19-33
Julio 2, 1926
La gran diferencia entre la santidad de las virtudes y
aquélla del vivir en la unidad de la luz del Querer Divino.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi dulce Jesús me hacía ver a la divina justicia en
acto de descargarse sobre la tierra, mandando a los elementos que se desencadenaran contra
de las criaturas; yo temblaba al ver, dónde las aguas inundaban los pueblos casi para
sepultarlos; dónde, el viento con fuerza impetuosa transportaba y desarraigaba plantas, árboles,
casas, y hacía de ellos un cúmulo inservible y hacía quedar a varias regiones en la más escuálida
miseria; dónde sucedían terremotos con notable daño, ¿pero quién puede decir todos los males
que están por caer sobre la tierra? Además de esto, mi siempre amable Jesús se hacía ver en
mi interior que sufría en modo desgarrador por las tantas ofensas que le hacían las criaturas,
especialmente por las tantas hipocresías, parecía que bajo el bien aparente tenían el veneno
escondido, las espadas, las lanzas, los clavos, para herirlo en todas los modos. Después, como
si Jesús me quisiera junto para sufrir me ha dicho:
(2) “Hija mía, la balanza de mi justicia está colmada y está desbordándose sobre las criaturas,
¿quieres tú como hija de mi Voluntad que Yo te exponga a los reflejos de mi justicia, a fin de
que tomes parte en sus golpes? Porque está por hacer un amasijo de la tierra, y mientras con
tu sufrir satisfaces a la justicia, les ahorrarás castigos a tus hermanos. Quien vive en el alto
Reino del Supremo Querer debe defender y ayudar a quien está en lo bajo”.
(3) Ahora, mientras esto decía he sentido como si la justicia divina hiciera llover sus reflejos
sobre mí, y Jesús ensimismándome con Él, yo sufría junto sus golpes, sus heridas, sus penas;
eran tantas que yo misma no sabía si debía quedar viva o muerta, pero con sumo dolor mío mi
Jesús, retirándose, ha mitigado mis penas y he quedado de nuevo a atravesar mi duro y largo
exilio, pero siempre ¡Fiat, Fiat! Todo esto hubiera querido pasarlo por alto, pero la obediencia
se ha impuesto y con sumo desagrado he debido hacer un pequeño resumen, ¿pero quién
puede decir cómo he quedado? Y mi dulce Jesús para aliviarme ha vuelto a hablar acerca de
su Santísima Voluntad:
(4) “Hija mía, ven conmigo en medio de la Creación, cielo y tierra te esperan, quieren a aquélla
que animada por la misma Voluntad que anima y da vida a ellos, haga resonar toda la Creación
con aquel eco dulcísimo del eterno amor de su Creador; quieren que tu voz, corriendo en cada
una de las cosas creadas anime su mudo lenguaje con aquella perenne gloria y adoración a su
Creador, y así como todas las cosas creadas están vinculadas entre ellas y una es la fuerza de
la otra, porque una es la Voluntad Suprema que las vivifica y conserva, así quien la posee está
vinculada con ellas con la misma fuerza y con la misma unión, por lo tanto no estando en medio
de la Creación se sentirían faltar, por tu ausencia, la fuerza universal y el vínculo de la
inseparabilidad, por eso ven a nuestros dominios, porque todos te suspiran, y al mismo tiempo
te haré comprender otras cosas sobre la gran distancia que hay entre la santidad de quien posee
la unidad de la luz del Reino de mi Voluntad y la santidad de la sumisión, de la resignación y de
las virtudes”.
(5) Ahora, mientras esto decía me he encontrado fuera de mí misma e intentaba hacer resonar
mi “te amo”, mi adoración, sobre todas las cosas creadas, y Jesús todo bondad ha agregado:
(6) “Hija mía, mira el cielo, las estrellas, el sol, la luna, las plantas, las flores, el mar, mira todo,
cada una de las cosas tiene su naturaleza distinta, su colorido, su pequeñez y su altura, cada
una tiene su oficio distinto, y una no puede hacer lo que hace la otra, ni producir los mismos
efectos. Así que cada una de las cosas creadas es símbolo de la santidad de las virtudes, de la
sumisión y resignación a mi Voluntad; y según las virtudes que hayan practicado han tomado en