3-27
Enero 8, 1900
Aun los errores serán útiles.
(1) Estaba pensando entre mí: “Quién sabe cuántos desatinos, cuántos errores contienen
estas cosas que escribo”. Entre tanto he sentido que perdía los sentidos, y ha venido el bendito
Jesús y me ha dicho:
(2) “Hija mía, aun los errores servirán, y esto para hacer conocer que no hay ningún artificio
por parte tuya, ni que tú seas algún doctor, porque si esto fuera, tú misma habrías advertido
donde te equivocabas, y esto también hará resplandecer de más que soy Yo quien te hablo, si
ven las cosas con sencillez; sin embargo te aseguro que no encontrarán ni la sombra del vicio,
ni cosa que no hable de virtud, porque mientras tú escribes, Yo mismo te estoy guiando la mano;
a lo más podrán encontrar algún error a primera vista, pero si lo observan bien, ahí encontrarán
la verdad”.
(3) Dicho esto ha desaparecido, pero después de algunas horas ha regresado y yo me sentía
toda titubeante y pensativa acerca de las palabras que me había dicho, y Él ha agregado:
(4) “Mi patrimonio es la firmeza y la estabilidad, no estoy sujeto a ningún cambio, y el alma,
por cuanto más se acerca a Mí y se adentra en el camino de las virtudes, tanto más se siente
firme y estable en el obrar el bien, y por cuanto más lejana está de Mí, tanto más estará sujeta
a cambiarse y a inclinarse ahora al bien y ahora al mal”.
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3-28
Enero 12, 1900
Diferencia entre el conocimiento de sí mismo y la humildad.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi amable Jesús ha venido en un estado que daba
compasión. Tenía las manos atadas fuertemente y el rostro cubierto de salivazos, y algunas
personas lo abofeteaban horriblemente, y Él permanecía quieto, plácido, sin hacer ni un
movimiento ni emitir un lamento, ni siquiera un movimiento de pestañas, para demostrar que Él
quería sufrir estos ultrajes, y esto no sólo externamente, sino también internamente. ¡Qué
espectáculo tan conmovedor, de hacer despedazar los corazones más duros! ¡Cuántas cosas
decía aquel rostro con los salivazos en él, ensuciado de fango! Yo me sentía horrorizar,
temblaba, me veía toda soberbia delante de Jesús. Mientras estaba en este aspecto, Él me ha
dicho:
(2) “Hija mía, sólo los pequeños se dejan manejar como se quiere, no aquellos que son
pequeños de razón humana, sino aquellos que son pequeños pero llenos de razón divina. Sólo
Yo puedo decir que soy humilde, porque en el hombre lo que se dice humildad, más bien se
debe decir conocimiento de sí mismo, y quien no se conoce a sí mismo camina ya en la
falsedad”.
(3) Durante algunos minutos Jesús hizo silencio y yo lo contemplaba. Mientras esto hacía he
visto una mano que traía una luz, que hurgando en mi interior, en los más íntimos escondites,
quería ver si había en mí el conocimiento de mí misma y el amor a las humillaciones, a las
confusiones y a los oprobios; aquella luz encontraba un vacío en mi interior, y yo también veía
que debía ser llenado con humillaciones y confusiones a ejemplo del bendito Jesús. ¡Oh, cuántas
cosas me hacía comprender aquella luz y aquel rostro santo que estaba frente a mí! Decía entre
mí: “Un Dios, humillado por amor mío, confundido, y yo, pecadora, sin estas divisas. Un Dios
estable, firme en soportar tantas injurias, tanto que no se mueve ni un poquito para liberarse de
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