tomado algunas cucharadas de caldo y me lo sentía en la garganta sin que pudiera bajar al
estómago; le he dicho a Jesús que me hiciera obedecer, y Jesús todo bondad me ha pasado su
santa mano de la garganta al estómago, haciéndolo bajar al estómago para hacérmelo digerir,
de modo que no lo he devuelto como tengo costumbre de hacer todos los días, que lo que tomo
devuelvo. Bondad infinita de Jesús para mí que soy la más pequeña y pobre criatura. Después
de esto he quedado afligida porque creía que me llevarían con Ellos, pero no habiéndome
llevado me sentía triste, y Jesús para consolarme se puso frente a mi pecho y soplándome salía
de su aliento una luz que me servía no sólo al alma, sino también para recomponerme todo el
cuerpo, conforme cesaba el aliento así mi cuerpo se descomponía, y Jesús para consolarme me
ha dicho:
(4) “Hija mía, ánimo, ¿no ves que el solo aliento y luz de mi Querer te recompone aun el
cuerpo? Así que si Yo ceso mi aliento, tu cuerpo se descompondrá y tú enseguida tomarás el
camino para nuestra Patria Celestial”.
(5) Y yo: “Amor mío, yo no sirvo para nada, ni soy buena para hacer nada, ¿no sería mejor
deshacerte de mí mandándome a la Celestial Jerusalén?” Y Jesús todo bondad ha agregado:
(6) “Hija mía, a Mí todo me sirve, aun las pequeñas piedras y los escombros para poder
edificar; así es para ti, todo lo que forma tu cuerpo son como escombros, pero vivificados por el
fluido vital del Eterno Fiat, todo se vuelve precioso y de valor incalculable, de modo que Yo
puedo edificar sobre esos escombros preciosos las más fuertes e inexpugnables ciudades. Tú
debes saber que al hombre con el hacer su propia voluntad, sustrayéndose de la Divina, le
sucedió como cuando un fuerte terremoto golpea una ciudad, sus fuertes sacudidas hacen abrir
las vorágines de la tierra, y dónde se traga las casas, dónde las despedaza, la fuerza de las
sacudidas abre hasta los alhajeros más cerrados y pone fuera brillantes, monedas, cosas
preciosas, de modo que los ladrones pueden entrar y robar lo que quieran, así que la pobre
ciudad se reduce a montones de piedras, ruinas, escombros. Ahora, si un rey quiere edificar de
nuevo aquella ciudad, se sirve de esos mismos montones de piedras y escombros, y como la
hace toda nueva la construye estilo moderno, dándole tal suntuosidad de arte y belleza, que no
hay otra ciudad que la iguale, y por eso la hace la capital del Reino. Hija mía, más que terremoto
fue para el hombre la voluntad humana, y este terremoto dura todavía, a veces más fuerte, a
veces un poco menos, de modo que pone fuera las cosas más preciosas que Dios puso en el
fondo del hombre, así que este terremoto de la propia voluntad lo deja todo destrozado, la llave
del Fiat Supremo que los tenía custodiados y todo al seguro no existe más para él, y por tanto
no teniendo ni puertas, ni llaves, sino muros derruidos, los ladrones de sus pasiones hacen su
botín y él queda expuesto a todos los males, y muchas veces reducido a ruinas y escombros,
que con trabajo se logra reconocer que eran ciudades edificadas por su Creador. Ahora,
queriendo Yo edificar de nuevo el Reino de mi Voluntad en medio de las criaturas, quiero
servirme de tus piedras y escombros, porque invistiéndolos del fluido vital de mi Voluntad
creadora, formaré la capital del Reino del Fiat Supremo. He aquí para qué me sirves, ¿no estás
contenta?”
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