3-24
Enero 3, 1900
La paz.
(1) Continúo viéndome toda llena de miserias, y no sólo eso, sino también inquieta. Me parece
que todo mi interior se ha puesto en armas por la pérdida de Jesús. Estaba pensando entre mí,
que mis grandes pecados me habían merecido el que mi adorable Jesús me hubiese dejado, y
por eso no lo vería más. ¡Oh, qué muerte cruel es este pensamiento para mí! Es más,
pensamiento más despiadado que cualquier muerte. ¡No ver más a Jesús! ¡No oír más la
suavidad de su voz! ¡Perder a Aquel del cual depende mi vida y del cual me viene todo bien!
¿Cómo poder vivir sin Él? ¡Ah, si pierdo a Jesús para mí todo ha terminado! Con estos
pensamientos sentía una agonía de muerte, todo mi interior trastornado porque quería a Jesús,
y Él, en un destello de luz se ha manifestado a mi alma diciéndome:
(2) “Paz, paz, no quieras turbarte. Así como una flor olorosísima perfuma el lugar donde se
pone, así la paz llena de Dios al alma que la posee”.
(3) Y como relámpago se ha ido. Ah Señor, cuán bueno eres con esta pecadora, y en
confianza te digo también: Cómo eres impertinente, pues nada menos debo perderte a Ti, y ni
siquiera quieres que me turbe o me inquiete, y si lo hago, me haces entender que yo misma me
alejo de Ti, porque con la paz me lleno de Dios y con turbarme me lleno de tentaciones
diabólicas. ¡Oh mi dulce Jesús, cuánta paciencia se necesita Contigo, porque cualquier cosa
que me suceda, ni siquiera puedo inquietarme, ni turbarme, sino que quieres que me esté en
perfecta calma y paz.
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3-25
Enero 5, 1900
Efectos del pecado y de la confesión.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me he sentido salir fuera de mí misma y he
encontrado a mi adorable Jesús, pero ¡oh, cómo me veía llena de pecados ante su presencia!
En mi interior sentía un fuerte deseo de confesarme con Nuestro Señor, por eso dirigiéndome a
Él he comenzado a decir mis culpas, y Jesús me escuchaba. Cuando terminé de hablar,
dirigiéndose a mí con un rostro lleno de tristeza me dijo:
(2) “Hija mía, el pecado, si es grave, es un abrazo venenoso y mortífero al alma, y no sólo a
ella, sino también a todas las virtudes que se encuentran en el alma; si es venial, es un abrazo
que hiere, que vuelve al alma muy débil y enferma, y junto con ella se enferman las virtudes que
había adquirido. ¡Qué arma mortal es el pecado! ¡Sólo el pecado puede herir y dar muerte al
alma! Ninguna otra cosa puede dañarla, ninguna otra cosa la vuelve ignominiosa, odiosa ante
Mí, sino sólo el pecado”.
(3) Mientras decía esto, yo comprendía la fealdad del pecado y sentía tal pena, que ni siquiera
sé explicarla. Y Jesús viéndome toda compenetrada, alzó su bendita mano derecha y pronunció
las palabras de la absolución. Después agregó:
(4) “Así como el pecado hiere y da muerte al alma, así el sacramento de la confesión da la
vida y la cura de las heridas, y restituye el vigor a las virtudes, y esto más o menos, según las
disposiciones del alma, así obra la virtud del sacramento”.
(5) Me pareció que mi alma recibía nueva vida, después de que Jesús me dio la absolución
no sentía más aquel fastidio de antes. Sea siempre glorificado el Señor y siempre le sean dadas
las gracias.
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