Ahora, este triunfo de la unidad del Supremo Querer, el centro de su sede, de su trono, es el
centro de la Trinidad Sacrosanta, de este centro divino parten sus rayos fulgidísimos e invisten
toda la patria celestial, y todos los santos y ángeles están investidos por la unidad de mi Querer,
y todos reciben los efectos innumerables, que raptándolos todos a sí, forma de ellos una sola
unidad con la unidad suprema de mi Voluntad; estos rayos invisten toda la Creación y forman
su unidad con el alma que vive en mi Voluntad. Mira, la unidad de esta luz de mi Voluntad que
está en el centro de las Tres Divinas Personas, está ya fijada en ti, así que una es la luz y el
acto, una es la Voluntad. Ahora, mientras hagas tus actos en esta unidad, están ya incorporados
a aquel acto solo del centro de las Tres Divinas Personas, y la Divinidad está ya contigo para
hacer lo que haces tú; la Mamá Celestial, los santos y ángeles y toda la Creación, todos en coro
repiten tu acto y sienten los efectos de la Voluntad Suprema. Mira, escucha el prodigio nunca
visto de aquel acto solo que llena Cielo y tierra, y que la misma Trinidad, unificándose con la
criatura, se pone como primer acto del acto de la criatura”.
(3) Mientras estaba en esto veía la luz eterna fijada en mí, y oía el coro de todo el Cielo y de
toda la Creación en su mudo lenguaje, ¿pero quién puede decirlo todo, y lo que comprendía de
la unidad de la luz del Supremo Querer? Y Jesús ha agregado:
(4) “Hija mía, cada acto para ser bueno y santo, su principio debe venir de Dios, y he aquí que
el alma que vive en mi Querer, en la unidad de esta luz, su adoración, su amor, su movimiento
y todo lo que pueda hacer comienza en la Trinidad Divina, así que recibe el principio de sus
actos de Dios mismo, y he aquí que su adoración, su amor, su movimiento, es la misma
adoración que tienen entre Ellas las Tres Divinas Personas, y el mismo amor recíproco que reina
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; su movimiento es aquel movimiento eterno que jamás
cesa y que da movimiento a todos. La unidad de esta luz pone todo en común, y lo que hace
Dios hace el alma, y lo que hace el alma hace Dios, Dios por virtud propia, el alma en virtud de
la unidad de la luz que la envuelve; por eso el prodigio del vivir en mi Querer es el prodigio de
Dios mismo, es prodigio primario, todos los otros prodigios, todas las otras obras, aun buenas y
santas, quedan eclipsadas, desaparecen delante a los actos hechos en la unidad de esta luz.
Imagínate el sol, que en la unidad de su luz expande sus rayos invadiendo toda la tierra, y a las
criaturas que pusieran de frente a la fulgurante luz del sol todas las luces que hay en lo bajo de
la tierra, luz eléctrica, luces privadas, por cuantas quisieran poner su luz quedaría mezquina
delante al sol, casi como si no existieran, y ninguno se serviría de todas aquellas luces para dar
luz a su paso para caminar, a la mano para trabajar, al ojo para ver, sino que todos se servirían
del sol y todas aquellas luces quedarían ociosas, sin hacer bien a ninguno. Así son todas las
otras obras que no son hechas en la unidad de la luz de mi Querer, son las pequeñas luces
delante al gran sol, que casi no se les presta atención; sin embargo aquellas luces que estando
el sol no sirven para nada y no hacen ningún bien, desaparecido el sol adquieren su pequeño
valor y hacen su pequeño bien, son luz en las tinieblas de la noche, sirven al obrar del hombre,
pero jamás son sol, ni pueden hacer el gran bien que puede hacer el sol. El fin de la Creación
era, que habiendo salido todas las cosas de dentro de la unidad de esta luz del Fiat Supremo,
todas debían quedar en la unidad de Él, sólo la criatura no quiso conocer esta finalidad y salió
de la unidad de la luz del sol de mi Querer, y se redujo a mendigar los efectos de esta luz, casi
como tierra que mendiga del sol la vegetación y el desarrollo de la semilla que esconde en su
seno. ¡Qué dolor hija mía, qué dolor, de rey reducirse a mendigo y mendigar de quien debía
estar a su servicio!”
(5) Jesús todo afligido y doliente ha hecho silencio, y yo comprendía todo el dolor que lo
traspasaba, sentía en mí su dolor que me penetraba hasta en las más íntimas fibras de mi alma,
pero yo quería a cualquier costo aliviar a Jesús, y he regresado a mis acostumbrados actos en
la unidad de su Querer, conociendo que Él pasa fácilmente del dolor a la alegría cuando mi
pequeñez se sumerge en la luz inaccesible de su Voluntad. Entonces Jesús amaba junto
conmigo y el amor ha mitigado su dolor y ha retomado la palabra: