(11) Y yo: “No, no mi dulce amor, las derramarás en mí, ¿no es verdad?” Y acercándome a
su boca ha vertido un licor amarguísimo, en tanta abundancia que yo no podía contenerlo, y le
pedía a Él mismo que me diera la fuerza para sostenerlo, de otra manera, lo que no había dejado
hacer a Nuestro Señor lo habría hecho yo, derramarlo sobre la tierra, y hacer esto me molestaba
mucho; sin embargo parece que me dio la fuerza, si bien eran tantos los sufrimientos que me
sentía desfallecer, pero Jesús tomándome entre sus brazos me sostenía y me decía:
(12) “Contigo hay que ceder por fuerza, te vuelves tan molesta que me siento casi con la
necesidad de contentarte”.
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3-16
Noviembre 30, 1899
Miembros enfermos y miembros sanos en el cuerpo místico de Jesús.
(1) Continúa viniendo mi adorable Jesús, y esta vez lo veía en el momento cuando estaba
atado a la columna; Él, desatándose se arrojaba en mis brazos para ser compadecido por mí.
Yo me lo he estrechado y he comenzado a arreglarle los cabellos, todos con coágulos de sangre,
a secarle los ojos y el rostro, y al mismo tiempo lo besaba y hacía diversos actos de reparación.
Cuando llegué a las manos y le quité la cadena, con suma maravilla vi que la cabeza era de
Nuestro Señor, pero los miembros eran de tantas otras personas, especialmente religiosas. ¡Oh!
cuántos miembros infectados que daban más tinieblas que luz; en el lado izquierdo estaban los
que daban más sufrimiento a Jesús, se veían miembros enfermos, llenos de llagas agusanadas
y profundas, otros que apenas quedaban unidos por un nervio a aquel cuerpo, oh, cómo se dolía
y vacilaba aquella cabeza divina sobre aquellos miembros. Al lado derecho se veían aquellos
que eran más buenos, esto es, miembros sanos, resplandecientes, cubiertos de flores y de rocío
celestial, perfumados con fragantes olores, y entre estos miembros se descubría alguno que
despedía un perfume apagado.
(2) Esta cabeza divina sobre estos miembros sufría mucho; es verdad que había miembros
resplandecientes, que casi se asemejaban a la luz de aquella cabeza, que la recreaban y le
daban grandísima gloria, pero eran en número más grande los miembros infectados. Jesús,
abriendo su dulcísima boca me dijo:
(3) “Hija mía, ¡cuántos dolores me dan estos miembros! Este cuerpo que tú ves es el cuerpo
místico de mi Iglesia, del cual me glorío de ser su cabeza, ¡pero qué cruel desgarro hacen estos
miembros en este cuerpo! Parece que se azuzan entre ellos para ver quien puede darme más
tormento”.
(4) Ha dicho otras cosas que no recuerdo bien sobre este cuerpo, por eso pongo punto.
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3-17
Diciembre 2, 1899
Elocuente elogio de la cruz.
(1) Encontrándome muy afligida por ciertas cosas que no es lícito decir aquí, el amable Jesús,
queriéndome aliviar en mi aflicción ha venido con un aspecto todo nuevo, me parecía vestido de
color celeste, todo adornado de campanitas pequeñas de oro, que golpeándose entre ellas
resonaban con un sonido jamás oído. Ante el aspecto de Jesús y el armonioso sonido me he
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