sentido encantar y aliviar en mi aflicción, que como humo se alejaba de mí. Yo habría
permanecido allí, en silencio, tanto me sentía encantar las potencias de mi alma, si el bendito
Jesús no hubiese roto mi silencio al decirme:
(2) “Amada hija mía, todas estas campanitas son tantas voces que te hablan de mi amor y
que te llaman a amarme. Ahora, déjame ver cuántas campanitas tienes tú, que me hablen de tu
amor y que me llamen a amarte”.
(3) Y yo, toda llena de vergüenza le dije: “¡Ah Señor! ¿Qué dices? Yo no tengo nada, no tengo
otra cosa que defectos”.
(4) Entonces Jesús compadeciendo mi miseria, continuó diciéndome:
(5) “Tú no tienes nada, es verdad, pues bien, quiero adornarte Yo con mis mismas campanitas,
a fin de que puedas tener tantas voces para llamarme y para demostrarme tu amor”.
(6) Así parecía que como una faja adornada de estas campanitas me ceñía la cintura. Después
de esto, he quedado en silencio y Él ha agregado:
(7) “Hoy quiero entretenerme contigo, dime alguna cosa”.
(8) Y yo: “Tú sabes que todo mi contento es estar junto Contigo, y teniéndote a Ti lo tengo
todo, por eso poseyéndote a Ti, me parece que no tengo otra cosa que desear, ni que decir”.
(9) Y Jesús: “Hazme oír tu voz que recrea mi oído, conversemos un poco juntos, Yo te he
hablado tantas veces de la cruz, hoy déjame oírte hablar a ti de la cruz”.
(10) Yo me sentía toda confundida, no sabía que decir, pero Él me ha mandado un rayo de
luz intelectual, y para contentarlo he comenzado a decir: “Amado mío, ¿quién te puede decir qué
cosa es la cruz?, sólo tu boca puede hablar dignamente de la sublimidad de la cruz, pero ya que
quieres que hable yo, está bien, lo hago: La cruz sufrida por Ti me liberó de la esclavitud del
demonio y me desposó con la Divinidad con nudo indisoluble; la cruz es fecunda y me pare la
gracia; la cruz es luz y me desengaña de lo temporal, y me descubre lo eterno; la cruz es fuego,
y todo lo que no es de Dios lo vuelve cenizas, hasta vaciarme el corazón del más mínimo hilo
de hierba que pueda estar en él; la cruz es moneda de inestimable precio, y si yo tengo, Esposo
Santo, la fortuna de poseerla, me enriqueceré de monedas eternas, hasta volverme la más rica
del paraíso, porque la moneda que corre en el Cielo es la cruz sufrida en la tierra; la cruz me
hace conocerme más a mí misma, y no sólo eso, sino me da el conocimiento de Dios; la cruz
me injerta todas las virtudes; la cruz es la noble cátedra de la Sabiduría increada, que me enseña
las doctrinas más altas, sutiles y sublimes; así que sólo la cruz me develará los misterios más
escondidos, las cosas más recónditas, la perfección más perfecta escondida a los más doctos
y sabios del mundo. La cruz es como agua benéfica que me purifica, no sólo eso, sino que me
suministra el nutrimento a las virtudes, me las hace crecer y sólo me deja cuando me conduce
a la vida eterna. La cruz es como rocío celeste que me conserva y me embellece el bello lirio de
la pureza; la cruz es el alimento de la esperanza; la cruz es la antorcha de la fe obrante; la cruz
es aquel leño sólido que conserva y mantiene siempre encendido el fuego de la caridad; la cruz
es aquel leño seco que hace desvanecer y poner en fuga todos los humos de soberbia y de
vanagloria, y produce en el alma la humilde violeta de la humildad; la cruz es el arma más potente
que hiere a los demonios y me defiende de sus garras. Así que el alma que posee la cruz, es de
envidia y admiración a los mismos ángeles y santos; de rabia y desdén a los demonios. La cruz
es mi paraíso en la tierra, de modo que si el paraíso de allá, de los bienaventurados, son los
gozos; el paraíso de acá son los sufrimientos. La cruz es la cadena de oro purísimo que me une
Contigo, mi sumo Bien, y forma la unión más íntima que se pueda dar, hasta hacer desaparecer
mi ser y me transforma en Ti, mi objeto amado, tanto de sentirme perdida en Ti y vivo de tu
misma vida”.
(11) Después que dije esto, (no sé si son desatinos) mi amable Jesús al oírme, todo se
complacía y llevado por un entusiasmo de amor, toda me besaba y me ha dicho:
(12) “Bravo, bravo a mi amada hija, has dicho bien. Mi amor es fuego, pero no como el fuego
terreno que dondequiera que penetra todo lo vuelve estéril y reduce todo a cenizas. Mi fuego es