(2) “Hija mía, todas las cosas creadas tienen la unidad de mi Fiat Divino, Él, mientras está
dividido en tantos actos, pero estos actos están vinculados e inseparables entre ellos en la
unidad de la misma Voluntad Divina. Mira el sol, su luz es un acto distinto de las otras cosas
creadas, pero su luz vincula a todas, inviste la tierra y la vincula con su luz, y la tierra se vincula
con ella, bebe a grandes sorbos la fuente de la luz, recibe sus efectos, su calor, sus besos
ardientes y forma un acto solo con el sol; la luz inviste el aire y éste se hace inseparable de ella;
inviste el agua y el agua se arroja en la luz y se vinculan en su unidad; en suma, como una es
la Voluntad que las domina, todas las cosas creadas están tan vinculadas entre ellas que se
vuelven inseparables, y una no podría estar sin la otra. Ahora, el alma que vive en mi Fiat Divino
posee la unidad de Él, y por eso es inseparable de todos los actos que pone fuera la unidad de
mi Querer; la unidad de Él la vincula con Dios y me da la gloria del obrar divino, la vincula con
los ángeles y con los santos y me da la gloria angélica y de los santos, la vincula con toda la
Creación y me da la gloria del cielo, del sol, del mar, en suma, de todo donde mi Voluntad obra
ella queda inseparable y forma su unidad. Por eso sólo quien vive en mi Querer puede darme
el amor, la gloria de toda la Creación, de toda la Redención, no hay acto de Él del que el alma
quede separada. Las otras criaturas lo podrán decir en palabras, pero sólo quien vive en mi
Querer posee los hechos”.
(3) Después continuaba mi giro en el Querer Supremo, y como primero había ofrecido los
primeros actos de Adán cuando poseía la unidad con el Querer Supremo, para poderme también
yo unir a aquellos actos perfectos que hizo en el principio de la Creación, y después pasé a
unirme con el heroísmo de Abraham, pensaba entre mí: “¡Qué sabiduría Divina! De Adán se
dice sólo que fue el primer hombre creado por Dios, que pecó y arrojó a la familia humana en el
laberinto de todos los males, y después en tantos años que vivió no se dice nada más de él, ¿no
podía Nuestro Señor volver a hacerle alguna otra prueba y pedirle algún otro sacrificio para
probar su fidelidad? Y mientras Adán es puesto en el olvido, llama a Abraham, y poniéndolo a
prueba y encontrándolo fiel, lo pone a la vista, lo hace cabeza de las generaciones y se habla
de él con tanta gloria y honor”. Ahora, mientras esto pensaba, mi dulce Jesús se ha movido en
mi interior y me ha dicho:
(4) “Hija mía, son las disposiciones de mi Sabiduría infinita, y es mi costumbre que cuando
pido a la criatura un pequeño sacrificio por su bien, y ella ingrata me lo rechaza, no quiero más
fiarme de ella, interrumpo mis designios de elevarla a cosas grandes y la dejo como criatura
olvidada y que ninguno la señala ni por obras grandes, ni por heroísmo, ni para Dios, ni para sí,
ni para los pueblos. Además tú debes distinguir lo que quise de Adán, el pequeño sacrificio de
privarse de un fruto y no me fue concedido, ¿cómo podía fiarme de él y pedirle un sacrificio más
grande? En cambio a Abraham no le pedí un fruto por sacrificio, sino que primero le pedí que
fuera a tierra extraña donde no había nacido, y pronto me obedeció. Después quise fiarme más
de él, lo abundé de Gracia y le pedí el sacrificio de su único hijo, al que amaba más que a sí
mismo, y él pronto me lo sacrificó. En esto lo conocí, por medio de la prueba, que podía fiarme
de él, que podía todo a él confiar. Se puede decir que fue el primer reparador al cual venía
confiado el cetro del futuro Mesías y por eso lo elevé a cabeza de las generaciones con gran
honor de Dios, de sí mismo y de los pueblos.
(5) Así sucede en todas las criaturas. Es mi costumbre pedir pequeños sacrificios: El privarse
de un placer, de un deseo, de un pequeño interés, de una vanidad, el desapegarse de una cosa
que le parezca que no le pueda hacer daño. Estas pequeñas pruebas sirven como pequeños
apoyos para poner el gran capital de mi Gracia, para disponerlas a aceptar sacrificios mayores.
Y cuando el alma me es fiel en las pequeñas pruebas, entonces Yo la abundo en mi Gracia y
pido sacrificios mayores para poder abundar más en el dar, y en ella hago los portentos de
santidad. Cuántas santidades tienen principio por un pequeño sacrificio, y cuántas con haberme
rechazado un pequeño sacrificio, pareciendo a ellas que fuera cosa de nada, han permanecido
raquíticas en el bien, cretinas en el comprenderlo, débiles en caminar el camino que conduce al
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