el calor unido a ella, no se puede separar la luz del calor, así que si quieres ser luz debes amar
sólo a tu Creador, y esto te llevará como sol la fecundidad del bien. El cielo te da lección de mi
Patria Celestial, te llama continuamente a tu Creador, te da lección de desapego de lo que es
tierra, de la altura de santidad a la cual debes llegar, te da lección de que debes adornarte más
que estrellas de todas las virtudes divinas. Así que cada cosa da lección y llama al hombre a
reflejarse en ellas para copiarlas e imitarlas; no he puesto fuera mis ornamentos sólo para
hacerlos ver, sino para que imitándolos pudiese adornarse la criatura, sin embargo, ¿quién pone
atención para escuchar tantas lecciones? Casi ninguno”.
(3) Y todo afligido ha hecho silencio. Entonces yo he seguido al Supremo Querer en el acto
cuando estaba el Ser Divino por crear al hombre, a fin de que pudiese también yo junto con mi
primer padre Adán, amarlo con aquel amor con el que él lo amó en el primer instante cuando
fue creado, quería recibir aquel aliento divino, aquel desahogo de amor para darlo nuevamente
a mi Creador. Pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús complaciéndose todo me ha dicho:
(4) “Hija mía, para quien vive en mi Voluntad no hay acto nuestro que no pueda estar presente,
ni acto nuestro que hayamos puesto fuera de Nosotros que no pueda recibir, he aquí para ti mi
aliento y nuestro desahogo de amor. Cómo fue grande nuestra complacencia en este primer
acto de la creación del hombre; habíamos creado cielo y tierra, pero nada de nuevo sentimos
en Nosotros, pero al crear al hombre fue muy diferente, era una voluntad que era creada, y
voluntad libre, y en ella encerramos la nuestra, poniéndola como en un banco para recibir los
intereses de nuestro amor, de la gloria, de nuestra adoración que a Nosotros convenía. ¡Oh!
cómo rebosaba en Nosotros el amor, cómo se estremecía de alegría al verterse en esta libre
voluntad para oírse decir, ‘te amo’, y cuando el hombre lleno de nuestro amor hizo salir de su
pecho la primera palabra, ‘te amo’, grandísima fue nuestra complacencia, porque fue como si
nos diera los intereses de todos los bienes que habíamos puesto en él. Esta voluntad libre,
creada por Nosotros, era la depositaria del capital de una Voluntad Divina, y nos contentábamos
con un modesto interés, sin pretender más el capital. Por eso fue grande el dolor de la caída
del hombre, porque nos rechazó el capital para no darnos el modesto interés, y su banco quedó
vacío, y su enemigo haciendo alianza con él, lo llenó de pasiones y de miserias, pobrecito, quedó
fallido. Ahora hija mía, como el acto de la creación del hombre fue un acto solemne y de gran
complacencia nuestra, te llamamos y te queremos a ti en este acto, para repetir la solemnidad
del acto, poniendo en tu voluntad el gran capital de la nuestra y mientras esto hacemos, nuestro
amor redunda y se estremece de alegría y de gran complacencia, porque vemos realizada
nuestra finalidad. Ciertamente tú no nos negarás el modesto interés, no rechazarás nuestro
capital, ¿no es verdad? Más bien cada día haremos cuentas, te haré presentarte en aquél primer
acto cuando creamos esta libre voluntad, tú para darme el interés y Yo para ver si puedo agregar
algo más a mi capital”.
(5) Mi mente se perdía en el Fiat Divino y pensaba entre mí: “¡Oh! cómo quisiera recibir aquel
acto primero de la creación, aquel desahogo divino de intenso amor que vertió sobre la primera
criatura cuando la creó, quisiera recibir aquel aliento omnipotente para poder dar nuevamente a
mi Creador todo el amor y toda aquella gloria que había establecido recibir de la criatura”. Pero
mientras esto pensaba, mi dulce Jesús estrechándome a Sí me ha dicho:
(6) “Hija mía, es precisamente esta mi finalidad de venir tan frecuentemente a ti, tanto, que a
alguno le podrá parecer extraño y casi fuera de mi costumbre, porque el ir tan frecuentemente
casi no lo he hecho con ninguno. Todo esto es para reordenar mi acto primero del modo como
creé a la criatura, y por eso vuelvo a ti, me entretengo como el más amantísimo padre con su
hija, ¿cuántas veces no te he infundido mi aliento hasta no poder contener mi soplo
omnipotente? He derramado en ti mi amor contenido hasta llenarte hasta el borde de tu alma,
todo esto no era otra cosa que la renovación del acto solemne de la Creación, quería sentir
aquella gran complacencia de cuando creé al hombre, y por eso vengo a ti, no sólo para
renovarlo sino para reordenar el orden, la armonía, el amor entre Creador y criatura en el modo
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