19-32
Julio 1, 1926
No hay santidad sin la Voluntad de Dios. La venida de Jesús
sobre la tierra sirvió para formar los caminos, las escaleras
para llegar al Reino de su Querer.
(1) Estaba haciendo mis acostumbrados actos en el Supremo Querer y pensaba entre mí:
“¿Será posible que los tantos santos del antiguo testamento, que tanto se han distinguido con
la potencia de los milagros, como un Moisés, un Elías y los tantos profetas y tantos santos
después de la venida de Nuestro Señor, que han llegado a ser maravillosos por virtud y por
milagros, ninguno de ellos haya poseído el Reino de la Divina Voluntad y vivido en la unidad de
su luz? ¡Parece increíble!” Ahora, mientras esto pensaba, mi dulce Jesús ha salido de dentro
de mi interior y estrechándome a Él me ha dicho:
(2) “Hija mía, no obstante es verdad que hasta ahora ninguno ha poseído el Reino de mi
Voluntad, ni gozado toda la plenitud de la unidad de la luz que Ella contiene; si esto hubiera sido,
siendo la cosa que más me interesa, que más me glorifica y que ni más ni menos pondrá a salvo
todos los derechos divinos y completará la obra de la Creación y de la Redención, y no sólo
esto, sino que llevará a la criatura el bien más grande que pueda existir en el Cielo y en la tierra,
Yo habría hecho de tal modo que lo habría hecho conocer, como he hecho conocer las tantas
virtudes y maravillas de mis santos, habría hecho conocer quién había poseído el Reino de mi
Voluntad, que tanto me interesa, para transmitirlo a los demás, imitando a aquél que lo había
poseído. Ahora, los santos del antiguo testamento se encontraban en las mismas condiciones
de Adán, que faltaba el Divino Reparador, que mientras debía unir nuevamente la humana y la
Divina Voluntad debía pagar en modo divino los débitos del hombre culpable. Sin embargo,
tanto los santos antiguos como los modernos han tomado de mi Voluntad, tanto por cuanto han
conocido, los mismos milagros que han hecho eran partecitas de la potencia de mi Voluntad
comunicada a ellos, así que todos mis santos han vivido, quién a la sombra de Ella, quién a los
reflejos de su luz, quién sometido a su potencia, a sus órdenes, porque no hay santidad sin mi
Voluntad, pero han poseído de Ella aquél poco que han conocido y no más, porque el bien sólo
se suspira y se llega a poseerlo cuando se conoce, ninguno posee un bien, una propiedad, sin
conocerla, pero supón que la posea y no la conoce, para él aquel bien está como muerto, porque
falta la vida del conocimiento.
(3) Ahora, siendo mi Voluntad la cosa más grande, que todo envuelve y que todas las cosas,
desde la más grande hasta la más pequeña ante Ella quedan perdidas, se deberían conocer
tantas cosas de mi Voluntad de sobrepasar lo que se conoce de la Creación, de la Redención,
de las virtudes y de todas las ciencias; Ella debería ser un libro por cada paso, para cada acto,
un libro por cada cosa creada, así que toda la tierra debía estar llena de tantos volúmenes, de
superar el número de las cosas creadas, con conocimientos acerca del Reino de mi Voluntad.
Ahora, ¿dónde están estos libros? No hay ningún libro, apenas algún dato se conoce de Ella,
mientras que debería estar al principio de todo conocimiento, de cualquier cosa; siendo Ella la
vida de cada una de las cosas, debería estar sobre todo, como la imagen del rey marcado sobre
la moneda que corre en el Reino, como la luz del sol que resplandece sobre cada una de las
plantas para darles la vida, como el agua que quita la sed a los labios ardidos, como alimento
que sacia al hambriento después de un largo ayuno. Todo debía estar lleno de los
conocimientos respecto a mi Voluntad, y si esto no lo hay, es señal de que el Reino de mi
Voluntad no es conocido, por lo tanto no es poseído. ¿Tal vez me sabrías nombrar algún santo
que haya dicho que poseía este Reino y la unidad de la luz del Querer Supremo? Ciertamente
que no, Yo mismo poco hablé, si hubiese querido extenderme en hablar acerca del Reino de mi
Voluntad y de quererlo formar en el hombre como lo poseía Adán inocente, siendo el punto más
1188 sig