3-13
Noviembre 26, 1899
Complacencia de la Santísima Trinidad ante el sufrir de Luisa.
(1) Encontrándome en medio de grandes sufrimientos, mi amable Jesús ha venido y me ha
puesto el brazo por detrás del cuello, en acto de sostenerme. Ahora, estando cerca de Él empecé
a hacer mis habituales adoraciones a todos sus santos miembros, empezando por su
sacratísima cabeza. En el momento que esto hacía me ha dicho:
(2) “Amada mía, tengo sed, quítame la sed con tu amor, que no resisto más”.
(3) Y tomando aspecto de niño se puso entre mis brazos y se puso a mamar, parecía que
sentía un gusto grandísimo y quedaba todo reconfortado y calmaba su sed. Después de esto,
queriendo como jugar conmigo, con una lanza que tenía en la mano me traspasaba el corazón
de lado a lado. Yo sentía un dolor acerbísimo, pero ¡oh! cómo estaba contenta de sufrir,
especialmente porque eran las mismas manos de mi solo y único Bien las que me daban el
sufrir, y lo incitaba a desgarrarme mayormente, tanto era el gusto y la dulzura que yo sentía. Y
Jesús bendito, para contentarme más me ha arrancado el corazón, tomándolo entre sus manos,
y con esa misma lanza lo abrió por la mitad y encontró una cruz resplandeciente y blanquísima,
la ha tomado entre sus manos complaciéndose grandemente y me ha dicho:
(4) “Esta cruz la produjo el amor y la pureza con que sufres, me complazco tanto en el modo
con el que tú sufres, que no sólo Yo, sino que llamo al Padre y al Espíritu Santo a complacerse
Conmigo”.
(5) En un instante miré y vi Tres Personas que circundándome se deleitaban en mirar esta
cruz, pero yo, lamentándome con Ellos dije:
(6) “Gran Dios, demasiado poco es mi sufrir, no estoy contenta sólo con la cruz, sino que
quiero también las espinas y los clavos, y si yo no lo merezco, porque soy indigna y pecadora,
Vosotros, ciertamente podéis darme las disposiciones para merecerlo”.
(7) Y Jesús enviándome un rayo de luz intelectual me hizo comprender que quería que hiciera
la confesión de mis culpas. Me sentí aterrar ante las Tres Divinas Personas, pero la Humanidad
de Nuestro Señor me inspiraba confianza, así que dirigiéndome a Él dije el “yo pecador”, y
después empecé a hacer la confesión de mis culpas. Ahora, mientras me encontraba toda
inmersa en mi miseria, una voz ha salido de en medio de Ellos que decía:
(8) “Te perdonamos, y tú, no peques más”.
(9) Yo esperaba recibir la absolución de Nuestro Señor, pero en ese momento desapareció.
(10) Poco después volvió crucificado y me participó los dolores de la cruz.
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3-14
Noviembre 27, 1899
La gracia hace feliz al alma.
(1) Esta mañana mi amado Jesús no venía, pero después de mucho esperar, en cuanto lo he
visto me lamenté con Él por su tardanza, diciéndole: “Señor bendito, ¿cómo es que tardas tanto,
tal vez te has olvidado que no puedo estar sin Ti? ¿O acaso perdí tu gracia y por eso no vienes?”
Y Él interrumpiendo mis lamentos me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿sabes tú qué cosa hace mi gracia? Mi gracia hace feliz el alma de los
bienaventurados comprensores, y vuelve feliz el alma de los viadores, con esta sola diferencia,
que los comprensores gozándose y deleitándose, y los viadores trabajando y poniéndola en
comercio. Así que quien posee la gracia tiene en sí misma el paraíso, porque la gracia no es