para amarlo
y para ser reamado, tanto, que su belleza nos raptaba, su amor nos investía, todas nuestras
cualidades puestas en él hacían eco en nuestro Ser Divino y nos ataban y nos llevaban a él.
Qué tiempo solemne, qué punto inolvidable, qué hoguera de amor fue la creación del hombre,
todas nuestras cualidades divinas desbordaron fuera y festejaron su creación, y para
cumplimiento de nuestra fiesta, alegría y felicidad, sacudidos por nuestro mismo amor, miramos
la máquina de todo el universo y le hicimos don de todo, constituyéndolo rey de todas las cosas
creadas, para poder decir a Nosotros y a él: ‘Rey dominante somos Nosotros, rey y dominante
es la obra de nuestras manos, el amado hijo dado a luz en el desahogo de nuestro Amor’. Habría
sido inconveniente y no decoroso para Nosotros hacer de nuestro hijo un siervo diferente de
Nosotros en la semejanza y en el dominio. ¿No sería tal vez desconveniente e indigno para un
rey hacer de su hijo un vil siervo, poniéndolo fuera de su morada, en un pobre tugurio? Este rey
merecería la censura de todos y se le tendría no como padre y rey, sino como tirano. Mucho
más nuestro parto que salía del fondo de nuestro Amor Divino, por eso queríamos el decoro y
la marca de la realeza en nuestra obra. Ahora, este nuestro amor fue roto por el hombre, y con
sustraerse de nuestra Voluntad Divina, él mismo se quitó la marca de la realeza y las divisas de
rey, pero por parte nuestra nada cambió y persistimos en nuestra Voluntad de hacer de la obra
de nuestras manos el hijo rey, no siervo, y por eso en toda la historia de la Creación regresamos
al asalto y al cumplimiento de nuestro Querer, y llamamos a una de esta estirpe y poniendo a
todos a un lado, como si ningún otro existiese, renovamos la solemnidad de la creación del
primer hombre. La hoguera de nuestro Amor forma olas altísimas y nos hace ver todo amor, y
poniendo a aquélla en estas olas, a pesar de que nuestra omnividencia ve todo, ponemos todo
a un lado y con ésta renovamos el gran prodigio del primer acto de la Creación. Esto lo hicimos
con la Soberana Reina, y no rompiendo Ella nuestro amor y conservando en Ella la Vida de
nuestro Querer, tiene el título y el derecho de Reina. ¡Oh! cómo se alegra nuestro Amor, hace
fiesta al ver en Ella la primera Reina de las obras de nuestras manos creadoras, pero nuestro
amor no contento con tener una sola Reina, no fue esta nuestra Voluntad en la Creación,
entonces nuestro amor desbordando fuertemente, y poniendo fuera sus olas contenidas, llama