obtenerles un bien tan grande, cómo deben comportarse, qué deben hacer para poder tener
libre entrada a vivir en él. Por eso es necesario que se haga conocer todo, para hacer que mi
Reino esté todo completo, para hacer que nada falte, tanto las cosas más grandes cuanto las
más pequeñas, por eso ciertas cosas que a ti te parecen pequeñas, podrán ser una piedra divina
transformada en oro purísimo que formará parte de los fundamentos del Reino de mi Suprema
Voluntad”.
(7) Después de esto pensaba entre mí: “Mi dulce Jesús exalta tanto la felicidad del Reino del
Fiat Supremo, sin embargo Él mismo, que era la misma Voluntad Divina, mi Madre Celestial que
la poseía íntegra, no fueron felices sobre la tierra, más bien fueron los que más sufrieron en la
tierra; también de mí misma, que dice que soy la hija primogénita de su Voluntad, me ha tenido
cuarenta y tres y más años confinada dentro de una cama, y sólo Jesús sabe lo que he sufrido,
es verdad que he sido prisionera feliz y no cambiaría mi feliz suerte aunque me ofrecieran cetros
y coronas, porque lo que me ha dado Jesús me ha vuelto más que feliz, pero aparentemente al
ojo humano desaparece esta felicidad, por lo tanto parece que choca esta felicidad dicha por
Jesús si se piensa en sus penas y en aquellas de la Soberana Reina y en mi estado, última de
sus criaturas”. Pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús sorprendiéndome me ha dicho:
(8) “Hija mía, hay diferencia grandísima entre quien debe formar un bien, un reino, y quien
debe recibirlo para gozarlo. Yo vine a la tierra para expiar, para redimir, para salvar al hombre,
para hacer esto me tocaban las penas de las criaturas, tomarlas sobre Mí como si fuesen mías;
mi Mamá Divina que debía ser corredentora no debía ser desemejante de Mí, es más, las cinco
gotas de sangre que me dio de su corazón purísimo para formar mi pequeña Humanidad,
salieron de su corazón crucificado; para Nosotros las penas eran oficios que venimos a cumplir,
por eso todas eran penas voluntarias, no imposición de la frágil naturaleza. Pero tú debes saber
que a pesar de tantas penas nuestras que teníamos para desempeñar nuestro oficio, era
inseparable de Mí y de mi Mamá Reina la suma felicidad, alegrías que jamás terminaban y
siempre nuevas, paraíso continuado, para Nosotros era más fácil separarnos de las penas
porque no eran cosas nuestras, intrínsecas, cosas de naturaleza, sino cosas de oficio, que
separarnos del océano de las inmensas felicidades y alegrías que producía en Nosotros, como
cosas nuestras e intrínsecas, la naturaleza de nuestra Voluntad Divina que poseíamos. Así
como la naturaleza del sol es dar luz, la del agua quitar la sed, la del fuego calentar y convertir
todo en fuego, y si esto no hicieran perderían su naturaleza, así es naturaleza en mi Voluntad,
que donde Ella reina hacer surgir la felicidad, la alegría, el paraíso; Voluntad de Dios e infelicidad
no existe, ni puede existir, o bien no existe toda su plenitud y por eso los ríos de la voluntad
humana forman las amarguras a las pobres criaturas. Para Nosotros, que la voluntad humana
no tenía ninguna entrada en Nosotros, la felicidad estaba siempre en su colmo, los mares de las
alegrías eran inseparables de Nosotros, hasta sobre la cruz, y mi Mamá crucificada a mis pies
divinos, la perfecta felicidad jamás se separó de Nosotros, y si esto pudiese suceder habría
debido salir de la Voluntad Divina y separarme de la Naturaleza Divina y obrar sólo con la
voluntad y naturaleza humana, por eso nuestras penas fueron todas voluntarias, elegidas por
Nosotros mismos para el oficio que venimos a cumplir, no frutos de naturaleza humana, de
fragilidad o de imposición de naturaleza degradada. Y además, ¿no recuerdas que también tus
penas son penas de oficio, penas voluntarias? Porque cuando te llamé al estado de víctima Yo
te pregunté si voluntariamente tú aceptabas, y tú con toda voluntad aceptaste y pronunciaste el
Fiat. Pasó tiempo y te repetí mi estribillo, si aceptabas vivir en la mía y con mi Voluntad Divina,
y tú repetiste el Fiat, que regenerándote a nueva vida te constituía hija suya, para darte el oficio
y las penas que a él convienen, para el cumplimiento del Reino del Fiat Supremo. Hija mía, las
penas voluntarias tienen tal potencia ante la Divinidad, que tienen la fuerza, el imperio de abrir
el seno del Padre Celestial, y de esta abertura que forma en Dios, hace desbordar los mares de
gracias que forma el triunfo de la Majestad Suprema y el triunfo de la criatura que posee este
imperio de sus penas voluntarias. Por eso, tanto para el gran portento de la Redención, cuanto