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I. M. I.
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Noviembre 1, 1899
Purificación de la Iglesia. Las almas víctimas son su sostén.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma, dentro de
una iglesia, y ahí había un sacerdote que celebraba el divino sacrificio, y mientras esto hacía
lloraba amargamente y decía: “La columna de mi Iglesia no tiene donde apoyarse”.
(2) En el momento que decía esto he visto una columna, cuya cima tocaba el cielo, y abajo de
esta columna estaban sacerdotes, obispos, cardenales y todas las demás dignidades que
sostenían dicha columna, pero con mi sorpresa, al mirar he visto que de estas personas, quién
era muy débil, quién medio acabado, quién enfermo, quién lleno de fango; escasísimo era el
número de aquellos que se encontraban en estado de sostenerla, así que esta pobre columna,
tantas eran las sacudidas que recibía desde abajo, que se tambaleaba sin poder estar firme.
Hasta arriba de esta columna estaba el Santo Padre, que con cadenas de oro y con los rayos
que despedía de toda su persona, hacía cuanto más podía para sostenerla, para encadenar e
iluminar a las personas que moraban en la parte baja, si bien alguna se escapaba para tener
más oportunidad de degradarse y enfangarse, y no sólo a estas personas sino que trataba de
atar e iluminar a todo el mundo.
(3) Mientras yo veía esto, aquel sacerdote que celebraba la misa (aunque tengo duda si era
sacerdote o bien Nuestro Señor, me parece que era Él, pero no lo sé decir con certeza), me ha
llamado junto a Él y me ha dicho:
(4) “Hija mía, mira en qué estado lamentable se encuentra mi Iglesia, las mismas personas
que debían sostenerla, desfallecen, y con sus obras la abaten, la golpean, y llegan a denigrarla.
El único remedio es que haga derramar tanta sangre, hasta formar un baño para poder lavar
ese purulento fango y sanar sus profundas llagas, para que sanadas, reforzadas, embellecidas
por esa sangre, puedan ser instrumentos hábiles para mantenerla estable y firme”.
Después ha agregado: “Te he llamado para decirte: ¿Quieres tú ser víctima y así ser como un
puntal para sostener esta columna en tiempos tan incorregibles?”.
(5) Yo en principio me sentí correr un escalofrío por temor, y porque quizá no tendría la fuerza,
pero enseguida me he ofrecido y he pronunciado el Fiat. Mientras estaba en esto, me he
encontrado rodeada por muchos santos, ángeles y almas purgantes que con flagelos y otros
instrumentos me atormentaban; y yo, si bien al principio sentía temor, pero después, por cuanto
más sufría, tanto más me venía el deseo de sufrir y saboreaba el sufrir, como un dulcísimo
néctar. Y mucho más porque me vino un pensamiento: “Quién sabe si esas penas pudiesen ser
medio para consumar la vida, y así poder emprender el último vuelo hacia mi sumo y único Bien”.
Pero con suma pena, después de haber sufrido acerbas penas, he visto que esas penas no me
consumaban la vida. ¡Oh Dios, qué pena, que esta frágil carne me impida unirme con mi Bien
Eterno!
(6) Después de esto, he visto la sangrienta masacre que se hacía de aquellas personas que
estaban bajo la columna. ¡Qué horrible catástrofe! Escasísimo era el número de los que no caían
víctimas, llegaban a tal atrevimiento, que trataban de matar al Santo Padre. Pero después
parecía que aquella sangre derramada, aquellas sangrientas víctimas destrozadas, eran medios
para hacer fuertes a aquellos que quedaban, de modo que sostenían la columna sin hacerla
bambolear más. ¡Oh, qué felices días!. Después de esto despuntaban días de triunfos y de paz,
3 Este libro ha sido traducido directamente del original manuscrito de Luisa Piccarreta.