dejan, la recién nacida de mi Voluntad no me dejará jamás solo’. Porque el aislamiento me es
demasiado duro, y por eso mis actos esperan a los tuyos, y tu compañía”.
(4) ¿Pero quién puede decir todo lo que mi dulce Jesús me hacía presente de todos los actos
de su Vida? Si yo quisiera decirlos todos me extendería demasiado, debería llenar volúmenes
enteros, por eso mejor aquí pongo punto...
(5) Después de esto estaba diciendo a mi amable Jesús: “Amor mío, si tanto amas el que tu
Santísima Voluntad sea conocida y que reine con su pleno dominio en medio de las criaturas,
¿por qué cuando viniste a la tierra, unido con tu Mamá Celestial, que así como obtuvo al
suspirado Redentor así podía obtener el suspirado Fiat, no formaste unido a la Redención el
cumplimiento de tu Santísima Voluntad? Vuestra presencia visible habría ayudado, facilitando
en modo admirable el reino de la Suprema Voluntad sobre la tierra; en cambio hacerlo por medio
de esta pobre, mezquina e incapaz criatura, me parece como si no debiese tener toda la gloria
y el total triunfo”. Y mi dulce Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
(6) “Hija mía, todo estaba establecido, la época y el tiempo, tanto de la Redención como aquél
de hacer conocer mi Voluntad en la tierra a fin de que reinase en ella. Estaba establecido que
mi Redención debía servir como medio de ayuda, Ella no había sido el principio del hombre, sino
que surgió como medio después de que el hombre se alejó de su principio; en cambio mi
Voluntad fue el principio del hombre y el fin en el cual debe encerrarse; todas las cosas tienen
su principio en mi Voluntad y todo debe regresar en Ella, y si no todas en el tiempo, en la
eternidad ninguno le podrá huir, por eso, también por esta razón, el primado es siempre de mi
Voluntad. Para formar la Redención Yo tenía necesidad de una Madre Virgen, concebida sin la
sombra de la mancha original, porque debiendo tomar carne humana, era decoroso para Mí,
Verbo Eterno, que no tomase una sangre infectada para formar mi Santísima Humanidad.
Ahora, para hacer conocer mi Voluntad, para que reinara, no era necesario que Yo hiciera una
segunda madre según el orden natural, más bien necesito una segunda madre en el orden de
la gracia, porque para hacer que reine mi Voluntad no tengo necesidad de otra Humanidad, sino
de dar tal conocimiento de Ella, que atraídos por sus prodigios, por su belleza y santidad y por
el bien grandísimo que le viene a la criatura, puedan con todo amor someterse a su dominio, y
por eso, eligiéndote para la misión de mi Querer, según el orden natural te he tomado de la
estirpe común, pero por el decoro de mi Voluntad, según el orden de la gracia, debía elevarte
tanto, de no quedar en tu alma ninguna sombra contaminada por la cual mi Voluntad pudiera
sentir renuencia de reinar en ti. Así como se necesitaba la sangre pura de la Inmaculada Virgen
para formar mi Humanidad, para poder redimir al hombre, así se necesitaba la pureza, el candor,
la santidad, la belleza de tu alma para poder formar en ti la Vida de mi Voluntad. Y así como al
formar mi Humanidad en el seno de mi Mamá, esta Humanidad se dio a todos, se entiende a
aquellos que me quieren, como medio de salvación, de luz, de santidad, así esta Vida de mi
Voluntad formada en ti se dará a todos para hacerse conocer y tomar su dominio. Si hubiese
querido liberarte de la mancha de origen, como a mi Celestial Mamá, para hacer que mi Voluntad
tomase vida en ti, ninguno hubiera pensado en que mi Querer reinase en ellos, habrían dicho:
‘Se necesita ser una segunda Madre de Jesús, tener sus privilegios para hacer reinar la Vida de
la Voluntad Suprema en nosotros’. En cambio con conocer que eres de la estirpe de ellos,
concebida como ellos, queriéndolo, podrán también ellos, ayudándose con su buen querer,
conocer la Voluntad Suprema, lo que deben hacer para hacerla reinar en ellos, el bien que les
viene, la felicidad terrestre y celeste preparada en modo distinto para aquellos que harán reinar
a mi Voluntad. Mi Redención debía servir para plantar el árbol de mi Voluntad, el cual regado
con mi sangre, cultivado y trabajado con mis sudores y penas inauditas, abonado con los
Sacramentos, debía primero hacer desarrollar el árbol, después florecer, y al final hacer madurar
los frutos celestiales de mi Voluntad. Pero para hacer madurar estos frutos preciosos no bastaba
el curso de mis treinta y tres años, ni las criaturas estaban preparadas, dispuestas para tomar
un alimento tan delicado que daba todo el Cielo. Por eso me contenté con plantar el árbol,
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