depositar el tesoro infinito de mi nacimiento, ni dónde fijar la luz de mi Divinidad que de mi
pequeña Humanidad traslucía. Por eso ve cómo es necesario que cuando se decide por la
Majestad Suprema hacer un gran bien a las criaturas, que puede servir como bien universal, que
escojamos una sola para darle tanta Gracia para poder recibir en sí todo aquel bien que deben
recibir todos los demás, porque si los demás no lo reciben todo o en parte, nuestra obra no
queda suspendida y sin su fruto, pues el alma elegida recibe en ella todo aquel bien, y nuestra
obra recibe la correspondencia del fruto, así que mi Mamá fue no sólo la depositaria de mi Vida,
sino de todos mis actos. Por eso en todos mis actos primero veía si los podía depositar en Ella
y después los hacía, así que en Ella deposité mis lágrimas, mis gemidos, el frío y las penas que
sufrí, y Ella hacía eco a todos mis actos y con incesantes agradecimientos recibía todo; había
una competencia entre Madre e Hijo, Yo a dar y Ella a recibir. En esta mi pequeña Humanidad
al hacer su primer ingreso sobre la tierra, mi Divinidad quiso traslucirse fuera de Ella para girar
por todas partes y hacer la primera visita sensible a toda la Creación, cielos y tierra, todos
recibieron esta visita de su Creador, fuera del hombre; jamás habían recibido tanto honor y gloria
como cuando vieron en medio de ellos a su Rey, a su Hacedor, todos se sentían honrados
porque debían servir a Aquél del cual habían recibido la existencia, por eso todos hicieron fiesta.
Por eso mi nacimiento, por parte de mi Mamá y de toda la Creación, me fue de gran alegría y
gloria; por parte de las criaturas me fue de gran dolor. He aquí por qué he venido a ti, para
sentirme repetir las alegrías de mi Mamá y depositar en ti el fruto de mi nacimiento”.
(6) Después de esto estaba pensando cómo era infeliz aquella gruta donde el niñito Jesús
había nacido, cómo estaba expuesta a todos los vientos, al frío, de hacer temblar por el frío, en
vez de hombres había bestias que le hacían compañía. Por eso pensaba cuál podría ser más
infeliz y dolorosa, la prisión de la noche de su Pasión o la gruta de Belén. Y mi dulce niño ha
agregado:
(7) “Hija mía, no se puede comparar la infelicidad de la prisión de mi Pasión con la gruta de
Belén. En la gruta tenía a mi Mamá junto, en alma y cuerpo estaba junto Conmigo, por lo tanto
tenía todas las alegrías de mi amada Mamá y Ella tenía todas las alegrías de Mí, Hijo suyo, que
formaban nuestro Paraíso. Las alegrías de Madre con poseer al Hijo son grandes, las alegrías
de poseer una Madre son más grandes aún; Yo encontraba todo en Ella y Ella encontraba todo
en Mí; además estaba mi amado padre San José que me hacía de padre, y Yo sentía todas las
alegrías que él sentía por causa mía. En cambio en mi Pasión fueron interrumpidas todas
nuestras alegrías, porque debíamos dar lugar al dolor, y sentíamos entre Madre e Hijo el gran
dolor de la cercana separación, al menos sensible, que debía suceder con mi muerte. En la
gruta las bestias me reconocieron y honrándome buscaban calentarme con su aliento, en la
prisión ni siquiera los hombres me reconocieron y para insultarme me cubrieron de salivazos y
de oprobios, por eso no hay comparación entre la una y la otra”.
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20-42
Diciembre 27, 1926
Quien no hace la Voluntad Divina es como si quisiera rasgar la
luz y formarse las tinieblas. El verdadero bien debe tener su
principio en Dios. Quien vive en el Supremo Querer recibe
en sí el equilibrio de Él y se encuentra en toda la
Creación haciendo vida junto con Él.
(1) Mientras mi mente nadaba en el Sol del Eterno Querer, mi amado Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, la afrenta que hace la criatura con no hacer mi Voluntad es grande. ¡Ella es
más que luz solar, invade a todos y todo, no pueden huir de Ella, de su luz interminable! Ahora,
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