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Octubre 29, 1926
Nuestro Señor concentraba su Amor hacia el hombre en todas
las cosas creadas por Él. Desahogo de amor al crearlo, y cómo
el Fiat lo hacía vivir a los reflejos de su Creador.
(1) Estaba continuando mi giro en toda la Creación para seguir cada acto de la Voluntad
Suprema en cada una de las cosas creadas, y mi siempre amable Jesús ha salido de dentro de
mi interior para acompañarme en todo el espacio de la bóveda de los cielos, y conforme
llegábamos a cada una de las cosas creadas, Jesús tenía sobresaltos de alegría y de amor, y
después deteniéndose me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo creé el cielo y concentré mi amor hacia el hombre en el cielo, y para darle
mayor deleite lo cubrí de estrellas, Yo no amé el cielo, sino al hombre en el cielo, y para él lo
creé; cómo fue fuerte y grande mi amor al extender sobre la cabeza del hombre esta bóveda
azul, adornada de fulgidísimas estrellas, como un pabellón que ni reyes, ni emperadores pueden
tener uno igual. Pero no me contenté con concentrar mi amor hacia el hombre en el cielo, que
debía servir para puro deleite, sino que queriéndome deleitar en amor con él quise crear el sol,
concentrando hacia el hombre tanto amor en el sol, Yo amaba al hombre en el sol, no al sol, y
por eso Yo ponía en él, amor de necesidad, porque era necesario el sol para la tierra, pues debía
servir a las plantas y al bienestar del hombre; amor de luz que debía iluminarlo; amor de fuego
que debía calentarlo; en todos los efectos que produce este astro, que son innumerables,
milagro continuo que está en la bóveda de los cielos y que desciende con su luz para bien de
todos, tantas especialidades de amor concentré en el sol hacia el hombre por cuantos bienes y
efectos produce, ¡oh, si la criatura al menos pusiera atención a mi amor que le lleva el sol, cómo
me sentiría feliz y correspondido por el gran amor que he puesto en este mi relator divino y
portador de mi amor, de mi luz! Si mi Suprema Voluntad obraba constituyéndose vida en cada
cosa creada, para darse también por medio de ellas como vida a las generaciones humanas, mi
amor haciendo su camino en mi Eterno Fiat se concentraba para amarlo, así que en cada cosa
creada, en el viento, en el mar, en la pequeña flor, en el pajarito que canta, en todo, Yo
concentraba mi amor, a fin de que todos le llevaran amor, pero para sentir, comprender y recibir
este mi lenguaje de amor, el hombre debía amarme, de otra manera toda la Creación habría
sido como muda para él y sin vida. Ahora, después de que creé todo, formé la naturaleza del
hombre con mis mismas manos creadoras, y conforme formaba los huesos, extendía los nervios,
formaba el corazón, así concentraba mi amor, y después que lo vestí de carne formándolo como
la más bella estatua que ningún otro artífice podía jamás hacer, lo miré, lo amé tanto, que no
pudiendo contenerlo, mi amor se derramó, y dándole mi aliento le infundí la vida; pero no
estuvimos contentos, la Trinidad Sacrosanta dando en excesos de amor quiso dotarlo, dándole
inteligencia, memoria y voluntad, y según su capacidad de criatura lo enriquecimos con todas
las partículas de nuestro Ser Divino. Toda la Divinidad estaba atenta a amar y a verterse en el
hombre; desde el primer instante de su vida sintió toda la fuerza de nuestro amor y desde el
fondo de su corazón expresó con su voz el amor a su Creador. ¡Oh! cómo nos sentimos felices
al oír que nuestra obra, la estatua hecha por Nosotros hablaba, nos amaba y con amor perfecto.
Era el reflejo de nuestro Amor que salía de él, este amor no había sido contaminado por su
voluntad y por eso su amor era perfecto, porque poseía la plenitud de nuestro Amor. Hasta
entonces, de todas las cosas creadas por Nosotros, ninguna cosa nos había dicho que nos
amaba, así que al oír que el hombre nos amaba, nuestra alegría, nuestro contento fue tan
grande, que por cumplimiento de nuestra fiesta lo constituimos rey de todo el universo y como
el más bello joyel de nuestras manos creadoras. Cómo era bello el hombre en los primeros
tiempos de su creación, era nuestro reflejo, y estos reflejos le daban tanta belleza que raptaba
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