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Enero 6, 1900
La confianza: Escalera para subir a la Divinidad.
(1) Esta mañana he recibido la comunión y me he encontrado con Jesús, estaba también la
Mamá Reina, y ¡oh! maravilla, veía a la Madre y veía el corazón de Ella transformado en Jesús
Niño, miraba al Hijo y veía en el corazón del Niño a la Madre. Mientras estaba en esto recordé
que hoy es la Epifanía, y yo, a ejemplo de los santos magos debía ofrecer alguna cosa al Niño
Jesús, pero veía que no tenía nada que darle. Entonces, viendo mi miseria, me ha venido el
pensamiento de ofrecerle por mirra mi cuerpo con todos los sufrimientos de los doce años que
he estado en cama dispuesta a sufrir y a estar todo el tiempo que Él quisiera4; por oro la pena
que siento cuando me priva de su presencia, que es la cosa más penosa y dolorosa para mí;
por incienso mis pobres oraciones unidas a las de la Reina Mamá, a fin de que fueran más
aceptables al Niño Jesús. Entonces hice el ofrecimiento con toda la confianza de que el Niño
aceptaría todo. Parecía que Jesús con mucho gusto aceptaba mis pobres ofrecimientos, pero lo
que más le gustaba era la confianza con la que se los había ofrecido. Entonces me ha dicho:
(2) “La confianza tiene dos brazos, con uno se abraza a mi Humanidad y se sirve de Ella como
escalera para subir a mi Divinidad, con el otro se abraza a la Divinidad y a torrentes toma las
gracias celestiales, así que el alma queda toda inundada por el Ser Divino. Cuando el alma
confía, está segura de obtener lo que pide, Yo me hago atar los brazos, la hago hacer lo que
quiere, la hago penetrar hasta dentro de mi corazón y por sí misma le hago tomar lo que me ha
pedido. Si no hiciera esto me sentiría en un estado de violencia”.
(3) Mientras esto decía, del pecho del Niño y del de la Madre salían tantos ríos de licor (pero
no sé decir propiamente cómo se llamaba eso que digo licor), que me inundaban el alma. Y la
Reina Madre ha desaparecido.
(4) Después de esto, junto con el Niño hemos salido fuera, en la bóveda de los cielos, su
gracioso rostro lo veía triste y he dicho entre mí: “Tal vez quiere leche y por eso está triste”.
Entonces le he dicho: “¿Quieres mamar de mí, porque la Reina Mamá no está?” Pero antes de
hacer esto he sentido temor de que fuera demonio, entonces para asegurarme lo he persignado
varias veces con la cruz y le he dicho: “¿Eres Tú realmente Jesús Nazareno, la Segunda
Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo de María Virgen Madre de Dios?” El Niño aseguraba
que sí. Entonces asegurada, lo he puesto a mamar de mí. El Niño parecía que se reanimaba
tomando un aspecto alegre, y yo veía que chupaba parte de aquellos ríos de los que Él mismo
me había inundado. Y mientras esto hacía me sentía jalar el corazón, porque parecía que de él
venía aquella leche que Jesús chupaba de mí. ¿Quién puede decir lo que pasaba entre el Niño
Jesús y yo? No tengo lengua para poderlo manifestar, no tengo palabras para poderlo describir.
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4 O sea que se puso en este estado en el año 1888, a la edad de 23 años.
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