rapidez encantadora te mueve y gira junto con todas las cosas creadas. Tus actos son
inagotables y todos pueden tomar el bien de ellos, porque parten de la fuente del Fiat Eterno.
¿Y te parece poco hacer un bien que siempre surge? Esta es la causa por la que en las criaturas
no se ven verdaderos y perfectos bienes, porque sus virtudes son interrumpidas y como pierden
el movimiento incesante de una virtud, cesa la vida del bien de ella, pierden el gusto, el vigor, la
fuerza, porque no poseyendo el movimiento incesante, no se forma la vida de la virtud en ellos,
ni aquel acto que siempre surge, sino una cosa superficial y pasajera, por consiguiente, ¿cómo
pueden dar el bien de aquellas virtudes a todos, si no poseen ellos la vida y la fuente de ellas,
que permiten que mientras dan a los demás, ellas jamás se agoten y nada pierdan? ¿Pierde tal
vez el sol con dar su luz a todos? No, ciertamente, porque posee la fuente de la luz y su
movimiento de dar luz es incesante. Por eso hija mía, en mi Divina Voluntad tus actos, tus
oraciones, el pedir su reino, deben tener el movimiento incesante para poder impetrar por todos
que el Fiat Divino sea conocido y amado por todos”.
(3) Después de esto seguía en mi interior a la Santísima y adorable Voluntad Divina y mi dulce
Jesús ha agregado:
(4) “Hija mía, los actos internos de un alma que hace la Voluntad de Dios están exentos de
cualquier mal y sombra de defecto. Sólo Dios es testigo de un acto interno y mientras ninguno
lo señala, ninguno lo mira, ninguno habla de él, Dios, como testigo del obrar de la criatura, donde
a ninguno le es dado penetrar, en el interior de la criatura lo señala, lo mira, y de él le habla a
todo el Cielo y muchas veces también a la tierra de los grandes portentos del obrar interno de
esta criatura. Ser señalado, observado y hacer hablar a Dios de una criatura, es el acto, el honor
más grande que ella puede recibir y no puede ser excluido de las obras grandes que Dios
cumplirá por medio de ella. Los actos internos son heridas, dardos, flechas al seno divino, son
mensajeros celestiales que salen de la criatura y vuelan a su Creador y llevan la marca de la
gloria, del amor y de agradar sólo a Aquél que la ha creado. En efecto, ¿quién ve, quién
escucha, quién aprecia todo lo que haces en tu interior? Ninguno, sólo Yo soy testigo, los
escucho y los aprecio. He aquí por qué en nuestras obras más grandes escogemos almas que
aparentemente nada tienen de grande y de maravilloso, almas internas que no están
corrompidas ni con miras humanas, ni de rumores, estrépitos, ni gloria ni estima propia que
llevan las obras externas. De hecho, en la Redención escogimos una Virgen simple, sin
esplendores externos, pero tenía su interior hablante, que tanto supo decir a solas a su Creador
que lo venció y obtuvo la Redención. Ahora, así hemos hecho para el reino del Fiat Divino,
hemos escogido otra alma toda interna, que tanto dirá, que rogará a Dios para que conceda el
reino deseado. Los actos externos aunque buenos y santos no pueden agradarme como los
actos internos, porque los externos están casi siempre impregnados del aire de la propia gloria,
de la estima humana y a veces de crítica, y un pobre corazón siente en sí los efectos del elogio,
o bien de la crítica después que ha hecho sacrificios, y lo humano sale en campo e inviste con
su aire tenebroso sus actos, y por eso no llegan puros como deberían ser. En cambio un acto
interno no es ni criticado, ni alabado y lo humano no tiene donde entrar, el alma misma no
sintiéndose observada por ninguno, le parece que no hace nada grande y por eso sus actos
están impregnados todos de aire celestial. Por eso sé atenta y haz que tu interior gire siempre
en mi Voluntad”.
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