ofrecer como adoradora perpetua de esta Voluntad sin adoradores y sin correspondencia de
amor por parte de las criaturas”.
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21-3
Marzo 3, 1927
Donde reina el Divino Querer llama a Dios junto con su obrar. El
ofrecimiento a Dios de las propias acciones las purifica y las desinfecta.
(1) Estaba ofreciendo mis pequeños actos como homenaje de adoración y de amor al
Supremo Querer, y pensaba entre mí: “¿Pero será cierto que lo que hace el alma que hace la
Divina Voluntad, lo hace el mismo Dios? ¿Qué gloria puede recibir si habiéndole ofrecido yo mi
pequeño trabajo y todo lo que puedo hacer, lo venga a hacer junto conmigo?” Y mi dulce Jesús
moviéndose en mi interior me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿no me sientes en ti que estoy siguiendo tus actos? Porque donde reina mi
Voluntad, todas las cosas, aun las más pequeñas y naturales se convierten en deleite para Mí y
para la criatura, porque son efecto de una Voluntad Divina reinante en ella, que no sabe hacer
salir de Sí ni siquiera la sombra de alguna infelicidad. Es más, tú debes saber que en la Creación
nuestro Fiat Supremo estableció todos los actos humanos, invistiéndolos de deleite, de alegría
y de felicidad, así que el mismo trabajo no debía provocar ningún peso al hombre, ni causarle la
mínima sombra de cansancio, porque poseyendo mi Querer poseía la fuerza que jamás se cansa
ni disminuye. Mira, también las cosas creadas son símbolo de esto, ¿se cansa tal vez el sol de
dar siempre su luz? Ciertamente que no; ¿se cansa el mar de murmurar continuamente, de
formar sus olas, de nutrir y multiplicar sus peces? Ciertamente que no; ¿se cansa el cielo de
estar siempre extendido, la tierra de florecer? No. ¿Pero por qué no se cansan? Porque está
dentro de ellos la potencia del Fiat Divino, que tiene la fuerza que no se agota jamás. Entonces
todos los actos humanos entran en el orden de todas las cosas creadas y todos reciben la marca
de la felicidad: El trabajo, el alimento, el sueño, la palabra, la mirada, el paso, todo. Ahora,
hasta en tanto que el hombre se mantiene en nuestro Querer, se mantiene santo y sano, lleno
de vigor y de energía incansable, capaz de gustar la felicidad de sus actos y de hacer feliz a
Aquél que le daba tanta felicidad; pero en cuanto se sustrajo cayó enfermo y perdió la felicidad,
la fuerza incansable, la capacidad y el gusto de gustar la felicidad de sus actos que el Divino
Querer con tanto amor había investido. Esto sucede también entre quien está sano y entre
quien está enfermo: El primero saborea el alimento, trabaja con más energía, toma placer en
divertirse, en pasear, en platicar; el enfermo se disgusta del alimento, no siente fuerza para
trabajar, se aburre de las diversiones, le fastidian las pláticas, todo le hace mal; la enfermedad
ha cambiado su naturaleza, sus actos en dolores. Ahora supón que el enfermo volviera al vigor
de su salud, se restablecería en las fuerzas, en el gusto, en todo. Así que la causa de su
enfermedad ha sido el salir de mi Voluntad; el regresar y hacerla reinar será causa de que
regrese el orden de la felicidad en los actos humanos, y hacer que mi Voluntad tome su actitud
en los actos de la criatura. Y en cuanto ofrece su trabajo, el alimento que toma, y todo lo que
hace, desde dentro de aquellos actos humanos brota la felicidad puesta por mi Querer en esos
actos y sube a su Creador para darle la gloria de su felicidad. He aquí por qué donde reina mi
Voluntad, no sólo me llama junto con Ella a obrar, sino que me da el honor, la gloria de aquella
felicidad con la cual investimos los actos humanos, y aunque la criatura no poseyese toda la
plenitud de la unidad de la luz de mi Voluntad, con tal de que ofrezca todos sus actos a su
Creador como homenaje y adoración, como la enferma es ella, no Dios, Dios recibe la gloria de
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