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Septiembre 4, 1927.
Cómo toda la Creación queda investida por
los actos hechos en la Divina Voluntad.
(1) Estaba siguiendo mi giro por toda la Creación, e investía cielo, sol, mar, en suma todas las
cosas creadas con mi te amo, te adoro, te bendigo, para dar gloria a mi Creador en toda la
Creación. Ahora mientras esto hacía, mi dulce Jesús se ha movido dentro de mí y me ha dicho:
(2) “Hija mía, escucha junto Conmigo todas la armonías de la Creación, escucha, el mar
murmura, pero en aquel murmullo se oye una nota más bella, el te amo, el te adoro, el te bendigo,
la gloria que la pequeña hija de mi Querer murmura junto con el mar, y haciendo murmurar todo
el mar hace decir a las aguas sus amorosos estribillos a su Creador. ¡Oh! cómo adquiere el mar
otras notas de armonía, de belleza, otros sonidos más bellos, porque mi pequeña hija emite su
voz en mi Divina Voluntad y vuelve al mar hablante y da la gloria del mar a su Creador. Escucha,
también el sol en su luz que llueve del cielo e inviste toda la tierra, llueve junto a tus notas
amorosas, tus agradables estribillos, ‘te amo, te glorifico, te bendigo, te adoro’, porque siendo
una la Voluntad Divina que reina en ti, así reina en el sol y ¡oh! cuan elocuente habla la luz,
cómo corre en el calor el amor a su Creador, cuántas nuevas armonías y notas no suyas
adquiere, porque está la pequeña hija del Supremo Querer que pone sus actos en Él, y haciendo
una su voluntad con toda la Creación, suministra su voz y sus actos a todas las cosas creadas;
escucha, la naturaleza del mar, del sol, no tienen virtud de hablar, y encontrar que quien vive en
mi Querer comunica su voz y sus actos a ellos es la cosa más sorprendente, es la gloria más
grande que puedes dar a tu Creador. Así que no hay cosa creada que no quede investida por
tus actos, y Yo me complazco de escuchar tus notas y tus repetidos estribillos en el cielo, en el
aire, en el viento, en el agua que llueve, en el pajarito que canta, en todo, y quiero que también
tú junto Conmigo escuches tus mismas armonías que formas en toda la Creación.
(3) Hija mía, el más pequeño movimiento, incluso el más pequeño respiro hecho en mi Divina
Voluntad, es todo de Dios, y siendo suyo, en él encuentra todo lo que es suyo: Encuentra la
Santidad Divina en el acto hecho en mi Fiat Divino, encuentra su luz, encuentra su bondad, su
amor, su potencia, en aquel acto no falta nada de lo que a Dios pertenece, por eso se pueden
llamar actos divinos, porque son los más bellos, los más santos y los más agradables, y ante
estos actos todos los otros actos, por cuan buenos sean, pierden su valor, su gusto y jamás me
pueden agradar. Sucede como a un Señor riquísimo que posee riquezas, jardines, haciendas,
con los frutos más bellos que ninguno los puede igualar. Ahora, este señor, sabiendo que
ninguno otro tiene los frutos y las cosas buenas como las suyas, si los hijos, los siervos le llevan
los frutos de sus jardines, él los agradece, los gusta con amor comiendo a saciedad, pero si le
llevan frutos de otras haciendas, él no los gustará porque verá pronto la gran diferencia, los
encontrará defectuosos, amargos y de dar disgusto, y se lamentará con los suyos de que han
osado llevarle cosas y frutos no suyos. Así nos sucede a Nosotros, todo lo que se hace en
nuestra Divina Voluntad son cosas nuestras, frutos de nuestras posesiones interminables, y
como cosas nuestras no encontramos nada que no sea digno de nuestra Divinidad y por eso
tomamos todos los gustos al recibirlos. En cambio, lo que viene hecho fuera de nuestro Divino
Querer es cosa a Nosotros extraña, falta el sello Divino, son sin plenitud de gustos, de luz, de
santidad, de dulzura. El querer humano aun a las cosas más buenas pone siempre la parte
amarga, que desagrada las cosas más bellas, y por eso viendo que no son cosas de nuestras
haciendas, frutos de nuestra Voluntad Divina, las ponemos aparte y muchas veces ni siquiera
las miramos. Por eso te recomiendo que nada te escape en que no entre en la luz de mi Fiat
Supremo, a fin de que todo sea cosa nuestra y sumamente agradable a Nosotros”.
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