buscado destruirlo en su corazón, y levantando un altar en él, se pone encima y se adora a sí
mismo”.
(3) ¡Oh! Dios, qué monstruo abominable es este vicio, a mí me parece que si el alma está
atenta a no dejarlo entrar en ella, estará libre de todos los otros vicios, pero si por su desventura
se deja dominar por él, como es madre monstruosa y mala, le parirá todos sus hijos díscolos,
los cuales son los demás pecados. ¡Ah Señor, tenla lejos de mí!
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3-11
Noviembre 21, 1899
Jesús quiere deleitarse mirándose en Luisa,
y ella es auxiliada por la Santísima Virgen.
(1) Esta mañana mi amadísimo Jesús, apenas ha venido me ha dicho:
(2) “Hija mía, todo tu deleite debe ser el contemplarte en Mí, y si esto lo haces siempre,
tomarás en ti todas mis cualidades, mi fisonomía, mis mismos lineamientos, y Yo en
correspondencia encontraré todo mi gusto y sumo contento en deleitarme mirándome en ti”.
(3) Dicho esto ha desaparecido, y yo estaba rumiando en mi mente esas palabras, cuando de
improviso ha regresado, me ha puesto su santa mano en la cabeza y volviendo mi cara hacia Él
agregó:
(4) “Hoy quiero deleitarme un poco mirándome en ti”.
(5) Un estremecimiento me corrió por todo el cuerpo, un espanto de sentirme morir porque
veía que me miraba fijo, fijo, queriéndose deleitar en mis pensamientos, miradas, palabras y en
todo lo demás, con el contemplarse en mí. ¡Oh Dios! ¿Soy causa de deleitarte o de amargarte?
Iba repitiendo en mi interior. Mientras estaba en esto ha venido nuestra amada Mamá Reina en
mi ayuda, trayendo una vestidura blanquísima entre las manos, y toda amabilidad me dijo:
(6) “Hija, no temas, quiero suplir Yo misma por ti vistiéndote con mi inocencia, para que así
mi Hijo al contemplarse en ti pueda encontrar el mayor deleite que se pueda encontrar en una
criatura humana”.
(7) Entonces me vistió con esa vestidura y me presentó a mi amado Bien Jesús diciéndole:
(8) “Amado Hijo, acéptala por consideración a Mí y deléitate en ella”.
(9) Así se me quitó todo temor y Jesús se ha deleitado en mí y yo en Él.
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3-12
Noviembre 24, 1899
Luisa quiere recibir las amarguras de Jesús.
(1) Esta mañana mi dulce Jesús ha venido y me ha transportado fuera de mí misma. Ahora,
como lo he visto todo lleno de amargura, le pedí y volví a pedirle que la derramara en mí, pero
por cuanto le rogué no he logrado obtener que vertiera en mí sus amarguras, y conforme me
acercaba a su boca para recibirlas salía un aliento amargo. Mientras hacía esto veía a un
sacerdote que moría, pero no supe bien quién era, y como tenía la intención de rezar por un
sacerdote enfermo, no reconociéndolo me confundí si era él o algún otro. Entonces he dicho a
Jesús: “Señor, ¿qué haces? ¿No ves cuánta escasez de sacerdotes hay en Corato, y quieres
quitarnos otros?” Jesús no poniéndome atención y amenazando con la mano decía:
(2) “Los destruiré de más”.
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