+ + + +
3-7
Noviembre 12, 1899
Luisa evita algunos castigos.
(1) Esta mañana, el amable Jesús ha venido y me ha transportado fuera de mí misma, y veía
como si debiera moverse del cielo una cosa y tocar la tierra. He quedado tan espantada que he
gritado y le he dicho: “Ah Señor, ¿qué haces? Cuánta ruina habrá si esto sucede. Me dices que
me amas mucho y me quieres asustar, ¿lo has visto, no? No lo hagas, no, no, no puedes hacerlo,
porque yo no quiero”. Y Jesús, compadeciéndome me ha dicho:
(2) “Hija mía, no tengas temor. Además, ¿cuándo quieres tú que Yo haga algo? No debo
dejarte ver nada cuando castigo a las gentes, de otra manera me atas por todas partes. Y bien,
fortificaré tu corazón con fuerza, y haré surgir de él como un tronco para poder mantener firme
lo que tú ves, y después derramaré en ti tantas gracias, de modo de poderme nutrir Yo y mis
hijos”.
(3) Mientras estaba en esto ha salido de dentro de mi corazón como un tronco, y en la cima
como dos ramas en forma de horqueta, que elevándose en el aire tomaba por la mitad lo que
estaba por moverse, y así quedaba detenida; sólo en un punto lejano parecía que tocaba la
tierra. Después me he encontrado en mí misma y le he rogado que se aplacara, y parecía que
se rendía, tanto que me ha participado los dolores de la cruz, y ha desaparecido.
+ + + +
3-8
Noviembre 13, 1899
Jesús sufre al ver sufrir a las criaturas. Luisa se ofrece para consolarlo.
(1) Esta mañana mi adorable Jesús parecía inquieto, no hacía otra cosa que ir y venir, ahora
se entretenía conmigo, ahora casi atraído por su ardiente amor hacia las criaturas iba a ver lo
que hacían, y todo se condolía por lo que sufrían, como si Él mismo y no ellas estuviera
sufriendo. Muchas veces he visto al confesor, que con su potestad sacerdotal obligaba a Jesús
a hacerme sufrir sus penas para poder aplacarlo, y Él, mientras parecía que no quería ser
aplacado, después se mostraba contento y agradecía de corazón a quien se ocupaba en
sostener su brazo indignado, y ahora me participaba un sufrimiento y ahora otro. ¡Oh, cómo era
tierno y conmovedor verlo en este estado! Hacía destrozar el corazón de compasión. Muchas
veces me ha dicho:
(2) “Confórmate a mi Justicia, que no puedo más. ¡Ah! el hombre es demasiado ingrato y casi
me obliga por todas partes a castigarlo, me arranca él mismo de mis manos los castigos. ¡Si tú
supieras cuánto sufro al hacer uso de mi justicia, pero es el hombre mismo el que me hace
violencia! ¡Ah! si no hubiera hecho otra cosa que comprar a precio de sangre su libertad, aun
así debería ser agradecido Conmigo; pero el hombre, para hacerme mayor agravio va
inventando nuevos modos para hacer inútil mi desembolso”.
(3) Y mientras esto decía lloraba amargamente, y yo para consolarlo le he dicho: “Dulce Bien
mío, no te aflijas, veo que tu aflicción es mayor porque te sientes obligado a castigar a las gentes.
¡Ah no, no sea jamás! Si Tú eres todo para mí, yo quiero ser toda para Ti, así que sobre mí
manda los flagelos, aquí está la víctima siempre dispuesta y a tu disposición, puedes hacerme
sufrir lo que quieras y así quedará tu justicia en algún modo aplacada, y Tú aliviado de la aflicción