está en tu poder, fuente de paciencia, de firmeza, de caridad, de oración’. Y sintiendo en sí la
fuente, se sentiría extender dentro y fuera de él el mar de la felicidad y de la paz, y la infelicidad
e intranquilidad no encontrarían más el camino para entrar en él. Otro es santo, pero ante
algunas circunstancias no siente en sí la fuente de la santidad, la luz que todo hace conocer,
todo lo señala, el camino, la felicidad; el conocimiento de Dios no es pleno, el heroísmo de las
virtudes vacilan en él, entonces, con toda su santidad no es feliz, ni pacífico, porque faltando el
total dominio de mi Fiat Divino, le falta la fuente de la luz que eclipsa el germen de todos los
males y lo sustituye por la fuente de la felicidad y de la paz. He aquí por qué hasta en tanto que
las criaturas no hagan reinar mi Divina Voluntad, en el mundo no se tendrá ni siquiera la idea, ni
conocimiento verdadero de lo que significa paz verdadera y plenitud de felicidad. Todas las
cosas, por cuan buenas y santas, no tendrán su plenitud, porque faltando el dominio y el reinar
de mi Supremo Querer, falta quién comunique la fuente de todas las felicidades, que siendo
fuente se puede tomar lo que se quiere y como se quiere. He aquí el por qué de mis premuras
para que mi Voluntad sea conocida y forme su reino en medio a las criaturas, porque quiero
verlas felices, pero con aquella felicidad con la que las saqué al crearlas y fueron puestas fuera
del seno de su Creador que posee todas las felicidades posibles e imaginables”.
(3) Después de esto seguía el santo Querer Divino y sintiéndome privada de mi dulce Jesús
deliraba, porque quería Aquél que haciéndome desvariar me hacía probar el más duro martirio,
tanto de no poder más. Y mi siempre amable Jesús, saliendo de dentro de mi interior me ha
dicho:
(4) “Hija mía, el martirio del alma es más grande, más noble, contiene un valor tan grande,
que comparado con el del cuerpo, ¡oh! cómo queda atrás, este es limitado, es pequeño de frente
al del alma. El alma es luz, el cuerpo es materia, y martirizándose el cuerpo, la sangre que vierte
no se extiende, no se difunde lejos, sino que baña sólo aquel pequeño espacio de tierra donde
se encuentra, por eso sus efectos son limitados y son a lugar, a tiempo y a persona. En cambio
el del alma es luz, y cuando esta luz viene exprimida, puesta bajo la prensa, la luz se difunde,
se eleva, se extiende siempre más. ¿Quién puede restringir y cercar la luz del sol? ¡Ninguno!
¿Quién puede impedir que sus rayos solares invistan toda la tierra y hagan sentir su calor a
todos? ¡Ninguno! No hay potencia contra la luz, no hay armas que puedan herirla y matarla,
todas las potencias juntas son impotentes contra la luz, quieran o no quieran están obligadas a
dejarla hacer su camino y hacerse investir. Y si alguno, enfermo de locura, pensara en
detenerla, la luz con una potencia toda suya y natural se reiría de él y vencedora le rociaría más
luz. Ahora, el alma es más que sol, y cuando sufre mi privación, conforme gira y queda exprimida
bajo el peso de ella, tantos rayos de más adquiere para extenderse y ensancharse de más. Y
como es pena de una Vida Divina, el alma haciendo la Divina Voluntad, en este martirio ofrece
el acto más bello y su luz se extiende tanto, que ninguno la puede alcanzar, porque entra en
medio a este martirio causado por la privación de tu Jesús, una Voluntad Divina. La materia no
entra de hecho en este martirio, sino que todo es luz: Luz es tu Jesús, luz es mi Voluntad, luz
es tu alma, que forman tal encanto de luz, que cielo y tierra quedan investidos y a todos llevan
el beneficio del calor y de la luz. Por eso el martirio del cuerpo es nada en comparación a éste”.
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